Las
ordenaciones secretas en el régimen soviético revelan los límites extremos de
la resistencia humana y la supervivencia de la Iglesia ante el totalitarismo
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Cuando pensamos
en las ordenaciones de los sacerdotes o los obispos de
la Iglesia católica, siempre tenemos presente la alegría del momento, los
cientos de asistentes y la nueva misión de quien ha sido ordenado. Sin embargo,
durante las décadas de plomo que envolvieron a Europa del Este y a la Unión
Soviética, la historia más profunda del cristianismo se escribió en la
penumbra, en secreto.
Mientras el
ateísmo de Estado de Stalin y sus sucesores intentaba erradicar la idea de Dios
del imaginario colectivo, una estructura paralela —la llamada Iglesia del
Silencio— florecía en los sótanos, las fábricas y los campos de concentración.
Mirar hacia ese período no es solo un ejercicio de memoria histórica, sino una
reflexión sobre la indestructibilidad de la conciencia humana frente al poder
absoluto del Estado.
La Iglesia
católica perseguida
El proyecto
soviético de "ateísmo científico" no se limitó a cerrar iglesias;
pretendía decapitar la jerarquía religiosa. Se envió a obispos al Gulag, se
ejecutó a sacerdotes y se convirtieron los seminarios en almacenes. Sin
embargo, lo que el régimen no previó fue la metamorfosis de la institución.
La Iglesia dejó
de ser un edificio de piedra para convertirse en una red invisible de
relaciones. Fue en ese contexto donde surgieron las ordenaciones secretas, uno
de los capítulos más fascinantes y dramáticos de la resistencia católica.
Hombres comunes
—ingenieros, obreros, médicos— eran llamados al sacerdocio en rituales
"clandestinos" a los ojos del gobierno, pero legítimos ante la fe. La
imposición de manos tenía lugar en salones con las cortinas corridas o en
claros del bosque, lejos de la mirada de la policía.
Estos nuevos
sacerdotes no llevaban sotanas; se mezclaban con la clase trabajadora,
celebrando la Eucaristía con gotas de vino y migajas de pan durante el descanso
del trabajo. Ser sacerdote en la Unión Soviética era como ser un agente secreto
o un espía, y el secreto era la única garantía de supervivencia.
La fidelidad
a los apóstoles
La gran
preocupación del Vaticano y de los líderes locales era mantener la sucesión
apostólica. Si todos los obispos fueran arrestados, ¿quién ordenaría a los
futuros sacerdotes? La solución llegó a través de facultades especiales
concedidas por el Papa, que permitían a los obispos ordenar a sus sucesores de
forma totalmente secreta, a veces sin que ni siquiera Roma conociera los
nombres de inmediato para evitar interceptaciones.
Esta necesidad
urgente dio lugar a figuras como el obispo checo Félix Davídek, que lideró la
comunidad Koinotes. En un ambiente de persecución, llevó la estructura
clandestina al límite, ordenando a hombres casados y, en casos que generaron
debates teológicos décadas después, incluso a mujeres, en un intento
desesperado por garantizar que en las prisiones femeninas y los internados a
los que los hombres no podían entrar se asegurara el consuelo de los
sacramentos.
El martirio de
hombres como el obispo Dom Jan Habraken y tantos otros mártires no fue en vano;
cada ordenación secreta era un recordatorio de que el espíritu no puede ser
estatizado.
Las heridas
de la Iglesia católica
Con la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, la Iglesia del Silencio salió de las
sombras, trayendo consigo las cicatrices de una clandestinidad forzada. El
proceso de reintegración de esos sacerdotes y obispos «secretos» en la
estructura oficial de la Iglesia fue complejo y, en ocasiones, doloroso. Muchos
de esos hombres, que habían arriesgado la vida durante décadas, se sintieron
incomprendidos por quienes no habían vivido el horror del totalitarismo.
Sin embargo, el
ejemplo de aquellas décadas sigue siendo un faro. El régimen soviético, con
todo su aparato de vigilancia y terror, fue incapaz de llenar el vacío dejado
por la prohibición de lo sagrado. La Iglesia de las catacumbas del siglo XX demostró que, cuando se
suprime la libertad de culto, la fe encuentra nuevos caminos, mucho más
profundos y resistentes. Aquellos altares improvisados en mesas de cocina
vencieron, al final, al imperio que pretendía ser eterno.
Paulo Teixeira
Fuente: Aleteia
