Desde su origen divino
hasta las consecuencias político religiosas de la Segunda Guerra Mundial
XVII.
La reforma protestante en Europa
La revolución religiosa
iniciada por Lutero tuvo a Alemania como primer escenario, pero no quedó
encerrada en las fronteras territoriales del Imperio. Resulta sorprendente la
rápida expansión que tuvo el Protestantismo, tanto en su forma luterana como en
otras formas, diversas entre sí pero coincidentes todas en su ruptura con la
ortodoxia católica.
Tras haber dominado más
de media Alemania, la revuelta protestante desgajó del tronco de la Iglesia a
la mitad de los pueblos que habían integrado la Cristiandad medieval.
El Luteranismo se adueñó con considerable «facilidad» de los países
escandinavos, cuyos monarcas rompieron pronto con Roma, se apropiaron los
bienes eclesiásticos y crearon sus iglesias nacionales.
En la Suiza alemana,
Zwinglio, sacerdote de Glaris (1484-1531), movió desde 1518 su propia revuelta
religiosa, cuyo radicalismo disgustó al mismo Lutero, sobre todo por su
doctrina de la presencia meramente simbólica de Cristo en la Eucaristía.
Pero el segundo
personaje en importancia de la Reforma, tanto por su contribución doctrinal
como por su influencia en el progreso del Protestantismo, apareció más tarde y
fue un francés: Juan Calvino.
Calvino (1509?1564), nacido en Noyon y pasado a la Reforma desde joven, abrió nuevos caminos al protestantismo. Dotado de una mente más lógica y rigurosa que la de Lutero, Calvino llevó hasta sus últimas consecuencias las premisas fundamentales de la doctrina protestante.
Calvino (1509?1564), nacido en Noyon y pasado a la Reforma desde joven, abrió nuevos caminos al protestantismo. Dotado de una mente más lógica y rigurosa que la de Lutero, Calvino llevó hasta sus últimas consecuencias las premisas fundamentales de la doctrina protestante.
La «teología de la
consolación» luterana era, a su juicio, del todo insuficiente. La insanable
corrupción del hombre y el absoluto voluntarismo divino debían conducir
fatalmente a la doctrina calvinista de la predestinación.
Dios trascendente e
incomprensible, según su arbitrio insondable, predestinaría a los hombres al
cielo o al infierno, regalaría «a unos la salvación y a otros la condenación».
La verdadera Iglesia
sería la congregación de los predestinados y de ahí su naturaleza interior e
invisible. Pero existiría también una Iglesia visible, la compuesta por el
conjunto de los fieles incorporados a ella por el bautismo y participantes en
la Cena eucarística, los dos únicos sacramentos admitidos por Calvino.
En todo caso, la misma
corrupción de la naturaleza humana exigía según el reformador que el hombre
hubiera de ser sometido a una vida de estricta moralidad, sobria y laboriosa.
Esta existencia sería bendecida por Dios con la prosperidad en los negocios
temporales, señal del favor divino y verdadero signo de predestinación.
El protestantismo calvinista tuvo una fuerza expansiva superior al Luteranismo casi reducido a Alemania y Escandinavia y su influencia resultó decisiva para los destinos cristianos de Europa. En el centro y este europeos, el Calvinismo se introdujo profundamente en Hungría y Bohemia y ganó a parte de la aristocracia polaca.
El protestantismo calvinista tuvo una fuerza expansiva superior al Luteranismo casi reducido a Alemania y Escandinavia y su influencia resultó decisiva para los destinos cristianos de Europa. En el centro y este europeos, el Calvinismo se introdujo profundamente en Hungría y Bohemia y ganó a parte de la aristocracia polaca.
En los Países Bajos,
Guillermo de Orange el Taciturno fue el caudillo protestante en la lucha contra
Felipe II y los católicos, y consiguió consolidar como un reducto calvinista
las Provincias Unidas del Norte, la futura Holanda.
En Escocia, el
Calvinismo tomó la forma de presbiterianismo: el fanático Juan Knox fue el
verdadero dueño del país. Calvinista fue también el protestantismo que mayor
importancia alcanzó en Francia.
Los reyes franceses de los primeros tiempos de la Reforma dieron la pauta de una singular política religiosa. Desde la época de Francisco I, Francia fue la constante aliada de los príncipes protestantes alemanes que luchaban contra Carlos I, y también del emperador turco, que amenazaba las fronteras orientales del Imperio.
Los reyes franceses de los primeros tiempos de la Reforma dieron la pauta de una singular política religiosa. Desde la época de Francisco I, Francia fue la constante aliada de los príncipes protestantes alemanes que luchaban contra Carlos I, y también del emperador turco, que amenazaba las fronteras orientales del Imperio.
Esta misma línea se
mantuvo en el siglo XVII, en la decisiva prueba de la Guerra de los Treinta
Años. Pero en la política interior, los reyes franceses se mostraron de
ordinario fieles católicos y tanto Francisco I como Enrique II procedieron con
rigor frente a sus súbditos protestantes.
El Calvinismo, sin
embargo, penetró en Francia, hizo numerosos adeptos entre la aristocracia y no
tardaron en formarse dos grandes partidos enfrentados entre sí. Las Guerras de
Religión asolaron a Francia durante casi tres décadas.
La historia de la Reforma en Inglaterra siguió una trayectoria peculiar y obedeció, más quizá que en ningún otro país, a las directrices de la realeza.
La historia de la Reforma en Inglaterra siguió una trayectoria peculiar y obedeció, más quizá que en ningún otro país, a las directrices de la realeza.
El «Anglicanismo» tal
como ya se dijo no fue invención de Enrique VIII. Bajo la monarquía Tudor del
siglo XV, la Iglesia de Inglaterra era ya en cierto sentido «anglicana» y
Enrique VIII halló en la legislación eclesiástica de sus predecesores un
instrumento válido para su política de sojuzgamiento religioso. Este príncipe
fue defensor del Catolicismo en los albores de la Reforma y escribió contra
Lutero una «Defensa de los siete sacramentos», que le valió del papa León X el
título de Defensor fidei. Fue la negativa papal a conceder a Enrique el
divorcio de Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena, la razón que le
llevó al repudio del Primado romano y al cisma.
Porque fue un cisma y no
protestantismo la Reforma en Inglaterra mientras vivió Enrique VIII. El rey se
proclamó a sí mismo «Cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra» y exigió el
reconocimiento jurado de su supremacía eclesiástica. La gran mayoría de los
hombres de Iglesia se sometió a la voluntad del rey. Pero hubo excepciones
admirables, como los mártires cartujos y sobre todo dos personajes insignes,
que no claudicaron y murieron por la fe: San Juan Fisher, obispo de Rochester,
y Santo Tomás Moro, gran Canciller del reino.
El protestantismo de inspiración calvinista se introdujo en Inglaterra durante el reinado de Eduardo VI (1547-1553). Su sucesora María Tudor hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón reprimió la herejía e intentó la restauración católica. Pero esta restauración no duró más allá de los breves años en que ocupó el trono (1553-1558). A su muerte, sin hijos, la corona pasó a Isabel hija de Enrique VIII y Ana Bolena.
El protestantismo de inspiración calvinista se introdujo en Inglaterra durante el reinado de Eduardo VI (1547-1553). Su sucesora María Tudor hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón reprimió la herejía e intentó la restauración católica. Pero esta restauración no duró más allá de los breves años en que ocupó el trono (1553-1558). A su muerte, sin hijos, la corona pasó a Isabel hija de Enrique VIII y Ana Bolena.
El largo reinado de
Isabel I (1558-1603) decidió la suerte del Cristianismo inglés. Se guardaron
formas externas de la tradición católica como la Jerarquía eclesiástica con sus
obispos y sus cabildos catedralicios, aunque sin clero célibe ni vida
monástica. Se prohibió la celebración de la Misa, y un Anglicanismo
protestantizado, con elementos luteranos y calvinistas, se impuso como doctrina
oficial de la Iglesia de Inglaterra.
Fuente: Catholic.net
