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| Jóvenes en Fátima. Dominio público |
Entre estos
jóvenes, nos acompañaban, atraídos por el testimonio de sus amigos y por el
carisma de sus profesoras de Religión, algunos que no estaban bautizados. A
primera vista, esto podría parecer algo extraño y suscitar en muchos
“cristianos viejos” un sinfín de preguntas. ¿Habrán recibido formación?
¿Realmente estarían preparados para una peregrinación en la que íbamos a rezar,
participar de los sacramentos…? La respuesta a estas preguntas ha sido la
propia experiencia: ¡Ha sido maravilloso!
Este
recuerdo me ha resonado al escuchar el evangelio de este domingo, en él se nos
cuenta una historia parecida. Jesús, tras una discusión bastante amarga con
fariseos venidos de Jerusalén, se retira al norte de Galilea, fuera de la
tierra de los judíos, a la región de Tiro y Sidón. Allí se encuentra con una
mujer pagana, cananea, que adoraría a sus dioses y que, sin embargo, se acerca
a Jesús por una necesidad a la que estos no habían podido responder: su hija está
poseída de un gran mal. Ha oído que Jesús es un hombre poderoso que puede
sanarla y se acerca gritando con fuerza.
Para
extrañeza nuestra, Jesús parece ignorarla e incluso, cuando se detiene para
hablar con ella, le dice que no ha venido para anunciar el reino de Dios a
ellos, los paganos, sino al pueblo de Israel. San Agustín, comentando este
pasaje, da una explicación muy certera de la aparente falta de atención de
Jesús: «Cristo se mostraba indiferente hacia ella, no por rechazarle la
misericordia, sino para inflamar su deseo». Finalmente, la mujer muestra una
gran fe, pues confiesa que con poco que haga Jesús, su hija quedará sana. ¡Qué
gran contraste entre los fariseos y esta mujer cananea! Ellos habían discutido
con Jesús acerca de detalles insignificantes de las tradiciones, hasta hacer
que Jesús diga de ellos que son «ciegos, guías de ciegos». A ella le basta con
las migajas que caen de la mesa, pues intuye que están llenas de vida eterna.
Esto me ha
hecho recordar una conversación con una joven no bautizada que me contaba su
proceso de apertura y búsqueda de Dios y, con lágrimas de emoción, dejaba
entrever la alegría con la que vivía todas las cosas de la Iglesia. ¡Qué
inmensa frescura de la fe! De ella y de tantos jóvenes y adultos que se acercan
a nosotros a través de una peregrinación o en un retiro de conversión, como
Jesús ante la mujer cananea, podemos decir: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!».
+ Jesús Vidal
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
