SE VA EL SEÑOR JESÚS AL CIELO, Y AHORA, ¿QUÉ VAMOS A HACER?

El Señor Jesús se fue al cielo en la Ascensión. El sentimiento de orfandad de los discípulos es comprensible, ¿qué vamos a hacer? pensarían y tenían que actuar
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El santo evangelio nos presenta una escena conmovedora durante la Ascensión (Mc 16, 19). El Señor se va al cielo y los discípulos quedan solos - al menos esa pudo ser su sensación -. Muchos de ellos tal vez pensaron: "y ahora, ¿qué vamos a hacer?", sin embargo, Jesús pensó en todo.

La orfandad la experimentamos todos

El sentimiento de orfandad que sintieron los Apóstoles también lo hemos experimentado en nuestra vida cuando alguien que amamos y que ha sido pilar para nosotros, muere o se va. Por eso nos sentimos identificados con ellos. Tres años habían pasado y estaban acostumbrados a que era el Señor Jesús el que tomaba las decisiones y resolvía los problemas.

Ahora les tocaba a ellos resolver y continuar porque debían cumplir la última encomienda del Señor: "ir por todo el mundo y predicar el Evangelio a toda creatura". O como lo describe san Marcos - más conciso que san Mateo - :

"Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban" (Mc 16, 20).

Nada menos tenían frente a sí una primera decisión importante que tomar: sustituir a Judas para que siguieran siendo Doce Apóstoles, lo que hicieron en cuanto se volvieron a reunir. Así es que, Pedro tomado la palabra propuso la elección, en la que, finalmente y después de orar, salió sorteado Matías:

"Echaron suertes, y la elección cayó sobre Matías, que fue agregado a los once Apóstoles". (Hch 1, 15-26)

Jesús se fue, pero no se olvidó de nosotros

Sin embargo, el Señor Jesús ya tenía todo bien planeado. Su misión estaba cumplida, así es que se aseguró de dejarlos en las mejores manos, dándoles las últimas instrucciones:

"Y yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto" (Lc 24, 49).

De este modo, el Señor cumplió al pie de la letra: envió al Espíritu Santo que los fortaleció para continuar con su encomienda:

"...recibirán la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (Hch 1, 8).

Además, les dejó a María Santísima, que fue madre para todos, como lo es para nosotros (Hch 1, 14). La Iglesia naciente ya estaba en marcha, y por si fuera poco, el Señor Jesús hizo lo que solo Dios puede: irse y quedarse, como se los prometió: "Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).

Vivamos con esperanza

Así pues, ellos no estaban solos y nosotros tampoco lo estamos. No tenemos razón para sentirnos huérfanos, por el contrario, tenemos la certeza de que el Señor permanecerá junto a nosotros hasta el final de nuestras vidas.

Entonces, respondámonos como deben haberlo hecho los discípulos: ¿qué vamos a hacer? la respuesta es clara: cumplir la voluntad del Señor con alegría y con la esperanza puesta en que un día nos volveremos a reunir con Él en la casa del Padre celestial.

Mónica Muñoz 

Fuente: Aleteia