Este año esta tradición, llamada “Statio”, que hunde sus raíces en los primeros siglos del cristianismo, adquiere un relieve especial al ser la primera vez que lo preside el Papa León XIV
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| Iglesia de San Anselmo, de donde parte la peregrinación | Crédito: Vatican Media |
Cada Miércoles
de Ceniza, decenas de personas se agolpan a las puertas de la iglesia de San
Anselmo, enclavada en el Aventino, una de las siete colinas de Roma, para ser
testigos de la procesión penitencial que recorre con paso solemne los 200
metros que la separan de la de Santa Sabina.
Este año esta
tradición, llamada “Statio”, que hunde sus raíces en los primeros siglos del
cristianismo, adquiere un relieve especial al ser la primera vez que lo preside
el Papa León XIV.
Durará menos de
cinco minutos, pero no será un simple traslado ceremonial: el recorrido marca
litúrgicamente el inicio de la Cuaresma y subraya, además, la fuerte presencia
monástica del Aventino: los benedictinos, en la iglesia de San Anselmo y los
dominicos, en Santa Sabina.
“El carácter
penitencial de la Cuaresma nos permite explorar la dimensión espiritual de
estas liturgias estacionales seculares. La Cuaresma está marcada por los temas
del bautismo y de la conversión: reorientar nuestras vidas hacia Cristo, hacer
fecunda su vida en la nuestra y esforzarnos por imitarlo”, explica en
declaraciones a ACI Prensa el presidente del Pontificio Instituto Litúrgico, el
P. Stefan Geiger.
Mártires,
modelos de vida
En ese camino,
los mártires ocupan un lugar privilegiado porque “sirven como modelos
excepcionales de este estilo de vida”, asevera. “El método de la Iglesia
primitiva no se basaba en la instrucción teórica, sino en el ejemplo concreto
de una vida vivida para Cristo, ofreciendo una invitación a realinear
completamente la propia vida con Él”, indica. La elección de Santa Sabina como
meta no es casual. Se trata de una iglesia estacional, un concepto clave en la
tradición de la Iglesia romana. “Es a la que el Papa acude en una ocasión
concreta para celebrar la liturgia con los fieles”, asegura el sacerdote
benedictino.
Esta práctica
se remonta a la Iglesia primitiva, cuando el cristianismo comenzaba a organizar
su culto público en Roma. En el año 313 con el Edicto de Milán, el emperador
Constantino concedió la libertad de culto, lo que aceleró el crecimiento de las
comunidades cristianas y llevó a multiplicar los lugares de celebración
dominical, conocidos como tituli, auténticas parroquias primitivas.
“Estas
‘iglesias titulares’ representaban a las respectivas parroquias, dividiendo el
creciente número de fieles en unidades más pequeñas”, explica el P. Geiger.
Sin embargo,
este desarrollo en los contextos urbanos planteó un problema teológico y
pastoral. “Desde muy pronto surgió la preocupación por cómo mantener y expresar
visiblemente la unidad de la Iglesia local. En aquel tiempo, el ideal de
la Iglesia local seguía siendo la comunidad reunida en torno a su obispo. Sin
embargo, esto resultaba cada vez más difícil de sostener, especialmente en
contextos urbanos, y amenazaba con oscurecer la unidad visible”, recuerda el
presidente del Pontificio Instituto Litúrgico.
Las
liturgias estacionales nacieron en el siglo IV
Fue en este
contexto cuando, en el siglo IV, surgieron las liturgias estacionales como
signo tangible de comunión eclesial. El Papa, como obispo de Roma,
“estacionaba” regularmente en una iglesia titular concreta, presidiendo allí la
liturgia y de este modo, le confería una “precedencia sobre otras liturgias”,
explica el P. Geiger.
Un siglo más
tarde, la tradición romana incorporó un elemento decisivo: la procesión
penitencial. “En el siglo V se desarrolló una costumbre romana única: una
procesión penitencial hacia la iglesia estacional, que comenzaba en una iglesia
de recogida —la collecta—, donde se cantaban antífonas penitenciales y las
Letanías de los Santos”, detalla.
El recorrido
culminaba con una triple invocación del Kyrie Eleison (Señor, ten
piedad) -una de las oraciones más antiguas y fundamentales de la
liturgia cristiana- y una intensa oración silenciosa ante el altar, durante la
cual el clero se postraba. “Se trata de un gesto que todavía hoy vemos en la
liturgia del Viernes Santo. La procesión concluía con una oración silenciosa y
una postración del clero, antes de la oración final, ya que el Kyrie se
había cantado durante las letanías”, añade.
De la
solemnidad medieval al eclipse moderno
Durante la Alta
Edad Media, este esquema fue asumido y enriquecido con un ceremonial cada vez
más solemne. “El Papa se desplazaba a caballo desde San Juan de Letrán, que
entonces eran la residencia pontificia y era recibido en la iglesia estacional
ceremonialmente, revestido con los ornamentos litúrgicos. Después, entraba en
la iglesia acompañado de acólitos que portaban siete antorchas, y sólo entonces
comenzaba la celebración”, recuerda el P. Geiger.
Al final de la
liturgia, el diácono anunciaba solemnemente la siguiente iglesia estacional y,
en su caso, la iglesia de collecta, a lo que los fieles respondían con Deo
gratias.
Sin embargo,
con los años la tradición se fue debilitando. Durante el periodo en el que
siete Papas residieron en Aviñón (Francia) (1309–1377), prácticamente
desapareció de Roma.
Tras la toma de
Roma, en 1870, hito final del Risorgimento italiano, cuando las tropas del Reino
de Italia abrieron una brecha en las murallas aurelianas cerca de Porta Pia,
las liturgias estacionales fueron prohibidas oficialmente en 1870, como parte
de un decreto general que prohibía todas las procesiones.
La
recuperación contemporánea
El resurgir de
esta tradición llegó tras los Pactos de Letrán, concordato firmado en 1929 que
define las relaciones civiles y religiosas entre el gobierno y la Iglesia en
Italia.
La Pontificia
Accademia Cultorum Martyrum – que tiene la noble tarea de
mantener vivo el legado de los primeros testigos de la fe cristiana–impulsó
entonces la recuperación de las liturgias estacionales, gracias especialmente a
su primer director, Carlo Respighi. “Todavía hoy la Academia es responsable de
supervisar estas celebraciones, y su sitio web enumera las iglesias
estacionales de la Cuaresma”, explica el P. Geiger.
En todo caso,
el presidente del Pontificio Instituto Litúrgico explica que en la actualidad,
el Papa preside generalmente solo dos liturgias estacionales: el Miércoles de
Ceniza, en Santa Sabina y el Jueves Santo, en San Juan de Letrán.
“Antes de la
reforma litúrgica, el Misal enumeraba unas 89 liturgias estacionales en 42
iglesias estacionales. Los orígenes de cada una de las “iglesias titulares” ya
no se conocen, pero están estrechamente vinculados a los mártires, que tienen
un significado especial en la memoria de la ciudad de Roma”, detalla a este
respecto.
Como cada año,
la comunidad benedictina de San Anselmo se prepara con esmero para esta
relevante cita. El encuentro cobra un significado especial al ser la segunda
visita del Pontífice en su primer año de mandato; cabe recordar que los monjes
ya tuvieron el honor de recibir a León XIV el pasado 11 de noviembre de 2025,
coincidiendo con la festividad de la dedicación de su iglesia.
Por Victoria
Cardiel
Fuente: ACI Prensa
