¿Es lícito apostar por un bien modesto, aunque no refleja el ideal cristiano completo? ¿O debemos hacerlo únicamente por el bien supremo?
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| Crédito: Achmad_Khoeron |
Queda claro que
el cristiano está llamado al aprecio y defensa del bien absoluto, cuya fuente y
culmen están en Dios; y que para ello es necesario avanzar, paso a paso, en el
camino de la vida de perfección, consciente de que ese fin último lo
recibiremos en don, por la misericordia de Dios, en la gloria eterna; mientras
tanto, corresponde avanzar, día a día, por la senda del bien posible; es decir,
el bien que tenemos a la mano en el momento concreto de la vida, con la certeza
de que este nos acerca y conduce al supremo y definitivo bien.
¿‘Bien posible’
o ‘mal menor’?
No debemos
confundir el mal menor con el bien posible. El primero solo se sostiene
moralmente en cuestiones médicas de vida o muerte; como por ejemplo, amputar
una extremidad necrosada para evitar que se extienda y el paciente muera; o
aplicar una quimioterapia, a sabiendas de las reacciones adversas que suele
traer, con el fin de erradicar un cáncer. Pero en temas sociales y pastorales,
la moral nos instruye el criterio del bien posible.
¿Qué es el bien
posible?
Es el principio
que nos lleva a optar por un bien concreto, aunque modesto, que encamine al
bien absoluto o supremo.
Queda claro que
el bien posible sólo es un paso de un largo camino, no una meta; es un medio
provisional, no un fin concluyente; es principio del camino, no término de él.
El bien posible ayuda a avanzar, sin quedar inmovil ante un bien perfecto que,
por lo mismo, se puede tornar en inalcanzable. Es apostar por la santidad, en
la esperanza cristiana, a pesar de ser pecadores.
“El realismo
cristiano ve los abismos del pecado, pero lo hace a la luz de la esperanza, más
grande de todo mal, donada por la acción redentora de Jesucristo, que ha
destruido el pecado y la muerte” (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia
-CDSI-, n. 121; cf. Rm 5,18-21; 1 Co 15,56-57)
El mismo san
Agustín de Hipona tiene conciencia de esta gradualidad en su ‘andar inquieto’,
el cual sólo llega a feliz término en la plenitud del descanso en Dios: “Tú lo
estimulas para que encuentre deleite en tu alabanza; nos creaste para ti y
nuestro corazón andará siempre inquieto mientras no descanse en ti”
(Confesiones, I,1).
Las grandes
tentaciones polares del bien posible
El bien posible sufre de tensiones que amenazan su recto juicio. Por un lado, el rigorismo, que presenta el ideal cristiano como un simple catálogo de ordenamientos, cuyo molde acaba por excluir o anular a los que no se ajustan a él; y por otro lado, el permisivismo, que omite el ideal cristiano y sus exigencias, para acomodarse a las situaciones objetivamente deficientes, estancándose en ellas.
El auténtico
bien posible que la moral instruye siempre parte de la verdad y se orienta a
ella; nunca justifica el mal, ni se amolda a él. También parte de la caridad y,
justo por ello, sabe procurar su propio crecimiento, y acompañar el de los
demás, desde su propia realidad, avanzando hacia un bien verdadero, tangible,
concreto y progresivo, aunque este, de momento, no exprese plenamente el ideal
crsitiano. Esta visión implica no solo la claridad evangélica, sino la caridad
fraterna, expresada en la paciencia, la misericordia y el ánimo común, principalmente
para con los rezagados, a fin de no excluirlos sino integrarlos en el camino
del discipulado cristiano.
Integrar, no
excluir
La comunidad
cristiana es peregrina, es militante; es hospital, no museo; es comunidad de
diferentes unidos por Jesús y en torno a Él. Por ello es necesario la ayuda
mutua a fin de caminar juntos, como comunidad, aunque con diferente avance. No
es cristiano excluir a los rezagados, a los inmaduros, a los heridos en la
batalla de la vida, a los pecadores, a los que están en situación irregular; al
contrario, la Iglesia llama a integrar a todos en la comunidad eclesial a fin
de avanzar en apoyo mutuo, como discípulos comunes del mismo Maestro, sin que
esto conlleve al miopismo moral, sino al contrario, a la claridad de la meta en
Dios que mueve el timón de la vida en ese sentido. El bien posible llama a esta
búsqueda no de manera aislada, sino en el bien común del Cuerpo Místico de
Cristo.
“La Iglesia
está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre. […] Todos pueden participar
de alguna manera en la vida eclesial, todos pueden formar parte de la
comunidad. […] A menudo actuamos como controladores de la gracia y no como
facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay
lugar para cada uno con su vida a cuestas”
(Papa
Francisco, Evangelii gaudium, n. 47).
Los
irrenunciables de la moral cristiana
El bien posible
no conlleva, ni remotamente, renunciar, edulcorar o diluir los principios de la
moral cristiana. Los principios “irrenunciables” son verdades y exigencias
esenciales a la vida cristiana. Están las de índole social, como el valor y
defensa de la vida humana y de su dignidad inviolable; la familia fundada sobre
el sacramento del matrimonio; y la libertad religiosa.
Es verdad que
la conciencia social acerca de estos bienes –que son patrimonio natural de la
humanidad– es muy variable; justo por ello, el cristiano está llamado a
progresar y hacer progresar en esta conciencia y compromiso, a fin de que la
sociedad se vaya configurando con base en el bien común, a la luz del Evangelio
de Jesús.
En este
sentido, no es válido ceder, en aras de un supuesto bien posible, en estos
temas irrenunciables. Podrá ser, eso sí, que una persona forme parte de una
sociedad donde no se tenga conciencia, aprecio y defensa de estos valores
irrenunciables; más no por ello puede acomodarse (resignarse) a ello, sino
apostar por avances tangibles, aunque modestos, que poco a poco vayan
acercándose al ideal cristiano.
Luís Carlos
Frías
Fuente: Aleteia
