Los sacramentos nacen de la voluntad
salvadora de Jesucristo, nos llegan por medio de la fe de la Iglesia, pero
tienen que ser acogidos con la fe personal
El
arzobispo emérito de Pamplona ha sido siempre un gran apasionado por la
evangelización. De ahí que los obispos no dudaran en elegirle como miembro de
la ponencia encargada de la redacción de su nuevo Plan Pastoral, especialmente
cuando el gran objetivo del documento es la puesta al día con el Papa
Francisco, con quien el cardenal Sebastián mantiene una relación muy estrecha
Con
el nuevo Plan Pastoral, la CEE se pone plenamente en sintonía con la Evangelii
gaudium. ¿En qué se percibe mejor esa sintonía?
Primero,
en la voluntad de centrar los esfuerzos en una pastoral de evangelización, una
pastoral centrada en la fe y abierta al encuentro con los que habitualmente no
vienen a la Iglesia. El Plan invita también a adoptar una actitud de
misericordia, de acercamiento, sin condenas previas, tratando de presentar la
vida cristiana como una verdadera salvación de todo lo bueno y positivo que la
gente vive en su vida ordinaria. El Plan trata de coordinar las actividades de
la CEE y centrarlas en la promoción de la fe, la fe de los que ya creen y de
los que ya o todavía no creen.
La
evangelización ha sido una de sus grandes preocupaciones y pasiones. ¿Qué
necesita una pastoral para ser verdaderamente misionera? ¿Lo es el nuevo Plan
Pastoral de la CEE?
Desde
los tiempos del Concilio, las enseñanzas de Pablo VI, nuestra transición
política… yo he estado convencido de que buena parte de los españoles vivía, de
hecho, al margen de la Iglesia por falta de fe, por no haber vivido nunca
expresamente la experiencia de la conversión a Jesucristo como decisión
personal, expresa y refleja. Todavía no hemos hecho el gran cambio: pasar de una fe sociológica a una fe
personal, de una fe protegida a una fe afirmada contra la tendencia cultural
dominante, de una Iglesia de masas a una Iglesia fermento y misionera.
Una
pastoral para ser verdaderamente evangelizadora tiene que estar ordenada a la
fe, ayudar a creer mejor a los que ya creen y ayudar a creer a quienes
perdieron la fe o viven de hecho al margen de la persona y de las enseñanzas de
Jesucristo. Hay que intentar salir a su encuentro, ganarnos su confianza,
ayudarles, volver a proponerles en el momento oportuno la persona de Jesús como
salvador de nuestra vida, modelo y fuente de verdadera humanidad, en lo
personal, en lo familiar, en lo social. El Plan pretende desarrollar esta
preocupación como actitud y norma de los diferentes organismos y actividades de
la Conferencia.
Al
hablar de evangelización, ¿cuáles son, desde una perspectiva sociológica, sus
objetivos y destinatarios? ¿Se trata de recuperar al que ha dejado de ir
regularmente a Misa? ¿El objetivo es generar menos rechazo en sectores más
alejados, con la esperanza de que, con el tiempo, se den las circunstancias
para la evangelización?
No es
cuestión de perspectivas ni cálculos sociológicos. Es una cuestión de fe y de
sentido eclesial de los mismos cristianos. El punto de partida es el amor a
Jesucristo como salvador universal, la fe en el valor y en la necesidad del
Evangelio para vivir plenamente la propia humanidad, el amor y la compasión –la
misericordia– con los que no viven prácticamente de acuerdo con el Evangelio de
Jesús, con la esperanza primordial de la vida eterna, con confianza en Dios
nuestro Padre, con el reconocimiento práctico de la ley del amor en el conjunto
de la vida y de todas sus circunstancias.
No
son felices, no están en el buen camino, viven en tinieblas, necesitan nuestra
ayuda. Cristo mismo necesita nuestra ayuda para anunciar y realizar el Reino de
Dios en este mundo. Este es el dinamismo interior de la evangelización. Hay que
pensar en la raíz interior de la vida cristiana de las personas, en vez de
fijarnos en objetivos de segunda o tercera intención. La pastoral de la
juventud, la pastoral de la familia, la pastoral de la cultura, tienen todas un
elemento común y primordial, que es la pastoral de la fe, de la conversión, del
cambio interior. Sin fe y sin conversión interior no puede crecer ninguna realidad
cristiana.
¿Qué
mejoras introduciría usted en la iniciación cristiana en España?
Solamente
una: garantizar la verdad de los sacramentos. Que los bautismos sean
verdaderos. Que las confirmaciones sean verdaderas. Que las comuniones sean
verdaderas. Y que los matrimonios sean verdaderos. No podemos seguir celebrando sacramentos
en falso. Para eso hace falta la fe. No puede haber sacramentos
sin fe ni fe sin sacramentos. Los sacramentos nacen de la voluntad salvadora de
Jesucristo, nos llegan por medio de la fe de la Iglesia, pero tienen que ser
acogidos con la fe personal.
En el
caso del Bautismo de infantes, los padres tienen que garantizar la educación
religiosa y cristiana del bautizado. A los que viven habitualmente apartados de
la Iglesia creo que hay que invitarles a recuperar su vida cristiana antes de
bautizar a su hijo. Podríamos ofrecerles un itinerario de fe de uno o dos años.
Que bauticen a su hijo cuando estén en condiciones de educarlo cristianamente,
con palabras y sobre todo con el ejemplo de una vida cristiana normalizada.
Comprendo que es una medida un poco fuerte, pero me parece indispensable. Sin
ella o algo parecido no habrá verdadera renovación eclesial, porque nosotros
mismos estamos devaluando los sacramentos.
Algo
parecido ocurre con las confirmaciones y las comuniones. En muchos, demasiados
casos, los jóvenes reciben estos sacramentos sin haber vivido una verdadera
conversión a Jesucristo, sin compromiso personal, sin voluntad de vivir
cristianamente, en la comunidad, con los sacramentos, con la vida moral. Tanto
las catequesis parroquiales como la pastoral de los colegios no están en
función de la conversión personal de los catecúmenos. Por eso luego no tienen
raíces, no son capaces de resistir las seducciones de la cultura secular, ni se
sienten personalmente vinculados a la comunidad sacramental.
Y
esto mismo se prolonga hasta los matrimonios. La primera cuestión para renovar
la pastoral familiar es cuidar de la fe viva de los contrayentes. Si estos son
habitualmente practicantes, es fácil preparar una celebración verdadera y
fructuosa. Si habitualmente no lo son, este vacío de años no se remedia con dos
charlitas de veinte minutos. Hay que hablar a fondo con ellos, suscitar el
interés perdido, crear una relación de confianza y ofrecerles un camino
personal de renovación. Cuando vuelvan a la fe, cuando crean y quieran vivir de
verdad en el seno de la Iglesia, entonces será la hora del sacramento.
Usted
ha defendido mucho la necesidad de potenciar el catecumenado postbautismal.
Yo no,
lo piden y recomiendan los Papas, los documentos de la Iglesia. Pero seguimos
sin enterarnos. El bautismo es el sacramento de la fe y la fe es conversión y
adhesión personal a la persona de Jesucristo y al Dios viviente. Eso requiere
recorrer un itinerario de conversión, un verdadero catecumenado de conversión a
Jesucristo, con el correspondiente cambio de vida. Antes o después del
Bautismo, el catecumenado de conversión es indispensable. El catecumenado es
parte integral del Bautismo.
La actividad central de nuestras parroquias
tendría que ser este catecumenado de conversión, con atención personalizada de
cada catecúmeno por parte del sacerdote. Con niños, con jóvenes, con adultos.
Facilitar los bautismos sin catecumenado, sin conversión, es fomentar la
existencia de bautizados no creyentes, o como dijo el Papa Benedicto, es llenar
la Iglesia de «paganos bautizados». Si seguimos así terminaremos por ser una
Iglesia enteramente mundanizada. Es la sal sosa, el fermento desnaturalizado,
que no quería Jesús.
¿No
cree usted que con estos criterios se quedarían vacías las iglesias?
No,
de ninguna manera. Como se van quedando vacías es con la pastoral solo de
conservación que hacemos ahora. La pastoral no puede ser ideológica. No debemos hacer teorías. Tenemos que
hacer las cosas pensando y actuando muy cerca de la realidad.
Tenemos que tener la humildad y el realismo de reconocer lo que somos, y a la
vez necesitamos la confianza y la fortaleza de los verdaderos evangelizadores,
de los santos fundadores de nuestras Iglesias, de los Padres y de los mártires
de los primeros siglos, de los monjes, de los grandes predicadores de los
siglos XVIII y XIX.
En el
momento presente necesitamos un doble frente de trabajo: en primer lugar tenemos
que atender del mejor modo posible a los habituales, a los que vienen, adultos
y jóvenes, niños y ancianos. Y a la vez que les atendemos del mejor modo
posible, tenemos que pensar en cómo actuar con los que no creen, ya sea con los
que sin la fe necesaria nos piden algunos sacramentos, o con los que ni
siquiera vienen a pedir sacramentos. Esta categoría irá aumentando, por
desgracia, y no podemos olvidarnos de ellos. Hay que ir a buscarlos, hay que
salir a su encuentro. A estos y a los del grupo anterior tenemos que ver cómo
les ayudamos a recuperar la fe verdadera, acogiéndoles amablemente cuando
vengan, organizando cosas que les interesen y que les inviten a acercarse a
alguna actividad de la parroquia, preparando encuentros en los que podamos
presentarles personalmente la figura de Jesús, de manera muy sencilla, muy
positiva, que les llegue al corazón, a los mejores sentimientos de su corazón,
porque todos los tienen.
Es una labor de paciencia, de entrega, de mucha
perseverancia. Hay que dedicarle tiempo, recursos, personas, iniciativas,
pensando en los que están lejos, en los que se fueron, confiando en el valor
permanente del evangelio de la salvación. El Señor se alegra cuando ve caras
nuevas en su casa.
¿Cree
que un programa así es posible?
Sí,
claro. Lo creo posible y necesario. No como un programa alternativo, sino como
una ampliación de lo que estamos haciendo. Primero tiene que haber
evangelizadores, personas concretas, sacerdotes y laicos, que vivan esta nueva
dimensión de la pastoral, que sufran el drama de la deserción de los
cristianos, que crean de verdad en la necesidad del Evangelio de Jesús para
vivir humanamente, para responder al amor y a la bondad de Dios con nosotros.
Estas personas tienen que venir de los seminarios, de los movimientos, de los
grupos parroquiales de adultos. Cuando vayan apareciendo estos grupos de
evangelizadores todo lo demás irá apareciendo y creciendo. Poco a poco.
En
España hace falta también despertar el interés de la gente y recuperar nuestra
credibilidad como evangelizadores. La gente tiene que ver que le ofrecemos algo
importante, algo que necesitan para vivir con plenitud. En este proceso son
indispensables la caridad, el amor a los pobres, el servicio de la
misericordia.
Una
Iglesia evangelizadora tiene que comenzar por ser servidora de los pobres, por
ser samaritana, acogedora, hospitalaria, madre y hermana de los necesitados.
Para evangelizar tenemos que aparecer llamativamente como servidores de los
necesitados, en el nombre de Jesús.
No basta la asistencia más o menos
calculada y medida de ahora. Tiene que ser una caridad que llame la atención,
que vaya más allá de lo habitual. Hacen falta realidades y testimonios al
estilo de san Juan de Dios, de la beata Teresa de Calcuta, pero aquí y ahora,
con nuestros pobres, con los sin techo, con los inmigrantes, con los parados,
con los ancianos solitarios, con los enfermos incurables. Los verdaderos
cristianos tenemos que sentirnos responsables de la vida de todos los
necesitados. Eso es ser cuerpo de Cristo. El amor, cuando es verdadero, abre
todos los caminos y acorta todas las distancias.
Fuente: Aleteia
