EL SACRIFICIO DE ABEL
II. Dignidad y
generosidad en los objetos del culto.
III. Amor a
Jesús en el Sagrario.
“Entonces llegaron los
fariseos, que comenzaron a discutir con él; y, para ponerlo a prueba, le pedían
un signo del cielo. Jesús, suspirando profundamente, dijo: "¿Por qué esta
generación pide un signo? Les aseguro que no se le dará ningún signo". Y
dejándolos, volvió a embarcarse hacia la otra orilla” (Marcos 8,11-13).
I. Lo mejor de nuestra
vida ha de ser para Dios: lo mejor de nuestro tiempo, de nuestros bienes, de
toda nuestra vida, incluyendo los años mejores. No podemos darle lo peor, lo
que sobra, lo que no cuesta sacrificio o aquello que no necesitamos. Para el Señor
toda nuestra hacienda, pero, cuando queramos hacerle una ofrenda, escojamos lo
más preciado, como haríamos con una criatura de la tierra a la que estimamos
mucho.
Dar
agranda el corazón y lo ennoblece; de la mezquindad acaba saliendo un alma
envidiosa, como la de Caín, quien no soportaba la generosidad de Abel, como nos
lo relata el Génesis (4, 1-5, 25) Para Ti, Señor, lo mejor de mi vida, de mi
trabajo, de mis talentos, de mis bienes..., incluso de los que podría haber
tenido. Para Ti mi Dios, todo lo que me has dado en la vida, sin límites, sin
condiciones... Enséñame a no negarte nada, a ofrecerte siempre lo mejor.
II. Para Dios, lo mejor: un
culto lleno de generosidad en los elementos sagrados que se utilicen, y con
generosidad en el tiempo, el que sea preciso –no más-, pero sin prisas, sin
recortar las ceremonias, o la acción de gracias privada después de la Santa
Misa, por ejemplo. El decoro, calidad y belleza de los ornamentos litúrgicos y
de los vasos sagrados expresan que es para Dios lo mejor que tenemos.
La
tibieza, la fe endeble y desamorada tienden a no tratar santamente las cosas
santas, perdiendo de vista la gloria, el honor y la majestad que corresponden a
la Trinidad Beatísima. “Contra los que atacan la riqueza de vasos sagrados,
ornamentos y retablos, se oye la alabanza de Jesús: “Opus enim bonum operata
est in me” –una buena obra ha hecho conmigo” (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino)
III. Cuando nace Jesús, no
dispone siquiera de la cuna de un niño pobre. Con sus discípulos, no tiene
dónde reclinar su cabeza. Morirá desprendido de todo ropaje, en la pobreza más
extrema; pero cuando su Cuerpo exánime es bajado de la Cruz y entregado a los
que le quieren, éstos le tratan con veneración. En nuestros Sagrarios, Jesús
esta ¡vivo!
Se
nos entrega para que nuestro amor lo cuide y lo atienda con lo mejor que
podamos, y esto a costa de nuestro tiempo, de nuestro dinero, de nuestro
esfuerzo: de nuestro amor. Pidamos a la Santísima Virgen que aprendamos a ser
generosos con Dios, como Ella lo fue, en lo grande y en lo pequeño, en la
juventud y en la madurez, en fin, lo mejor que tengamos en cada momento y en
cada circunstancia de la vida.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org