Fuerte expectación entre los estudiantes que frecuentan la Capilla de la Universidad Sapienza ante la visita
![]() |
| Capilla de la Universidad la Sapienza. |
El 14 de mayo
León XIV visitará la universidad romana La Sapienza. Los estudiantes que se
preparan para recibirlo cuentan a los medios vaticanos el valor de la
experiencia en la capilla, un lugar que se ha convertido en una familia,
especialmente para los muchos estudiantes de fuera de la ciudad. Don Vecchione:
“Me ha ocurrido muchas veces escuchar en confesión a chicos que ya no tenían
ganas de vivir".
“Estoy
totalmente en hype”. La jerga juvenil traduce la fuerte expectación
entre los estudiantes que frecuentan la Capilla de la Universidad Sapienza ante
la visita, en la mañana del jueves 14 de mayo, de León XIV a la Univerdad
principal de Roma. Allí mismo, a las 10:20, el Obispo de Roma llegará para un
momento de oración y un saludo a la comunidad, para después dirigirse al
rectorado y al Aula Magna, donde pronunciará un discurso.
El campus
principal de la universidad más grande de Europa, situado en la plaza dedicada
a Aldo Moro, a pocos pasos de la estación Termini, es un cuadrilátero
atravesado por decenas de avenidas que se cruzan según la típica arquitectura
racional de hace un siglo. Aquí se estudia, se investiga, se organizan
congresos, exposiciones y conciertos. Se recuerda a los premios Nobel que han
dejado una gran herencia intelectual. La gente se enamora. Y también se reza.
“Este es un
laboratorio de los corazones humanos”, dice don Gabriele Vecchione, el
capellán, “con 125.000 estudiantes procedentes de todo el mundo, que harán el
mundo de mañana. Aquí se quiere vivir la fe con un enfoque racional a la altura
del siglo XXI”.
La capilla
universitaria
“Este lugar se
está convirtiendo cada vez más en un hogar”, dicen los chicos y chicas que
frecuentan la capilla. Una de ellas cuenta que durante su carrera de grado
nunca había vivido la dimensión de la fe en el ámbito universitario, pese a
tener un fuerte vínculo con la vida de su parroquia de origen, donde colabora
desde la escuela secundaria.
“Encontrar
ahora esto en otros universitarios como yo, que sienten el deseo de algo más,
es realmente bonito. Es como una unidad interior”, dice emocionada.
“Hace un año
estaba allí, en la plaza de San Pedro, cuando hubo la fumata blanca, así que
este Papa es especial para mí porque viví su elección. Es un hecho histórico
que pueda venir a la Sapienza, me hace decir ¡Wow! Y esta acogida me da mucha
esperanza, esperanza en nosotros los jóvenes, mucha”.
“Aquí he
encontrado una familia y un lugar que poco a poco me está haciendo descubrir
que soy hija, y yo necesitaba esto.”
El estudio que
tiene sabor a infinito
Es ya última
hora de la tarde; hay alguien en adoración frente al altar central. Detrás, una
pequeña capilla para reuniones de grupos. Mobiliario muy sobrio, poca luz. Pero
luego se descubre que la luz son ellos, los jóvenes.
Se baja un piso
y hay una amplia aula circular donde se puede estudiar libremente. La
recuperación de este espacio ha sido una gran fuente de alegría para algunos.
Beatrice, por ejemplo, que estudia Economía y Finanzas y colabora en las
actividades, se ha visto especialmente implicada: “Fue el momento en el que me
sentí parte de algo”.
Es de
Pantelleria, ha vivido muchas mudanzas y la percepción de ser “una eterna
extranjera”. Ahora este lugar lo es todo: “Aquí vengo cuando estoy mal, cuando
tengo miedo, cuando soy feliz, cuando quiero estar en compañía o también sola.
Con los años, los continuos traslados me han generado muchas dificultades para
sentirme hija de alguien. Aquí he encontrado una familia y un lugar que poco a
poco me está haciendo descubrir que soy hija, y yo necesitaba esto. En el
primer año viví una gran soledad. Estaba perdida, en un callejón sin luz. Pero
poco a poco la estoy reencontrando. Ahora me siento parte de toda esta
maravilla”.
La acogida:
don recibido, servicio devuelto
También para
Lorenzo la capilla es un lugar de encuentro en medio de fragilidades y deseos
de reflexión. “Representa un espacio también para ponerse en discusión a uno
mismo. Para nosotros los jóvenes es fundamental, tanto si son creyentes como no
creyentes”.
Llega aquí
expresamente desde el edificio Marco Polo, fuera de la ciudad universitaria,
como hacen muchísimos; muchos pasan por aquí incluso sin ser estudiantes:
“Vengo cada semana para poder hablar. Muchas veces me ha pasado simplemente
pasar por delante, y luego me he aficionado de verdad”.
Como otro joven
de Salento; ha estudiado Diseño del Cine, pelo rubio platino y gafas gruesas, y
está a la espera de trabajo: “A los 16 años dejé completamente de ir a la
iglesia. Hace dos años empecé el recorrido de los Diez Mandamientos de don
Fabio Rosini. No me considero al cien por cien cristiano, pero estoy en camino.
Jesús es tanto hombre como Dios; este es el aspecto que me hace sentir más
cerca de él”.
Para un joven
estudiante de Historia del Arte, de origen molisano y con la voz profunda de un
actor, confiar cada aspecto de su vida cotidiana “A Aquel que lo sabe todo” es
fundamental. “La fe es una puerta que abre muchas puertas en mi vida”.
El estudio y la
fe no son mundos separados, subraya. Y cuenta aquella vez, en octubre, cuando
por casualidad —o Providencia— se enteró de una recogida de juguetes para los
niños del hospital Umberto I: “Yo aporté mi parte. Desde entonces se ha creado
un grupo muy bonito en el que uno se siente bienvenido. Nuestro papel es
precisamente acoger y dar consuelo a quien lo necesita”.
También Simone
está descubriendo cada vez más que “fe e intelecto pueden incluso coincidir”.
Él también trabaja, “pero este estar aquí ha reavivado la pasión por el
estudio, que ahora parece tener un sabor un poco más eterno, más infinito”. Una
vez fueron a Rebibbia para el Vía Crucis en la cárcel: “Una experiencia muy
bonita —cuenta— porque un preso, en el fondo, no tiene nada que darte. Si no
tiene libertad, ¿qué puede darte? Y sin embargo… poder anunciar la pasión,
muerte y resurrección de Jesús en un lugar así, donde se ven muchas muertes,
fue algo muy potente”.
Interceptar
el lenguaje de los jóvenes
En las
habitaciones del semisótano viven dos de los sacerdotes que guían las
actividades propuestas en la capilla. Uno de los dos vicecapellanes, don
Claudio Tagliapietra, explica el valor de estar dentro del torrente de la vida
de la universidad.
“Nosotros nunca
nos hemos planteado el problema de cómo atraer a los jóvenes; en realidad, nos
hemos planteado cómo interceptar su lenguaje, las inquietudes que los mueven:
solo entonces se habla la misma lengua. Aquí muchas veces buscan un padre, un
hermano. A veces, desde conversaciones periféricas se llega a un discurso más
profundo”.
El reto —que es
precisamente el que se quiere volver a poner en el centro con la visita del
Papa— es crear una síntesis entre las dos formas de sabiduría: la de Dios y la
de los hombres. “Ambas tienen la misma fuente, basta con poner el corazón en
actitud de escucha”.
Y menciona
figuras de referencia en la historia de la Iglesia que conviene releer: “Para
Santo Tomás de Aquino existe una única sabiduría; San Agustín es un maestro de
corazón ardiente y sabio; luego está Newman, otro Doctor de la Iglesia que
proponía un ideal elevado de universidad. Es precisamente la unificación del
saber lo que estas figuras han enseñado como objetivo, al que también se aspira
cuando se pide a los distintos grupos que en la capilla organizan reuniones y
encuentros de oración que no piensen solo en su propio ámbito”.
Don Claudio no
deja de citar la Constitución de la República italiana, que habla del progreso
espiritual del trabajo, un aspecto que hoy, dice, tiende a infravalorarse. Él
mismo, como profesor en la Universidad Santa Croce, recuerda: “Educar es una de
las misiones más nobles que tenemos como docentes: poner ante el estudiante
toda la belleza que Dios ha visto en ellos antes de la Creación. Se les da todo
el conjunto de herramientas para que sean lo que deben ser”.
Un laboratorio
de los corazones humanos
Educar
significa sacar lo mejor de uno mismo y de los demás, y salir —con la cabeza y
con el corazón— para sintonizar con las necesidades del otro. Es lo que se
hizo, por ejemplo, el pasado 4 de mayo, en el Auditorio de la capilla, dentro
de las iniciativas de apoyo a los 16 estudiantes de Gaza becados por la
universidad: una velada de memoria y reflexión para evitar que el dolor de Gaza
caiga en el silencio.
También es
belleza, como la que se puede disfrutar los martes de mayo con el festival de
literatura contemporánea “Jardines de tinta”. Lo promueve el propio capellán,
don Gabriele Vecchione, que también es vicedirector de la Oficina diocesana
para la Pastoral universitaria. Encontrado entre los jóvenes, tiene palabras a
la vez incisivas y dulces, un estilo amoroso y exigente. Evangélico, en
definitiva.
“El Papa aquí
eliminará definitivamente de Dios esa pátina luciferina que quiere hacer creer
que Dios, en cierto sentido, es el garante de la guerra”, afirma. Y pone el
foco en el drama actual: “Todas las guerras de las que leemos en los periódicos
estos días están también revestidas de una retórica religiosa. Eso es una
blasfemia inaceptable”.
Los jóvenes que
ya no tenían ganas de vivir
“Me ha ocurrido
muchas veces escuchar en confesión a jóvenes que ya no tenían ganas de vivir”,
confiesa. “Y esto realmente me queda dentro; se trata de decirles que lo que
están atravesando es un periodo que luego termina”.
Don Gabriele no
es dado a reduccionismos fáciles. Y cuando se trata de dar profundidad al plano
espiritual, a menudo simplificado de forma apresurada y superficial en el plano
psicológico o, por el contrario, excluido de él, insiste:
“La Iglesia
tiene un arsenal, una reserva de espiritualidad que es inmensa. Es decir, lo
espiritual tiene muchas cosas que decir: por ejemplo, San Juan de la Cruz, en
su noche oscura, describió de hecho una depresión, pero también el paso a
través de la noche oscura y el encuentro con Dios. Así que el lenguaje psíquico
está integrado dentro de una dinámica de fe, no es algo ajeno”.
Los riesgos de
la IA que elimina el esfuerzo del estudio
Muy crítico con
el uso omnipresente de las redes sociales, don Gabriele llega a hablar de
“catástrofe” cuando se refiere a las adicciones que generan. Afirma que está en
curso una auténtica pandemia neuronal que provoca trastornos de atención,
depresiones y síndromes de burnout.
El joven
sacerdote no se ahorra críticas tampoco sobre el uso descontrolado de la
inteligencia artificial: “Los propios profesores se han convertido ya en
fiscales en busca de plagios. La universidad es un lugar donde hay que
esforzarse, donde se piensa, y no se puede uno graduar así, con un chasquido de
dedos; no se pasa de 0 a 100 en tres días”.
Demasiada
retórica sobre los jóvenes, educar al deseo
Que existe una
forma de retórica en torno a los jóvenes es algo en lo que don Gabriele se
muestra totalmente de acuerdo. Llega a decir que los adultos han arruinado el
mundo y “luego pretendemos que los jóvenes no se duerman. Los chicos no han
pedido venir al mundo. Están aquí, y somos nosotros quienes les debemos
explicaciones. Sí, hay mucho paternalismo hacia los jóvenes. Y, en cualquier
caso, no hay salida: proyectamos sobre ellos ciertas expectativas… Quien ejerce
la docencia con los jóvenes debería más bien interrogar su corazón y
preguntarles qué desean. Nosotros, en cambio, los colocamos en la cinta de la
industria; ellos se convierten en objetos que avanzan por la cadena y terminan
todos en un trabajo que quizá odian”.
Por tanto, es
necesario recuperar la educación del deseo, ante todo. “Es muy difícil porque
el deseo siempre es extranjero. Un hijo normalmente desea algo distinto de lo
que desean los padres, así que permanecer en la alteridad es muy complicado”.
Aquí los
sacerdotes se esfuerzan al máximo, fomentan la familiaridad y el gusto por las
relaciones sanas. Cuando alguien llama a la capilla, lo hace para pedir
acompañamiento, cinco minutos de conversación o una confesión. “Pero en el
fondo todos piden paternidad, que alguien crea en ellos”.
Antonella
Palermo
Roma
Fuente:
Vatican News
