La persecución religiosa vulnera, además, no solo el derecho a la vida, sino el derecho a la libertad de religión y de conciencia
“La
gloria de Dios –escribió ya en el alba del cristianismo san Ireneo de Lyon- es
la vida del hombre”. Toda la vida y la vida de todos los seres humanos,
comenzado por los débiles, vulnerables e indefensos.
El Evangelio de Jesucristo
es el evangelio de la vida y, por ello, la Iglesia no sería fiel a su identidad
y misión si no fuera sacramento, profecía, altavoz, valedora, defensora y
promotora de la vida humana, de la vida entera y de la vida de todas las
personas. De ahí que la defensa de la vida, así entendida, no admita
transacciones de ninguna naturaleza, y que la Iglesia deba comprometerse a
fondo y sin reserva alguna en ello.
Como
afirmó el secretario general de la CEE, el pasado martes 14 de abril, horas
antes de que el Congreso de los Diputados aprobara este retoque o maquillaje,
“la postura de la Iglesia sobre el aborto no ha cambiado un ápice. No se puede
legitimar la muerte de un inocente y, por lo tanto, la vida humana es
inviolable y esto es innegociable no sólo desde el punto de vista religioso,
sino también desde la perspectiva de humanidad y respeto a la vida”. “La
Iglesia no negocia el derecho a la vida con nadie. Es algo innegociable con
este Gobierno y cualquier otro que venga”.
La
persecución religiosa –no solo, pero sí singularmente contra los cristianos- es
otra quiebra inaceptable del derecho a la vida. La actual y creciente situación
de persecución religiosa, incrementada por las distintas franquicias del
fundamentalismo islámico, es una constante preocupación del Papa Francisco. Y a
ello ha dedicado también el cardenal Blázquez, presidente de la CEE, el quinto
apartado de su discurso de apertura de la presente Asamblea Plenaria de nuestro
episcopado (ver páginas 6 a 11). La persecución religiosa vulnera, además, no
solo el derecho a la vida, sino el derecho a la libertad de religión y de
conciencia.
Es,
pues, un atentado doble a la dignidad de la persona. Y cuando se realiza
precisamente por razones religiosas excluyentes es una blasfemia, un
antitestimonio. Hay que detener la persecución religiosa –como la que se
pudiera producir por cualquier otro motivo injusto-; la comunidad
internacional no puede seguir mirando hacia otro lado o limitarse a meras
declaraciones retóricas; los seguidores del islam han de reaccionar y
desmarcase clara, contundente y efectivamente de quienes persiguen y matan en
nombre de su dios; y los cristianos –como también ha reclamado monseñor
Blázquez- hemos de mostrar la denuncia, cercanía, plegaria y solidaridad
concreta y material hacia nuestros hermanos vil y letalmente perseguidos.
El
mes de abril, singularmente en el Mediterráneo entre Italia y el norte de
África, está siendo testigo de una catástrofe tras otra, que han podido acabar
con las vidas de varios centenares de personas, incluso una docena de ellas
fueron arrojadas al mar solo por el hecho de ser cristianas. El Papa Francisco
(ver página 36) ha vuelto a clamar ante todo ello. Han vuelto a recordar que
las personas ahogadas inmisericordemente en este gran y espantoso cementerio en
que se está convirtiendo el clásicamente llamado Mare nostrum eran “hombres y mujeres como
nosotros, hermanos nuestros, que buscan una vida mejor, hambrientos,
perseguidos, heridos, explotados, víctimas de guerras”.
Sobre
el drama de la inmigración y sobre la corrupción política y la idolatrización
del dinero y sus secuelas y heridas en la crisis económica, ha hablado
también el cardenal Blázquez, en los números 4 y 6 de su citado discurso. A
ellos nos remitimos. Y es que, sí, la entera vida humana y la vida de todos no
pueden esperar, y la Iglesia no debe sino clamar, reclamar y trabajar en favor
de ella.
Fuente:
ECCLESIA
