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| Dominio público |
1. AMAR LA
REALIDAD DE NUESTRAS CIRCUNSTANCIAS PRESENTES
“¿Quieres de verdad ser santo?”, preguntaba san
Josemaría. “Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y
está en lo que haces”. Más tarde, desarrollaría esta perspectiva
realista y concreta de la santidad en medio del mundo en la homilía Amar
al mundo apasionadamente:
“Dejaos, pues, de sueños, de falsos idealismos, de
fantasías, de eso que suelo llamar mística ojalatera —¡ojalá no me hubiera
casado, ojalá no tuviera esta profesión, ojalá tuviera más salud, ojalá fuera
joven, ojalá fuera viejo!…—, y ateneos, en cambio, sobriamente, a la
realidad más material e inmediata, que es donde está el Señor”.
Este “santo de lo ordinario” nos invita a sumergirnos
de verdad en la aventura de lo cotidiano:
“No hay otro camino, hijos míos: o sabemos
encontrar en nuestra vida ordinaria al Señor, o no lo encontraremos nunca”.
2. DESCUBRIR ESE “ALGO DIVINO” OCULTO TRAS LOS
DETALLES
“Dios está cerca”, recuerda Benedicto XVI. Este es
también el camino en el que san Josemaría acompañaba dulcemente a sus
interlocutores:
“Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde
brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro
lado”.
¿Cómo encontrarlo, cómo establecer una relación con
Él?
“Sabedlo bien: hay algo santo, divino,
escondido en las situaciones más comunes, que os toca a cada uno de
vosotros descubrir”.
En el fondo, se trata de transformar todas las
circunstancias de la vida corriente, agradables o menos agradables, en fuente
de diálogo con Dios. Y por tanto de contemplación:
“Pero esa tarea vulgar —igual que la que
realizan tus compañeros de oficio— ha de ser para ti una continua
oración, con las mismas palabras entrañables, pero cada día con música
distinta. Es misión muy nuestra transformar la prosa de esta vida en
endecasílabos, en poesía heroica”.
3. BUSCAR LA
UNIDAD DE VIDA
Para san Josemaría, la aspiración a una vida de
oración auténtica está íntimamente ligada a una búsqueda de mejoría personal, a
través de la adquisición de virtudes humanas “engarzadas en la vida de la
gracia”. Paciencia ante el adolescente rebelde, sentido de amistad y capacidad
de fascinación en las relaciones con los demás, serenidad ante un fracaso
doloroso…
Aquí está, según san Josemaría, la “materia prima” del
diálogo con Dios, el campo de ejercicio de la santificación. Se trata
de “materializar la vida espiritual” para evitar la tentación de “llevar como
una doble vida: la vida interior, la vida de relación con Dios, de una parte; y
de otra, distinta y separada, la vida familiar, profesional y social, plena de
pequeñas realidades terrenas”.
Un diálogo que aparece en Camino ilustra
bien esta invitación:
“Me preguntas: ¿por qué esa Cruz de palo? —Y copio de
una carta: ‘Al levantar la vista del microscopio la mirada va a tropezar con la
Cruz negra y vacía. Esta Cruz sin Crucificado es un símbolo. Tiene una
significación que los demás no verán. Y el que, cansado, estaba a punto de
abandonar la tarea, vuelve a acercar los ojos al ocular y sigue trabajando:
porque la Cruz solitaria está pidiendo unas espaldas que carguen con ella’”.
4. VER A CRISTO EN LOS DEMÁS
Nuestra vida cotidiana es esencialmente una vida de
relaciones, familiares, amistosas, profesionales… Fuentes de alegría al igual
que de tensiones inevitables. Según san Josemaría, el secreto es saber
“reconocer a Cristo, que nos sale al encuentro, en nuestros hermanos los
hombres. (…) Ninguna persona es un verso suelto, sino que formamos
todos parte de un mismo poema divino, que Dios escribe con el concurso de
nuestra libertad”.
Las relaciones cotidianas adquieren, desde ese
momento, también, un relieve insospechado. “—Niño. —Enfermo. —Al escribir estas
palabras, ¿no sentís la tentación de ponerlas con mayúscula? Es que, para un
alma enamorada, los niños y los enfermos son Él”.
Y de ese diálogo íntimo y continuo con Cristo deriva
también de forma natural las ganas de hablar a los demás de Él: “El apostolado
es amor de Dios, que se desborda, dándose a los demás”.
5. HACERLO TODO
POR AMOR
“Todo lo que se hace por Amor adquiere hermosura y se
engrandece”. Esta es sin duda la última palabra de la espiritualidad de san
Josemaría. No se trata de intentar hacer grandes acciones o esperar
circunstancias extraordinarias para comportarse de forma heroica. La cuestión
es, más bien, esforzarse humildemente en el pequeño deber de cada momento
poniendo todo el amor y toda la perfección humana de los que seamos capaces.
A san Josemaría le gustaba especialmente servirse de
la imagen del pequeño burro de noria cuya vida, en apariencia insípida y
monótona, resulta de una extraordinaria fecundidad:
“¡Bendita perseverancia la del borrico de noria!
—Siempre al mismo paso. Siempre las mismas vueltas. —Un día y otro: todos
iguales. Sin eso, no habría madurez en los frutos, ni lozanía en el huerto, ni
tendría aromas el jardín. Lleva este pensamiento a tu vida interior”.
Por Béatrice de La Coste
Edifa
Fuente: Aleteia
