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| Monjes de Le Barroux cantando gregoriano |
A las tres y veinte de
la mañana, cuando la Provenza francesa es todavía un manto de oscuridad y
silencio, unos monjes empiezan su jornada en la Abadía
de Sainte-Madeleine du Barroux. No, no es un error ni un capricho: es
una forma de vivir que ya deja entrever ese ir contracorriente del ritmo
frenético del siglo XXI.
Así lo resumía su
fundador: «Los monasterios son dedos silenciosos dirigidos hacia el cielo; un
recuerdo persistente e invencible de que existe otro mundo, del cual este no es
sino imagen que lo anuncia y prefigura». En esa intuición se sostiene todavía
hoy esta pequeña pero vivaz comunidad benedictina.
La historia de este
bastión de la Tradición no nació de un deseo de ruptura, sino de una búsqueda.
Su fundador, Dom Gérard, comenzó
su andadura monástica en los años 50 con profunda alegría, pero tras el Concilio Vaticano II presenció cambios
en los que percibió que se empezaba a desdibujar la esencia del claustro: se
relajaba la clausura, desaparecía el hábito y el silencio se volvía opcional.
Sin embargo, Gérard no era un espíritu rebelde por naturaleza; antes de
emprender su propia aventura, intentó por todos los medios encontrar su sitio
en otras comunidades.
La jornada es un
engranaje de precisión suiza. Tras los Maitines y
una hora de lectio
divina en la soledad de la celda, las Laudes estallan
a las seis de la mañana para alabar a Dios por el nuevo día. Uno de los
momentos más impactantes ocurre poco después: 27 sacerdotes celebran
simultáneamente sus misas privadas en los diversos altares de la abadía.
Para el padre Juan
Diego, el sacrificio de dejar su lengua y cultura se compensa con el «tesoro»
de la misa tradicional y del canto gregoriano del siglo VI, vividos en la
intensidad y la disciplina únicas de Le Barroux, donde cada nota y cada gesto
conservan una fuerza espiritual capaz de atravesar los siglos.
El equilibrio
benedictino del ora et labora se
cumple a rajatabla. Tras la misa
conventual cantada de las 9:30, los monjes se dispersan hacia sus
puestos de trabajo. No hay tiempo para el ocio: se encargan de una editorial,
una imprenta, el mantenimiento de la casa y el cuidado de los campos de olivos,
viñedos y lavanda que rodean el monasterio.
Los
tres pilares de Dom Gérard
La identidad de Le
Barroux se asienta sobre tres pilares que Dom Gérard legó a sus hijos
espirituales antes de morir en 2008: la Regla
de San Benito, la liturgia tradicional y la filosofía realista de Santo Tomás
de Aquino. Pero, como advertía el fundador con lágrimas en los ojos,
nada de esto se sostiene sin un cuarto elemento: la
caridad fraterna.
Esa caridad se extiende
a los visitantes a través de sus hospederías y de productos que ya son leyenda
en la región. En su propio molino producen aceite de oliva, hornean brioches
artesanales y cultivan los vinos de la
línea Via Caritatis, un proyecto
vitivinícola que busca la excelencia del terruño provenzal. Es su forma de
dialogar con el mundo sin romper su clausura.
Incluso el contacto
tecnológico está medido para proteger el silencio. Las llamadas solo se
atienden en franjas muy breves y prefieren la correspondencia escrita a mano.
«Se puede salir de la clausura a través de los medios de comunicación», explica
el padre Juan Diego, además de que la escritura a mano la define como un
ejercicio provechoso para preservar el silencio del alma.
Un
pulmón espiritual en Provenza
Al caer la tarde, las Vísperas a las 17:30 ofrecen el día
transcurrido, seguidas de una cena en silencio y una reunión capitular donde el
Abad comparte noticias del mundo o intenciones de oración. El día se cierra a
las 19:45 con las Completas, el
oficio donde encomiendan el descanso a la protección divina, pidiendo paz
frente a las tentaciones del espíritu.
La comunidad no deja de
crecer; actualmente cuentan con siete
novicios y acaban de realizar una ampliación en 2022 para acoger a las
nuevas vocaciones. Incluso sueñan con una futura fundación en Argentina si
logran reunir a un grupo de diez jóvenes decididos. Es la prueba de que, frente
a la crisis de fe, el rigor y la belleza de la tradición siguen siendo un imán
irresistible.
Le Barroux se erige así
como un pulmón espiritual en Europa, pero no como un refugio excluyente. La
vida de estos hombres vestidos de negro, que bajo la luz de la Provenza parecen
la viva imagen de un cuadro de Fra
Angelico, oxigena la fe de quienes, en medio del ruido del mundo,
necesitan de ese «dedo silencioso» que les señale y les recuerde donde se
encuentra la verdadera esperanza del día a día.
Fuente: El Debate
