Muchos creyentes viven con el sentimiento de culpa de que su oración es demasiado breve. Sin embargo, la Iglesia arroja una luz completamente diferente
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Empiezas a
rezar el rosario y lo dejas a un lado tras cada decena, porque los niños
gritan, los pensamientos se te escapan y las obligaciones te persiguen. Y
aparece esa conocida opresión en el pecho: "Otra vez no lo he conseguido.
Otra vez no he hecho suficiente oración". ¿Pero es realmente así? ¿Qué
dice la Iglesia, hay un mínimo?
La
oración: ¿qué es lo que realmente pide la Iglesia?
Antes de
profundizar, veamos los hechos. Los cinco mandamientos de la Iglesia —cuyo
incumplimiento constituye pecado— son, en pocas palabras: asistir a Misa los
domingos y días de precepto, confesarse una vez al año, comulgar en Pascua,
guardar los ayunos y apoyar a la comunidad eclesial.
El rosario
no figura en esta lista. Tampoco las coronillas ni las novenas. No se trata de
un descuido fortuito de los redactores del Código de Derecho Canónico. El Catecismo
de la Iglesia Católica, en el párrafo 2698, utiliza la palabra «propone» en lugar de «obliga» al
referirse a la oración privada regular. El párrafo 2699 añade algo esencial:
"El
Señor conduce a cada persona por los caminos que Él dispone y de la manera que
Él quiere. Cada fiel, a su vez, le responde según la determinación de su
corazón y las expresiones personales de su oración".
Esto no es
una puerta abierta a la pereza. Es difícil que la voluntad de Dios sea la
ausencia total de oración. Pero la Iglesia, en este párrafo, reconoce que Dios
puede esperar de nosotros, en cierta etapa, lo mínimo y no rechaza la ofrenda
que es sincera, aunque modesta.
La viuda del
Evangelio dio "lo mínimo" (dos monedas), y Jesús dijo que ella
había dado más que todos. Por su parte, santa Teresa de Lisieux
escribe en "Historia de un alma": "El buen Dios no mira tanto
la grandeza de nuestras obras, ni siquiera su dificultad, como el amor con que
las realizamos".
Jesús y
la lógica de las normas
En el Sermón
de la Montaña, Jesús dice:
Cuando oren,
no sean como los paganos, que creen que por su palabrería serán escuchados (Mt 6,7).
La palabra
griega battalogéō, utilizada en este pasaje, significa
literalmente "cháchara sin sentido". Jesús critica así la creencia de
que la eficacia de la oración depende de la cantidad de palabras y
repeticiones. Es una lógica pagana: hablo mucho (no importa si es
conscientemente), por lo que Dios tiene que escucharme.
El Catecismo
(CEC 2700) cita a Juan Crisóstomo:
"No
depende de la cantidad de palabras, sino del fervor del alma, que nuestra
oración sea escuchada".
A su vez, en
el párrafo 2727, el Catecismo menciona expresamente el
pensamiento en términos de "rendimiento y productividad" entre los
conceptos erróneos sobre la oración. La Iglesia diagnostica la actitud
"cuantitativa" hacia la oración como una expresión de la mentalidad
secular que se ha infiltrado en nuestra vida espiritual.
El
pecado, la pérdida y la imaginación
Conviene
distinguir tres niveles que tendemos a confundir fácilmente en un único y gran
remordimiento relacionado con la oración.
El pecado es
la ruptura consciente y prolongada de la relación con Dios mediante el abandono
total de la oración. El Catecismo de la Iglesia Católica (CEC) 2744 afirma claramente que la oración es una
«necesidad vital». Se trata de una afirmación categórica, pero se refiere a la
ruptura total de la relación, no a la falta de un rosario rezado.
La pérdida
espiritual es el descuido y un contacto cada vez más escaso. No es un pecado
grave, sino una señal de advertencia, como en una relación en la que dejamos de
llamarnos.
La norma
imaginaria: un rosario completo cada día, la coronilla cada día, la Santa Misa
cada día. La Iglesia nunca ha establecido esto como un deber universal.
Cabe
destacar que el Catecismo (CEC 2729) recuerda, en este sentido, que la oración
distraída no es un gesto vacío: simplemente pone de manifiesto nuestros apegos
y nos invita a volver. O, por ejemplo, la participación en la Santa Misa sin
recibir la Comunión puede ser expresión de un discernimiento maduro de la
propia situación, y no de negligencia (cf. CEC 1385).
¿Qué le
dice la Iglesia a tu corazón?
La regla es
sencilla: un rosario rezado con atención vale más que cinco rezados con la
mente puesta en la lista de la compra. Dios confía en tu corazón, no en tu
lista de tareas. No mira el reloj, sino la dirección en la que vas. Es una
invitación a la madurez.
La pregunta
con la que vale la pena acudir al confesionario no es: "¿He cumplido con
lo mínimo?", sino: 2¿He dado de mí todo lo que he podido?" La Iglesia
nunca quiere que te avergüences de tu mínimo. Lo que quiere es que desees más,
porque ese es el camino hacia un verdadero crecimiento espiritual, en el
momento adecuado para ti.
Mónica Muñoz
Fuente: Aleteia
