| El Consistorio extraordinario en la Sala Paolo VI. Foto: Vatican Media. Dominio público |
León XIV participó al inicio de la sesión y regresó
antes de las ponencias de los grupos, para luego dirigir la oración final.
Tras la Santa Misa celebrada este 27 de junio por Su Eminencia el cardenal Re, a las 9:30 los cardenales se reunieron en el Aula Paolo VI para la tercera sesión del Consistorio, moderada por el cardenal Rugambwa.
El Papa León XIV dirigió la oración del Adsumus y, en su nombre, el cardenal
moderador agradeció al Colegio las palabras de apoyo a sus llamamientos a la
paz y exhortó a que estos fueran aún más eficaces, asumiendo su responsabilidad
en las diócesis y regiones de origen, para que se eleve un llamamiento unánime
que dé aún más fuerza a este compromiso común.
A continuación, tomó la palabra el cardenal Brislin
para presentar su informe introductorio sobre el tema «Construir en el bien:
las obras de nuestro tiempo».
Tras un momento de oración y silencio, el cardenal
Rugambwa dio inicio a los trabajos en grupo y fijó la reanudación de la sesión
plenaria, tras la pausa, a las 11:30. El Papa, presente al inicio de la sesión,
regresó antes de que comenzaran las ponencias de los grupos. Once grupos
presentaron sus informes en el Pleno: los ocho del primer grupo y los tres del
segundo.
Gran parte de los grupos centraron su reflexión en un
análisis de las profundas fracturas de nuestro tiempo, entre los pueblos, las
naciones, dentro de las sociedades y de las propias familias, y en cómo estas
generan heridas, especialmente entre los más pobres, los más débiles, los
jóvenes —a quienes les falta el sentido de la novedad— y los adultos que
carecen de la sabiduría que da la edad. Muchas de las ponencias ponían de
relieve el peligro de la falta de sentido y de relaciones significativas, de
identidad, que empujan hacia una actitud tribal. Todas subrayaban el papel de
un individualismo exacerbado que lleva a la ilusión de que los demás existen
para nuestro éxito.
En este contexto se inserta el reto de la inteligencia
artificial, como una dimensión antropológica sobre la que reflexionar
identificando valores humanos compartidos, partiendo de la llamada a dar un
nombre a los seres vivos —y no reducirlos a números y estadísticas—, a
experimentar y aceptar el sentido humano del límite —que la IA tiende a negar—
y a defender la dignidad del trabajo.
En este marco, muchos grupos han hablado del valor del bien común, como algo difícil de asimilar y comprender, que a menudo la política no busca; de cómo se necesita un lenguaje del corazón para superar el conformismo, la corrupción y la sensación de imposibilidad generada al constatar que las propiedades y los recursos para alcanzarlo están en manos de unos pocos.
El sentido del bien común tiene su origen en la fe, han afirmado numerosos grupos, en la fe en Dios y en lo trascendente que hay en cada persona, que lleva al hombre a superar toda frontera, la primera que lo lleva más allá de sí mismo, a vivir la solidaridad con los pobres, como respuesta al individualismo, viviendo plenamente la catolicidad, construyendo relaciones desinteresadas —no instituciones— a todos los niveles, y buscando un lenguaje capaz de dialogar con entornos ajenos a la fe cristiana.
En esto es esencial el papel de la política, así como el compromiso de las instituciones eclesiásticas en la formación de los futuros servidores públicos, para que se conozca y se estudie la doctrina social de la Iglesia, como remedio para las divisiones. El antídoto contra el individualismo y las fracturas —convenían muchos grupos— es el Evangelio, una Iglesia que transmita un sentido de pertenencia, capaz de aliviar las heridas de nuestro tiempo, renovada para evitar formas de integralismo y polarización, que haga visible su rostro samaritano; cristianos que no sean meros espectadores de una ruina social, sino sabios arquitectos que reconstruyan la ciudad de todos.
En este contexto, es un signo de esperanza el reconocimiento de que nos enfrentamos a los mismos retos, en muchos ámbitos y en muchas partes del mundo, y de cómo la comunión con Cristo hace que nos preocupemos menos por lo que piensan los demás.
Varios grupos subrayaban, en este sentido, el valor de la sinodalidad, como vía de escucha y diálogo, y también de responsabilidad eclesial.
Al término de las ponencias, se dio la palabra a algunos cardenales, que retomaron los temas de la sesión en términos más personales. Otros expresaron su gratitud al Papa por sus recientes viajes apostólicos y su compromiso en favor de la paz.
La sesión concluyó a las 12:45 con la oración del Ángelus, dirigida por el Santo Padre.
Fuente: Vatican
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