Tornielli: «El Papa Francisco quiere mostrar con el
libro el rostro de la misericordia de Dios»
Este
martes 12 de enero ha salido a la venta El
nombre de Dios es misericordia: libro entrevista de Andrea
Tornielli con el Papa Francisco. En sus páginas, el Santo Padre explica, a
través de vivencias personales, las razones del Año de la Misericordia, un año
jubilar que ha deseado intensamente.
En el libro el Papa le confiesa al vaticanista
Andrea Tornielli que «cada vez que entro a una cárcel para una celebración o
para una visita, siempre me viene este pensamiento: “¿por qué ellos y yo no? Yo
debería estar aquí, merecería estar aquí. Sus caídas habrían podido ser las
mías, no me siento mejor de las personas que tengo enfrente”. Así, me encuentro
repitiendo y rezando: “¿por qué él y no yo?” Esto puede escandalizar, pero me
consuelo con Pedro: había renegado a Jesús y, a pesar de ello, fue elegido».
El
evento fue moderado por el p. Federico Lombardi S.J. y ha sido presentado por
el card. Pietro Parolin, Secretario de Estado, Giusseppe Costa, director de la
editorial del Vaticano, y además del testimonio de Zhang Agustín Jianqing, un
ex-detenido chino que contó su conversión al cristianismo en la cárcel de
Padova, Italia.
Francisco también explica que «la Iglesia
no está en el mundo para condenar, sino para permitir el encuentro con ese amor
visceral que es la misericordia de Dios». Pero «para que eso suceda, es
necesario salir. Salir de las iglesias y de las parroquias, salir e ir a buscar
a las personas allí donde viven, donde sufren, donde esperan».
A continuación ofrecemos tres extractos
del libro adelantados por Vatican Insider:
Tiempo
de misericordia
Puedo leer mi vida a través del capítulo
16 del Libro del profeta Ezequiel. Leo esas páginas y digo: «¡Pero todo esto
parece escrito para mí!”. El profeta habla de la vergüenza, y la vergüenza es
una gracia: cuando uno siente la misericordia de Dios, tiene una gran vergüenza
de sí mismo, del proprio pecado. Hay un buen ensayo de un gran estudioso de la
espiritualidad, el padre Gaston Fessard, dedicado a la vergüenza, en su libro
La Dialectique des “Exercises spirituels” de S. Ignace de Loyola. La vergüenza es
una de las gracias que san Ignacio hace pedir en la confesión de los pecados
ante Cristo crucificado.
Ese texto de Ezequiel enseña a avergonzarte, hace que
tú te puedas avergonzar: con toda tu historia de miseria y de pecado, Dios
permanece fiel y de eleva. Yo siento esto. No tengo recuerdos particulares de
cuando era niño. Pero de chico sí. Pienso en el padre Carlos Duarte Ibarra, el
confesor que encontré en mi parroquia aquel 21 de septiembre de 1953, en el día
en el que la Iglesia celebra a san Mateo apóstol y evangelista. Tenía 17 años.
Me sentí acogido por la misericordia de Dios al confesarme con él. Aquel
sacerdote era originario de Corrientes, pero se encontraba en Buenos Aires para
curarse de la leucemia. Murió al año siguiente. Todavía recuerdo que después de
su funeral y de su sepultura, al volver a casa, me sentí como si me hubiera
quedado abandonado. Y lloré mucho esa noche, mucho, escondido en mi habitación.
¿Por qué? Porque había perdido a una persona que me hacía sentir la
misericordia de Dios, ese «miserando atque eligendo», una expresión que
entonces no conocía y que después elegí como lema episcopal.
La habría
encontrado después, en las homilías del monje inglés san Beda el Venerable,
que, al describir la vocación de Mateo, escribió: «Jesús vio a un publicano y,
como lo vio con sentimiento de amor y lo eligió, le dijo: “Sígueme”». Esta es
la traducción que comúnmente se ofrece de la expresión de san Beda. A mí me
gusta traducir miserando con un gerundio que no existe: “misericordiando”, dándole
misericordia. Entonces «misericordiándolo y eligiéndolo», para describir la
mirada de Jesús que da misericordia y elige y toma consigo.
Pecador
como Simón Pedro
El Papa es un hombre que necesita de la
misericordia de Dios. Lo he dicho sinceramente, también a los detenidos de
Palmasola, en Bolivia, frente a esos hombres y a esas mujeres que me acogieron
con tanto calor. Les recordé que también san Pedro y san Pablo fueron
encarcelados. Tengo una relación especial con los que vive en la cárcel, privados
de su libertad. Siempre he sido estado muy cerca de ellos, justamente por esta
conciencia de mi ser pecador. Cada vez que entro a una cárcel para una
celebración o para una visita, siempre me viene este pensamiento: ¿por qué
ellos y yo no? Yo debería estar aquí, merecería estar aquí. Sus caídas habrían
podido ser las mías, no me siento mejor de las personas que tengo enfrente.
Así, me encuentro repitiendo y rezando: ¿por qué él y no yo? Esto puede
escandalizar, pero me consuelo con Pedro: había renegado a Jesús y, a pesar de
ello, fue elegido. […]
He leído, en la documentación del proceso
de beatificación de Pablo VI, el testimonio de uno de sus secretarios, al que
el Papa […] le confió: «Para mí siempre ha sido un gran misterio de Dios, que
yo me encuentre en mi miseria y me encuentre frente a la misericordia de Dios.
Yo soy nada, soy un mísero. Dios Padre me quiere mucho, me quiere salvar, me
quiere sacar de esta miseria en la que me encuentro, pero yo no soy capaz de
hacer esto por mí mismo. Entones manda a su Hijo, un Hijo que lleva justamente
la misericordia de Dios traducida en un acto de amor hacia mí… Pero, para ello,
se requiere una gracia especial, la gracia de una conversión. Yo debo reconocer
la acción de Dios Padre en su Hijo hacia mí. Cuando yo he reconocido esto, Dios
opera en mí mediante su Hijo».
Es una síntesis bellísima del mensaje
cristiano. Y qué decir de la homilía con la que Albino Luciani comenzó su
episcopado en Vittorio Veneto, diciendo que la decisión hacía caído en él
porque ciertas cosas, en lugar de escribirlas en bronce o mármol, el Señor
prefería escribirlas en el polvo: así, si la escritura hubiera permanecido,
habría quedado claro que el mérito había sido completamente y solo de Dios. Él,
el obispo, futuro Papa Juan Pablo I, se definía «polvo». Debo decir que cuando
hablo de esto, siempre pienso en lo que Pedro dijo a Jesús el domingo de su
Resurrección, cuando se lo encontró a solas. Un encuentro al que alude el
evangelista Lucas (24, 34). ¿Qué le habrá dicho Simón al Mesías apenas
resucitado del sepulcro? ¿Le habrá dicho que se sentía un pecador? ¿Habrá
pensado en lo que había sucedido pocos días antes, cuando en tres ocasiones
hizo finta de no conocerlo, en el patio de la casa del Sumo Sacerdote? ¿Habrá
pensado en su llanto amargo y público?
Si Pedro hace esto, y si los Evangelios
nos describen su pecado, su renegar, y si, a pesar de todo esto, Jesús le dijo:
«Apacienta mis ovejas» (Evangelio de Juan, 21, 16), no creo que haya que
maravillarse si también sus sucesores se describen como «pecadores». No es una
novedad.
¿Demasiada
misericordia?
La Iglesia condena el pecado porque debe
decir la verdad: esto es un pecado. Pero al mismo tiempo abraza al pecador que
se reconoce como tal, lo acerca, le habla sobre la misericordia infinita de
Dios. Jesús perdonó incluso a los que lo pusieron en la cruz y lo despreciaron.
Debemos volver al Evangelio. Ahí encontramos que no se habla solo de acogida y
de perdón, sino que se habla de “fiesta” por el hijo que vuelve. La expresión
de la misericordia es la alegría de la fiesta, que encontramos bien expresada
en el Evangelio de Lucas: «Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador
que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse»
(15, 7). No dice: «¡Y si luego recae, retrocede, comete otros pecados, que se
las arregle solo!». No, porque a Pedro, que le preguntaba cuántas veces había
que perdonar, Jesús le dijo: «Setenta veces siete» (Evangelio de Mateo, 18,
22), es decir siempre.
Al hijo mayor del padre misericordioso
(se refiere a la parábola del Hijo pródigo, ndr.) se le permitió decir la
verdad sobre todo lo que había sucedido, aunque no comprendiera, porque el otro
hermano, comenzó a acusarse, no tuvo tiempo para hablar: el padre lo detuvo y
lo abrazó. Justamente porque existe el pecado en el mundo, justamente porque
nuestra naturaleza humana está herida por el pecado original, Dios que ha dado
a su Hijo por nosotros no puede más que revelarse como misericordia […]
Siguiendo al Señor, la Iglesia está
llamada a infundir su misericordia sobre todos los que se reconocen pecadores,
responsables del mal cometido, que sienten necesidad de perdón. La Iglesia no
está en el mundo para condenar, sino para permitir el encuentro con ese amor
visceral que es la misericordia de Dios. Para que esto suceda, lo repito a
menudo, es necesario salir. Salir de las Iglesias y de las parroquias, salir e
ir a buscar a las personas en donde viven, en donde sufren, en donde esperan.
El hospital de campo, la imagen con la que me gusta describir a esta Iglesia en salida, tiene la
característica de surgir en donde se combate: no es la estructura sólida,
dotada de todo, a donde vamos a curarnos pequeñas y grandes enfermedades. Es
una estructura móvil, de urgencias, de intervención rápida, para evitar que los
combatientes mueran. En ella se practica la medicina de urgencia, no se hacen
análisis especializados. Espero que el Jubileo extraordinario haga surgir cada
vez más el rostro de una Iglesia que vuelve a descubrir las vísceras maternas
de la misericordia y que sale al encuentro de todos los «heridos» que necesitan
escucha, comprensión, perdón y amor.
Fuente: Vatican Insider/Alfa y Omega
