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| Los seminaristas Germán, Michael y el P. Anselme, juntos en la PUSC. Crédito: Daniel Ibañez/EWTN News. Dominio público |
Con
apenas 20 años y procedente de la diócesis de Huajuapan, este joven sólo tiene
palabras de gratitud para la familia que, con su apoyo económico, le permitió
salir por primera vez de su ciudad para continuar sus estudios de Teología en
Roma.
“Nunca esperé algo así. Estaré
eternamente en deuda”, afirma.
Germán
es uno de los 1.264 alumnos, procedentes de 84 países, que estudian en este
centro académico —que celebró su 40º aniversario en 2024— gracias al programa
de becas de la universidad.
Se trata de un compromiso con la Iglesia universal que busca
garantizar una formación teológica de calidad accesible a vocaciones de todos
los rincones del mundo.
De
hecho, los miembros del Opus Dei que estudian en Roma para ser sacerdotes no se
benefician del sistema de becas de la Universidad. “Las becas de la universidad
se dirigen sobre todo a seminaristas y sacerdotes diocesanos que no cuentan con
instituciones que respalden su formación”, explica Álvaro Sánchez Carpintero,
director de Promoción y Desarrollo de la Universidad.
El
programa de becas nació en 1989 con la creación en España del Centro Académico Romano Fundación (CARF),
y ha crecido progresivamente. En sus inicios se sustentaba en pequeñas
iniciativas, pero con el tiempo fundaciones, asociaciones y donantes
particulares han ampliado de forma considerable su alcance. Actualmente son más
de 25000 benefactores de 22 fundaciones en los 5 continentes que financian los
estudios de seminaristas, sacerdotes y religiosos y religiosas que se preparan
para ser los formadores de vuelta en sus países.
“Para
los estudiantes es importante saber que alguien que no los conoce les está
dando una oportunidad. Por eso insistimos en que recen por sus benefactores,
creando un vínculo de gratitud y espiritualidad que va más allá de lo
económico”, subraya Sánchez Carpintero.
Germán
vive esta etapa como una preparación para regresar a México como sacerdote y
servir a su comunidad. “Quiero profundizar en mi fe y en el conocimiento de
Cristo para después darlo a conocer a los demás”, resume.
Deseo corresponder “sirviendo fielmente a la
Iglesia” y a Kenia
El joven mexicano comparte horas de estudio en la biblioteca
universitaria con otro seminarista proveniente de Kenia, a miles de kilómetros
de su Huajuapan natal. Es Michael Japheth Ogutu, de la Arquidiócesis de Kisumu
(Kenia), que cursa el segundo año de la licenciatura en Teología. Gracias a
otra beca se convirtió en el primer seminarista de su diócesis en formarse en
esta universidad.
“Sé
que detrás de esta oportunidad hay personas que trabajan y se sacrifican, y
deseo corresponderle sirviendo fielmente a la Iglesia y a mi país”, explica,
consciente como Germán de que se encuentra en Roma para una misión que los
trasciende.
Ambos
proceden de una familia profundamente católica. “En casa rezábamos antes de la
cena y leíamos juntos la Biblia”, describe Michael.
Asistir
a Misa en su diócesis —que abarca una superficie de 4,616 kilómetros cuadrados,
es decir, el doble del área urbana de Lima, pero en la que apenas hay 70
parroquias para atender a casi 2 millones de personas— no era sencillo: debían
caminar unos dos kilómetros cada domingo.
Su
vocación fue temprana. “En la escuela me llamaban ‘pastor’ porque siempre
quería dirigir la oración”, detalla.
La
muerte de su madre en 2009 fue como un puñetazo en el estómago que impactó en
sus estudios. “Ingresé en el seminario menor en 2011, pero no pude completar el
primer año debido al estrés y a problemas de salud”, relata al asegurar que ese
sufrimiento sólo cicatrizó con el bálsamo de la fe.
Michael,
que espera ordenarse sacerdote en 2028, se siente en deuda con los jóvenes y
los niños de su país, consciente de que son el eslabón más frágil de la
sociedad que lo vio crecer “Cuando regrese, quiero ayudarles a tener esperanza
y liderazgo”, afirma.
Una
tarea monumental: su país atraviesa una grave crisis alimentaria agravada por
sequías extremas y el cambio climático, especialmente en las regiones áridas y
semiáridas del norte y este.
“Hay
millones de personas que sufren inseguridad alimentaria; los niños y el ganado,
vital para la subsistencia, están gravemente afectados”, denuncia.
A
ello se suma el malestar que genera el desempleo: “Muchos estudian, pero no
encuentran trabajo. Eso genera frustración, riesgo de criminalidad y
estancamiento económico”, advierte. Por eso sus estudios en Roma son toda una
declaración de intenciones.
Artesano de la paz para sacar la violencia de la R
D del Congo
Entre
los beneficiarios de estas becas también hay sacerdotes. Es el caso del P.
Anselme Manda Ludiga, de la República Democrática del Congo, un país que
enfrenta desde hace décadas una espiral de violencia.
Hace
cinco años llegó a Roma para iniciar un doctorado en Comunicación Institucional
en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. Actualmente cursa su tercer año.
Su objetivo es profundizar en cómo el diálogo puede convertirse en instrumento
de paz y cohesión social.
El
territorio africano arrastra más de 30 años de conflicto. Es un país desbordado
por la proliferación de grupos armados, en el que se superponen además
tensiones intertribales que hace que la seguridad sea una quimera.
El
P. Anselme procede de la diócesis de Kalemie-Kirungu, en el este del país,
cerca del lago Tanganica y fronteriza con Zambia, Tanzania y Burundi. “Nuestra
provincia tiene seis territorios y en cada uno conviven varias tribus; en uno
solo hay más de 15 grupos distintos”, explica. Entre ellos se encuentran los
twa y comunidades de habla bantú cuya relación dista mucho de ser igualitaria.
“El
pueblo Twa ha sido históricamente discriminado, considerado inferior y relegado
a la servidumbre dentro de la comunidad bantú”, afirma. Como ejemplo, explica
que muchos granjeros bantús someten a un régimen de semiesclavitud a sus
empleados/criados twa. Esto provocó una explosión de violencia en 2013, que
dejó un reguero de muerte en territorios como Manono, Nyunzu y Kalemie.
El
P. Anselme habla con valentía del dolor que impregna su país sin permitirse
acostumbrarse a lo injusto. “La desigualdad se refleja incluso en normas
sociales: mientras un hombre bantú podía tomar esposa entre los twa, el inverso
era impensable”, detalla.
Como
sacerdote, ha trabajado como mediador en este tipo de conflictos: “Lo primero
que debemos reconocer que todos tienen derechos y dignidad; sólo entonces el
mensaje cristiano puede encontrar terreno fértil”, sostiene.
Basta
mirarle a los ojos para darse cuenta de que se trata de una gesta con
tintes épicos. El doctorado que está realizando en la
Universidad de la Santa Cruz analiza la comunicación en conflictos étnicos
entre 2012 y 2022, identificando errores y aciertos en los procesos de
mediación y subrayando la importancia de tener en cuenta las dimensiones
culturales y contextuales.
En Roma, ha experimentado que la diversidad cultural nunca es
un obstáculo para convivir en armonía: “He estudiado con compañeros de China,
México o India. Aquí compruebo que la diversidad cultural no es un obstáculo,
sino una riqueza”, afirma al constatar que un día podrá compartir su
experiencia en su tierra y sembrar así una semilla de paz.
Germán, Michael y el P. Anselme son un testimonio que combate
el desarraigo. Podrían quedarse en las comodidades del primer mundo pero están
deseando volver a sus países de origen para ser caricia y ternura en su
comunidad.
Por Victoria Cardiel
Fuente: ACI
