A pesar de las bendiciones que recibimos a diario no falta el que se siente frustrado porque cree que Dios no lo escucha y que a otros les da lo que él desea
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| Crédito: Studio Romantic |
Todos los días
recibimos un cúmulo de bendiciones. El simple hecho de amanecer con vida y
salud son suficientes para sentirnos agradecidos con Dios. Pero no falta quien
se sienta frustrado e imagina que el Señor regala a los demás lo que él desea
para sí. Y, ciertamente, esta actitud es muy injusta.
Somos seres
diferentes
Porque es
cierto que, en ocasiones, es inevitable que nos comparemos con los demás, ya
sea en el trabajo o en la Iglesia o en otro sitio en donde socializamos con
frecuencia. Y quizás admiramos a alguien porque sabe hablar en público o tiene
mucha simpatía. En ese momento tal vez no recordamos que somos seres diferentes
y que tenemos distintos dones y habilidades, como dice san Pablo a los romanos:
"Teniendo
dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado" (Rom 12, 6)
Nosotros
tenemos también nuestros propios dones y debemos ponerlos al servicio de los
demás, en proporción y de acuerdo con nuestro trabajo.
De la misma
manera, es muy sano para nuestra mente y espíritu entender que Dios da a cada
quien lo que merece y necesita. Por eso, nos parece que a algunos les da más y
a otros, no tanto. Pero es porque si nos diera más, tal vez nos perderíamos.
Dios no nos
abandona
Sin embargo,
nunca nos deja ni nos olvida y en su infinita sabiduría permite que en
ocasiones pasemos por pruebas que, en vez de desanimarnos nos deben acercarnos
más a Él y a confiar en que nos sostiene con fuerza en la tormenta, como hizo
con Pedro cuando se hundía en el agua (Mt 14, 22).
Además, si en
ocasiones nos va mal y a otros mejor, no es porque haya dejado de amarnos. En
su infinita misericordia, los males sirven para abandonarnos en Él, como hizo
el santo Job cuando perdió todo y aún así, bendijo a Dios:
"Desnudo salí del vientre de mi madre y
desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el
nombre del Señor" (Job 1, 21).
Siempre
agradezcamos a Dios
Aunque parezca difícil, todos los días agradezcamos a Dios por lo que nos da y también por lo que nos niega. Y si el infortunio toca nuestra puerta, tomemos la actitud de san Pablo, que también padeció necesidades, aún siendo el Gran Apóstol del Señor:
"Aunque
ando escaso de recursos, no lo digo por eso; yo he aprendido a bastarme con lo
que tengo. Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo:
a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en
aquel que me conforta" (Fil 4, 11-13).
Que Dios nos
ayude a confiar en Él.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
