El canto de entrada debe ayudar a crear el sentido de comunidad y a disponer todo el pueblo para la celebración
En las acciones litúrgicas cabe cualquier género de música sagrada, incluyendo
la música autóctona, si responde al espíritu, a la naturaleza y a los elementos
celebrativos del misterio de Cristo y si no impide la debida participación del
pueblo de Dios.
Es preciso valorar y promover los coros y ministerios de
canto litúrgico, vinculados a las parroquias, bien formados, que no buscan
exhibicionismos y que saben integrarse adecuadamente en las celebraciones. Son
un verdadero servicio al Señor y a la Iglesia.
Una buena organización
litúrgica evitaría siempre los solistas o coros contratados para diversas
ocasiones que suplantan la asamblea, que buscan casi siempre protagonizar un
“show” y que están más en función de una retribución económica que de un
servicio litúrgico.
El mejor canto es aquel en el que se logra integrar
equilibradamente la participación de la asamblea con las intervenciones del coro
y de los solistas. Haciendo, por ejemplo, un diálogo entre antífonas y estrofas.
En ninguna celebración litúrgica, por ningún motivo, la asamblea puede quedar
muda y marginada del canto.
Es preciso esforzarse por cantar bien, con
claridad, con sencillez, con unción. Se deben ejecutar cantos en los que, por la
música, el tono y el movimiento, los fieles puedan participar. Ayuda mucho que
un director ensaye antes con la asamblea y que se tenga al menos la letra de los
cantos.
La instrumentación está ordenada a acompañar y sostener el
canto; por tanto, no debe cubrir las voces ni impedir que se comprenda el texto.
La amplificación de los equipos debe ser moderada y no conviene abusar de las
cajas rítmicas.
El instrumento litúrgico por excelencia es el órgano. Es
el único que puede proporcionar una estructura armónica completa, que posee una
gran versatilidad para graduar el volumen y que es prácticamente una orquesta en
manos de un solo ejecutante. Es preciso valorarlo y ejecutarlo con propiedad
para dar esplendor al canto.
Todo instrumento y aun el coro deben callar
cuando el sacerdote o un ministro pronuncian o cantan en voz alta un texto que
les corresponde por función propia. Esto es preciso observarlo sobre todo
durante la plegaria eucarística.
El canto de entrada debe ayudar a crear
el sentido de comunidad y a disponer todo el pueblo para la celebración. No debe
prolongarse después que han llegado los ministros. Tampoco los demás cantos
deben durar más que la acción o el rito que acompañan. El canto no debe hacer
pesada ni alargar la celebración.
El “Señor ten piedad”, el “Gloria”, el
“Santo” y el “Cordero de Dios” se deben cantar siguiendo su texto litúrgico y
ojalá con la participación de toda la asamblea. El aleluya sólo se suprime
durante el tiempo de cuaresma; en el resto del año debe ser la aclamación con la
que, de pie, la asamblea se prepara para escuchar la lectura del
Evangelio.
Es muy conveniente, al menos en las solemnidades, cantar la
antífona del salmo responsorial. El salmo se puede cantar sólo si hay un
excelente cantor; de lo contrario, es mejor recitarlo. Las aclamaciones dentro
de la plegaria eucarística, por su importancia, pueden cantarse. Se destaca el
gran “amén” con el que el pueblo hace suya toda la plegaria
eucarística.
Todos los esfuerzos que se hagan por cantar bien en la
acción litúrgica quedan ampliamente compensados con el esplendor y la alegría de
una celebración, que glorifica a Dios y edifica la comunidad
cristiana.
Por Ricardo Tobón Restrepo Arzobispo de
Medellín
Fuente: Arquidiócesis de Medellín
