Hasta diciembre de 2026, la Iglesia celebra el Año Jubilar Sanjuanista por el tercer centenario de la canonización (1726) y el primero del doctorado (1926) de san Juan de la Cruz
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| CNS. Peter Lockley |
La apertura
tuvo lugar en la iglesia del convento de los carmelitas descalzos, sepulcro del
santo, en Segovia, el 13 de diciembre de 2025, y el lema elegido, tomado de un
poema suyo, es«La esperanza tanto alcanza cuanto espera». A lo largo del año,
se han designado templos jubilares en Fontiveros (cuna de Juan), Ávila,
Duruelo, Segovia (sepulcro) y Úbeda (lugar de su muerte), con actos que invitan
a redescubrir su mensaje, a volver a leerlo en clave actual.
¿Quién fue san
Juan de la Cruz?
Juan de Yepes
nació en Fontiveros (Ávila) en 1542. Carmelita descalzo junto a santa Teresa de
Jesús, renovó la familia del Carmelo, vivió y sirvió en ciudades como Medina
del Campo, Salamanca, Ávila, Toledo, Baeza, Granada, Segovia y Úbeda. Poeta y
escritor mayor del Siglo de Oro, místico y doctor de la Iglesia, murió en Úbeda
el 14 de diciembre de 1591. Hoy descansan sus restos en Segovia.
Esta nota
biográfica basta para situarlo; pero lo decisivo no son los datos cronológicos,
sino su propuesta espiritual autobiográfica: un camino de libertad interior y
de amor que integra al ser humano en su totalidad: cabeza, corazón y voluntad.
¿Qué
propone a la persona de hoy?
Nos dejó 15
poemas, cuatro obras grandes en prosa, unos dichos y 33 cartas. Pero al leer
solo su poemario conoceremos la totalidad de su experiencia de Dios: no son
versos aislados, sino síntesis viva de su propio camino interior. En ellas late
la plenitud de su unión con el Amado, expresada en imágenes que condensan toda
su doctrina espiritual. El corazón de su enseñanza puede resumirse en cuatro
ideas que sirven para una vida saturada de notificaciones, prisa y
fragmentación.
El camino
espiritual no es «autoexigencia», sino respuesta a un amor mayor
Juan raramente
usa la palabra «ascesis». Habla de desapego, purificación, negación, noches, y
lo hace con una clave positiva: Dios actúa primero y su amor enciende el
nuestro. Por eso, negar caprichos o apegos no es un culto al esfuerzo, sino
responder a un amor que atrae. Lo escribe con un trazo inolvidable: para vencer
apetitos «era menester otra inflamación mayor de otro amor mejor, que es el de
su Esposo» (1S 14,2). En cristiano cotidiano: no se vence una adicción con pura
fuerza de voluntad, sino enamorándose de algo más grande.
Esa es la gran
corrección sanjuanista a muchos planes de mejora personal: sin la iniciativa de
Dios, la gimnasia espiritual se puede convertir fácilmente en narcisismo
religioso. Dios nos quiere inflamar de amor y nuestra tarea es dejarnos llevar
y colaborar.
La noche no es
oscuridad absurda, sino paso hacia la unión
La famosa
«noche» no es pesimismo: es el nombre simbólico del proceso por el que Dios
limpia los sentidos y el espíritu para que el alma pueda amar de verdad y
libremente. La noche del sentido desactiva los apegos a lo sensible; la del
espíritu purifica nuestras imágenes de Dios, ideas, memorias y afectos. El
objetivo no es «apagar la vida», sino dejarnos configurar por la fe, la
esperanza y la caridad, de modo que Dios sea el centro real de nuestras
decisiones.
Cuando sentimos
sequedad, cuando no nos sale el rezar, cuando todo parece ir a contracorriente,
quizá no estamos fracasando; quizá estamos madurando, pasando de «sentir mucho»
a «amar mejor». Juan aconseja no huir de ese tiempo: silencio, atención amorosa
y confianza. Pero para poder pasar por este proceso no es suficiente «tener el
amor de su Esposo, sino estar inflamada de amor y con ansias» (1S 14,2).
Tres virtudes
para una vida integrada: fe, esperanza y caridad
San Juan
aterriza su mística en lo concreto. Fe: «Entrar en camino es dejar su camino…
pasar al término…, que es Dios» (2S 4,5). La fe oscurece al entendimiento
porque abre a Alguien que supera toda imagen; nos libra de absolutizar lo que
sabemos o sentimos. Esperanza: vacía la memoria de seguridades, para desear lo
que aún no poseemos. Es medicina contra la ansiedad del control permanente.
Caridad: educa la voluntad para amar a Dios sobre todo. No se trata de «sentir
cosas», sino de aprender el estilo de Jesús en lo diario.
Estas virtudes
no se conquistan por técnicas, sino acogiendo el don de Dios y ejercitándolo en
elecciones pequeñas: tiempo para orar, perdonar, revisar gastos y usos de
cosas, cuidarse y cuidar, elegir la verdad, aunque no convenga. La higiene
interior que propone Juan es profundamente humana.
Por tanto, es
necesario que te regales espacios para Dios en lo cotidiano: unos minutos de
silencio cada día, lejos del ruido y del teléfono, para estar ante él con amor
sencillo. Haz un ayuno digital concreto, dejando una franja sin redes ni
inteligencia artificial, para abrir espacio a la gratitud y la contemplación.
Cada noche, entrega a Dios lo que no controlas y determina lo que esperas de
él: educa la memoria en la esperanza. En definitiva, la mística sanjuanista se
resuelve en unos gestos pequeños y concreto de caridad que pueden costar: la
voluntad aprende amando. Y si atraviesas una noche difícil, busca
reconciliación o acompañamiento.
La comparación
que nos despierta: Dios, incomparable
Juan usa
comparaciones fuertes. Nos invita a mirar con asombro: ante la infinita
hermosura, bondad y sabiduría de Dios, toda belleza creada resulta pobre. No se
trata de despreciar el mundo, porque todo el mundo es del místico —«míos son
los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos
los pecadores…, y todas las cosas son mías» (Dichos)—, sino de dejar que la
grandeza divina nos reubique y nos libere de idolatrías, salud, éxito, imagen,
incluso nuestro modo de creer. Solo quien ha sido tocado por ese infinito puede
relativizar lo penúltimo sin amargura. «Engañosa es la belleza y vana la
hermosura» (Prov 31,30). «Y así, el alma que está aficionada a la hermosura de
cualquier criatura, delante de Dios sumamente fea es; y, por tanto, no podrá
esta alma fea transformarse en la hermosura que es Dios, porque la fealdad no
alcanza a la hermosura» (1S 4,4).
¿Qué añade el
año jubilar?
El Jubileo no
es una agenda de actos, es un tiempo de gracia para caminar ligero. Si puedes,
peregrina con alguien a aquellos lugares sanjuanistas, Fontiveros, Ávila,
Duruelo, Segovia, Granada o Úbeda, y participa en este júbilo. Es una pedagogía
comunitaria de lo que Juan enseña. «La esperanza tanto alcanza cuanto espera»,
al recordar esta verdad con las palabras del santo, espero que el lema jubile
tu agenda y tu corazón. Espera en grande y vive sencillo. Es la manera
sanjuanista de recuperar el centro en medio del ruido.
Y, quizás lo
más importante, aunque escrito a la postre, no olvides que la peregrinación no
se limita a los caminos físicos: Juan de la Cruz es una invitación a recorrer
las experiencias. Cada poema, cada comentario, cada «dicho de luz y amor» es un
sendero hacia la comunión con Dios. Deja que su lenguaje, que encierra las
vivencias, renovado por el nuestro, te conduzca a lo esencial: amar y dejarse
amar. Ya que «a la tarde te examinarán en el amor». Y no al final de la vida,
sino al final de cada jornada, después de cada empresa, de cada acción u
omisión; el amor no es hazaña de mañana, determina el hoy eterno de tu
vida.
Por Jerzy
Nawojowski, OCD es director del CITeS – Universidad de la Mística
Fuente:
Ecclesia
