El padre Ignacio Amorós, en La Revolución de Dios, explicó un término que nos servirá para llenar este nuevo y próximo 2026: "transfusiones de amor" para este año
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El sacerdote
Ignacio Amorós propone una analogía sencilla y poderosa para este nuevo año. En
el mundo sabemos bien qué es una transferencia de dinero. Entendemos también
qué son las transfusiones de sangre. Incluso aceptamos con naturalidad que se
pueda trasplantar un órgano de una persona a otra para salvar una vida, por lo
que vale la pena hablar de las transfusiones de amor.
Si todo eso es
posible en el plano material, ¿por qué nos cuesta tanto comprender que también
podemos ofrecer oraciones, actos de bondad y sufrimientos por el bien de otros
que lo necesitan?
La comunión
de los santos
La fe católica
nos regala una respuesta luminosa: la comunión de los santos. Por ella,
nuestros dolores, nuestras tristezas, decepciones y sufrimientos —especialmente
los injustos— no están condenados a la esterilidad. Pueden convertirse en una
auténtica transfusión de amor sacrificado para que otros se salven. Nada se
pierde cuando se ofrece. Nada queda sin sentido cuando se une a la cruz de
Cristo.
El padre Amorós
recuerda a Fulton Sheen, que decía que, cuando
pasa por un hospital, piensa en cuánto sufrimiento desaprovechado hay allí. Si
quienes lo padecen supieran el valor inmenso de su dolor, si lo unieran a la
cruz de Cristo, no se perdería, sino que llegaría a la eternidad. Es una afirmación
que incomoda, porque desmonta la lógica del descarte incluso aplicada al
sufrimiento: no todo dolor debe eliminarse a cualquier precio; algunos están
llamados a ser ofrecidos.
No
desaprovechar las oportunidades de amar
Leyendo al
padre Amorós entendemos, quizá con más claridad que nunca, cuál podría ser
nuestro propósito para el 2026: no desaprovechar ni la más pequeña
contrariedad, ni siquiera un leve dolor de cabeza. No desperdiciar ese
cansancio que aparece sin avisar, ni la frustración de los planes que se caen,
ni la rabia contenida del día en que no podemos salir de excursión porque
estalla una tormenta inesperada.
Vivimos en
una cultura obsesionada con eliminar el malestar. Todo debe anestesiarse,
silenciarse, resolverse rápido. Pero en ese afán perdemos una oportunidad
inmensa: la de transformar el dolor en don. La de darle un para qué. Porque
cuando el sufrimiento se ofrece, deja de mirarse solo a sí mismo y se abre a los
demás.
Alguien, ahora
mismo, necesita esa transfusión de amor. Alguien necesita que ofrezcamos una
noche sin dormir, una preocupación que no se va, una decepción que pesa. No
sabemos quién. No hace falta saberlo. Basta con confiar en que Dios administra
ese ofrecimiento con una precisión infinitamente más perfecta que cualquier
sistema humano.
Ser
donadores de amor
Ser donante de
amor no exige grandes gestas. No pide sufrimientos extraordinarios. Pide
conciencia. Pide no rebelarse inútilmente contra lo inevitable. Pide decir, una
y otra vez: "Señor, esto es para Ti, úsalo para quien más lo
necesite".
Quizá esta sea
una de las revoluciones más silenciosas y más necesarias de nuestro tiempo:
rescatar el valor redentor del sufrimiento ofrecido. Descubrir que nada es
pequeño cuando se entrega. Que incluso una contrariedad mínima puede
convertirse en salvación para otro.
Que este 2026
nos encuentre atentos, disponibles, dispuestos a no desperdiciar nada: ni el
cansancio, ni la contrariedad, ni el dolor, sabiendo que todo puede convertirse
—si se ofrece— en una transfusión de amor.
Mar Dorrio
Fuente: Aleteia
