La Biblia contiene enseñanzas que pueden aplicarse a todos los ámbitos de la vida, incluyendo la superación personal. Conoce 3 historias que lo ejemplifican
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Algunas historias de la Biblia
(sobre todo las del Antiguo Testamento) son poco usuales, llenas de
acontecimientos difíciles y grandes dramas. Son personajes que sufren grandes
desventuras, con las que, de algún u otro modo nos podemos identificar cuando
los llevamos a la oración. Conoce 3 anécdotas que te ayudarán a comprender
en qué consiste ir trabajando por nuestra santidad en la vida cotidiana, incluyendo
la superación personal.
1. JONÁS Y EL
GRAN PEZ
Jonás
("paloma") fue hijo de Amitai. Parece un profeta diferente, pues su
propósito primordial no parece haber sido predicarle algo a Israel…
El Señor le
ordenó ir a Nínive a prevenir al pueblo de que su ciudad sería destruida (Jonás 1,1-2).
En vez de
obedecer a Dios, Jonás se embarcó para Tarsis. Surgió una gran tormenta y Jonás
pidió a los hombres que lo tiraran por la borda, pues él era la causa de la
tormenta. Los hombres, muy obedientes, arrojaron a Jonás al agua. Dios hizo que
un gran pez se lo tragara.
Luego de estar
allí por tres días, Jonás se arrepintió y el pez lo vomitó en tierra (Jonás
2,10).
Aprendida su
lección, Jonás fue a Nínive y previno a los ninivitas que serían destruidos.
Fue lanzado de nuevo al mar, sí ¡de nuevo! Pero esta vez como un hombre que iba
hacia su destino, y por esto los ninivitas se arrepintieron.
Jonás es como
nosotros, es como el hijo de la parábola que dice que no va, pero luego
va. Todos podemos encontrar en Jonás esa fuerza para ser obedientes a Dios
aunque en un primer momento nos escapemos y nos cueste; aunque dudemos y
pongamos en tela de juicio sus planes.
Me habías
arrojado en lo más hondo, en el corazón del mar, una corriente me cercaba:
todas tus olas y tus crestas pasaban sobre mí. Yo dije: ¡Arrojado estoy de
delante de tus ojos! ¿Cómo volveré a contemplar tu santo Templo?. Me envolvían
las aguas hasta el alma, me cercaba el abismo, un alga se enredaba a mi cabeza.
A las raíces de los montes descendí, a un país que echó sus cerrojos tras de mí
para siempre, mas de la fosa tú sacaste mi vida, Yahveh, Dios mío. Cuando mi
alma en mí desfallecía me acordé de Yahveh, y mi oración llegó hasta ti, hasta
tu santo Templo (Jonás 2, 4-8).
2. JOSÉ Y SUS
HERMANOS
Esta es una de
las mejores historias que tiene el Antiguo Testamento.
José fue hijo
de Jacob y Raquel. Jacob amaba a José más que a sus hermanos, por ser el hijo
de su ancianidad. Sus hermanos, cegados por la envidia, planearon maldades en
su contra y lo vendieron como esclavo a Egipto (Génesis
37,28).
Al pobre le
pasó de todo. Al principio tuvo miedo y se sintió abandonado por su Señor, pero
luego de un tiempo de purificación y abandono, el Señor le mostró su presencia
y llegó a ser intérprete de los sueños de Faraón.
Es así que José
predijo un tiempo de hambre que asolaría toda la región. Fue nombrado
gobernador de Egipto y en los años de abundancia almacenó los excedentes de
alimento.
Llegaban
personas de todo lado a comprar provisiones para la escasez, entre ellos
vinieron sus hermanos desde Canaán. El encuentro de José con ellos fue muy
doloroso pero muy reconciliador. José los perdonó y su padre Jacob se reunió
con ellos en sus últimos años (Génesis
45-46).
La historia de
José es increíble. Es una historia llena de la acción de Dios. Es la
historia de nuestra vida, una vida en la que creemos tenerlo todo controlado,
pero en la que, el amor de Dios quebranta nuestro orgullo y nos muestra un
camino diferente.
Cuando pasa
esto, sentimos que Dios nos abandona, que nos arrebata nuestros sueños, pero,
al final, descubrimos que su plan es mejor que el nuestro y que por sus caminos
(sin ahorrarnos sufrimientos) se va mejor.
(Y se echó a
llorar a gritos, y lo oyeron los egipcios, y lo oyó hasta la casa de Faraón.)
José dijo a sus hermanos: "Yo soy José. ¿Vive aún mi padre?" Sus
hermanos no podían contestarle, porque se habían quedado atónitos ante él. José
dijo a sus hermanos: "Vamos, acercaos a mí." Se acercaron, y él
continuó: "Yo soy vuestro hermano José, a quien vendisteis a los egipcios.
Ahora bien, no os pese mal, ni os dé enojo el haberme vendido acá, pues para
salvar vidas me envió Dios delante de vosotros. Porque con este van dos años de
hambre por la tierra, y aún quedan cinco años en que no habrá arada ni siega.
Dios me ha enviado delante de vosotros para que podáis sobrevivir en la tierra
y para salvaros la vida mediante una feliz liberación" (Génesis
45, 2 -7).
3. EL FARISEO
NICODEMO
Nicodemo fue
miembro del Sanedrín y varón destacado entre los judíos.
Fariseo, de
esos que se negaban a creer en Jesús… Aun así solicitó
una entrevista con Él y se sintió confuso cuando este le dijo que
debía nacer de nuevo, pues tomó el nuevo nacimiento al pie de la letra y no en
sentido espiritual. Jesús, pacientemente, le explicó su significado (Juan
3, 5-8).
Aunque de su
encuentro con Jesús el Evangelio no nos dice nada más, Nicodemo alzó la voz en
la fiesta de los tabernáculos para defender a Jesús, cuando el Sanedrín lo
acusaba (Juan 7, 50-52).
Cuando Jesús
murió, Nicodemo le da "mirra y áloe" para que fuera sepultado (Juan 19,-39). Quizá por ello lo hayan tildado de seguidor de
Cristo. De ser así, llegó finalmente a ser cristiano "nacido de
nuevo".
Nicodemo busca
sinceramente la verdad. Está cansado de las interpretaciones sin vida, muy
eruditas quizás, pero muertas, pues sabe que ese modo de pensar le frena para
poder comprender.
Nicodemo busca
a Jesús y se aventura a abandonar los esquemas de pensamiento a los que está
acostumbrado. Se abre a su Palabra y deja que Jesús entre y habite en él. Se da
cuenta de que necesita convertirse con humildad.
Después de
esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo
a los judíos, pidió a Pilato autorización para retirar el cuerpo de Jesús.
Pilato se lo concedió. Fueron, pues, y retiraron su cuerpo. Fue también Nicodemo
-aquel que anteriormente había ido a verle de noche- con una mezcla de mirra y
áloe de unas cien libras. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas
con los aromas, conforme a la costumbre judía de sepultar (Jn 19, 38-40).
Luisa Restrepo
Fuente: Aleteia
