Dios nos llama incesantemente a la conversión y nos muestra que su Misericordia es un regalo para quienes son misericordiosos
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| Píldoras de fe |
La realidad de
nuestro mundo es muy dura. La palabra Misericordia puede sonarnos muy lejana en
la forma en que vivimos hoy en día. En nuestros países latinoamericanos nos
acostumbramos a la guerra, los secuestros, la extorsión y la codicia. Miles de
violadores y delincuentes están por las calles campantes mientras sus víctimas
y familiares tratan de sobrevivir odiando menos y tratando de entender el
porqué de sus desgracias. Muchos otros atesoran riquezas pisoteando la dignidad
humana y tratando a sus empleados como esclavos.
Vemos familias
enteras torturadas y quemadas en Irak por no querer transar con su fe. Gente
muriendo en África simplemente por haber nacido en un continente explotable,
pero injusto con sus propios hijos. Alrededor del mundo se cometen todo
tipo de atropellos contra la vida, los pensadores de este mundo se burlan de
Dios. Masificamos el pecado y le aplaudimos en nombre del modernismo
mientras excluimos cualquier signo que hable de esa civilización de más de dos
mil años llamada Cristiandad.
Dios nos vuelve
a llamar una y otra vez, incesantemente, a la conversión, la iniciativa siempre
viene de Dios que busca con amor a sus hijos. Se manifiesta a Santa María
Alacoque en Francia (1673) y más adelante a Santa Faustina en Polonia (1931),
invitándonos a la conversión y a gozar de las gracias ilimitadas del perdón
Divino. Por medio de estas hijas suyas, el Señor nos pide tener
entrañas de misericordia y nos trae la renovada noticia de su amor que todo lo
perdona y lo olvida.
Estos llamados
han tenido como respuesta que muchas almas pesadas por el pecado y en las
cuales el demonio ya creía cantar victoria, vuelven a los brazos a Dios. Nuevos
hijos pródigos se reconcilian con el Señor y experimentan en carne propia cómo
es eso de nacer de nuevo. Entienden que fuimos lavados en la sangre y el agua
que brotaba de ese costado abierto de nuestro Señor Jesucristo, y que por eso
volvimos a su Santa Iglesia.
Sin embargo, algunos
líderes religiosos parecen no estar contentos con esa bondad infinita de Dios,
actúan como sus detractores y deciden ponerle fecha de caducidad a esa
misericordia, aprovechando cada oportunidad de mencionar en sus
discursos que “el tiempo de la misericordia ya se está acabando”, como si el
amor del Señor fuera un tanque de gasolina que se agota a medida que se usa.
¿Cuál es la
verdad? ¿Cómo puedo encontrar la misericordia de Dios?
Pero ellos no
están en lo cierto. Si de corazón y con actitud humilde, buscamos el
perdón de Dios, sin excepción encontraremos a un Dios de brazos abiertos que
nos reviste con la capa de su gracia y pone en nuestras manos el anillo que nos
identifica como sus hijos. Nos saca del fango, nos acoge, nos alimenta
y nos consiente, como si nunca hubiésemos hecho nada malo, como si nuestro
pecado contra Él nunca hubiera existido. Ese es el poder de la confesión y la
absolución. Ese es el amor que Dios derrama sobre nuestra alma por medio de los
Sacramentos.
El voto de
confianza que recibimos de Dios, debe estar acompañado de una decisión de
volver a la casa del Padre. Recordando que por nuestros propios medios y
haciendo las cosas a nuestro antojo, estábamos precipitándonos hacia la
condenación eterna. Nos hacíamos acreedores del mismo infierno y solo confiando
en Dios y su voluntad podremos iniciar un nuevo camino. Por tanto, es necesario
este acto de abandono: ¡Sagrado Corazón de Jesús en Vos Confío! Porque Tú eres
un Dios vivo, porque Tú me amas, porque sabes que me conviene y que no, y
sabrás conducir mi vida hacia fuentes tranquilas, mientras yo por mis medios
caminaba perdido hacia los abismos.
¿Existe
algún “pero” para la misericordia de Dios?
Si, existe
un pero: ¡De la Misericordia de Dios nadie se burla! Jesús nos lo deja claro en
este texto:
“No todo el
que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que
hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7,21)
No podemos
andar por la vida pidiendo perdón y misericordia pero tratando a nuestro
prójimo como si fuese un trapo sucio. No caigamos en el error de creer que con
simplemente poner la imagen de Jesús de la Misericordia en nuestro hogar o
decir “Jesús, en vos confío” alcanzaremos misericordia.
El Señor nos
anuncia claramente en las bienaventuranzas cómo alcanzar su misericordia:
“Bienaventurados
los misericordiosos; porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5,7)
Lo complemento
con palabras del padre Jorge Loring: “Si somos buenos con los demás,
alcanzaremos la bondad de Dios, pero si somos malos, por consecuencia,
alcanzaremos de esa misma maldad que sembramos”. Por tanto, no podemos vivir
haciendo el mal creyendo que recibiremos como premio a nuestra conducta el bien
máximo que es el cielo.
Quien lucha por
un mundo más justo y equitativo, quien trata con amor a su prójimo, quien
perdona a sus enemigos, quien se compadece del mal ajeno, ese, alcanzará
misericordia.
Dios no es
indiferente ante el mal y la injusticia, al mal, tarde o temprano le llega su
cuarto de hora y cada uno recibirá su paga de acuerdo al camino que decidió
tomar, en cambio, la misericordia siempre triunfa y quienes la buscan,
recibirán como premio la misericordia eterna: el cielo.
Felipe Gómez
Artículo originalmente
publicado por pildorasdefe.net
Fuente: Aleteia
