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| Celebración del Bautismo de adultos. Dominio público |
Madrid, un día cualquiera del mes de abril. La primavera se ha echado
encima y, en una agradable terraza del barrio de Los Austrias, charlo
con un entusiasta sacerdote español que acaba de llegar de una
importante ciudad de Francia.
A la pregunta de si es cierto o no el "boom de
conversiones" que, aparentemente, se está dando en varias
ciudades de Europa, mi interlocutor, sin mediar palabra, se arrebata, casi
arrebolado, en su propia silla, y comienza a decir:
"El 'boom' es tan real. No deja de llegarnos a la parroquia gente
destruida que quiere bautizarse y no sabemos qué hacer. Son decenas y
decenas, y de perfiles muy distintos. Yo me digo aquello de Isaías: '¿de
donde me han venido todos estos hijos?'… Y, encima... ¡sin estar haciendo nada
para atraerlos! Porque, a pesar de todo, siguen viendo algo genuino en la
Iglesia".
"La mayoría es gente formada, con buenas carreras, sueldos altísimos…
pero totalmente destruidos, a los que la mujer o el marido les ha quitado a los
hijos, vienen de tres o cuatro divorcios, de las drogas o, peor aún, de unas
vidas de un sin sentido tan profundo. Porque, el problema más serio que tienen
es que nadie nunca les ha querido gratuitamente, y eso es,
precisamente, lo que están buscando".
"Necesitan sentirse que forman parte de un cuerpo, de una comunidad,
donde vivir la fe y ser miembros que no se puedan sustituir. Es gente
necesitada de algo que les saque de ese infierno en el que viven, y que cuando
lo encuentran no les vale un simple barniz católico, como si la Iglesia
fuera un club social… como nos pasa a muchos de nosotros".
"Por ejemplo, el Miércoles de ceniza, cuando se nos recuerda que todo
es pasajero, que todo en esta vida se acaba, que nos morimos y que 'no hay
más'… nos llegan riadas y riadas de gente a la parroquia. Todos vienen
con una necesidad tan extrema que no se conforman con cualquier cosa".
"Estamos en la era de la comunidad, estamos viviendo, sin duda, su
etapa más dorada, y no nos damos cuenta de ello. Si a esta gente les
ofreces comunidad te los has ganado a todos. Porque, la mayoría de los que
se bautizan no tienen a donde ir, solo tienen charlas, algunas ponencias, poco
más… y es tan evidente que buscan vivir la fe junto a otros como
ellos".
"Y, para eso, es muy importante que los curas, los laicos, todos,
cuidemos bien a este nuevo rebaño tan singular que, nos guste o no, es más
variopinto que el que hemos conocido hasta ahora. Tienen vidas más originales,
es cierto, más heridas, no están cortados por el mismo patrón, pero
eso, precisamente, es su gran riqueza, y la del resto de miembros de la
Iglesia".
"Las parroquias, los grupos, las órdenes religiosas, los
movimientos.... tenemos que dejar a un lado los corsés que tantas veces nos
impone la institución, esas viejas inercias, esos automatismos de
carismas que nacieron en sociedades que eran hegemónicamente católicas. Ahora,
tenemos que acercarnos al que sufre por su nombre, personalmente, uno a uno, en
su especificidad, ya no valen las masas ni el granel. Ya no vale decir: 'este
es el esquema que te ofrezco, si lo quieres bien y si no lo dejas'. No basta
con eso. Porque, hoy, en el mundo, hay millones de alternativas mucho más
atractivas, aparentemente, que la Iglesia".
"Pero, sobre todo, no nos avergoncemos ni nos hagamos de menos.
Porque, tenemos el mayor tesoro de todos. Cuando una persona, que acaba de
conocer a Dios, encuentra una comunidad, donde se le quiere gratis, se
siente única y, sobre todo, está el Espíritu Santo... ya lo ha conseguido todo".
Asiento con la cabeza, apuro mi mermada Coca Cola Zero –sin
hielos ni limón–, y digo para mí... ¡que así sea!
Juan Cardoso
Fuente: ReL
