El cristianismo no comienza con una idea, sino con un niño, y no termina con un concepto, sino con un sepulcro vacío en la historia. El Credo nos lo recuerda
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| Antonio Ciseri | PD |
Hace años, en
una reunión académica, se preguntó a un grupo de profesores qué era
innegociable en un plan de estudios inspirado en el humanismo cristiano. La
respuesta fue rápida y casi unánime: los artículos del Credo Niceno. Pensándolo
bien, no en los artículos, exactamente, sino en la narrativa. Del pesebre al
sepulcro vacío. De la historia, no de la teoría.
El Credo
recuerda la historia
Ese instinto
ayuda a explicar por qué la reciente recitación del Credo por parte del papa León XIV ante las
ruinas de una antigua basílica en Turquía fue tan importante. El papa no estaba
dando una conferencia sobre doctrina en medio de restos arqueológicos. Estaba
contando una historia en un lugar donde la historia se impone sobre el
presente. La piedra, el polvo y el cielo formaban el telón de fondo de unas
palabras que rechazan, o al menos se resisten, a la abstracción.
El Credo Niceno puede parecer, a primera vista,
teología comprimida: "engendrado", "consustancial",
"encarnado". Pero su movimiento decisivo es, también narrativo. Sigue
el arco que los cristianos conocen de los propios Evangelios. La creación da
paso a la encarnación. El nacimiento conduce al sufrimiento. La muerte abre
paso a la resurrección. Y luego viene la frase que lo ancla todo: Cristo
«padeció bajo Poncio Pilato».
Pilato es
importante. No es un símbolo, ni un concepto teológico. Es un gobernador romano
con una huella histórica. Su nombre aparece en el Credo por la misma razón que
aparece en los Evangelios: para insistir en que esta historia ocurrió en algún
lugar, en algún momento, bajo una autoridad política reconocible. El Credo se
niega a dejar que el cristianismo se convierta en mito. Planta la fe firmemente
en el suelo de la historia.
Aquí es donde
el Credo refleja la narrativa bíblica, sin sustituirla. Los Evangelios no son
meditaciones abstractas sobre la salvación, sino historias llenas de nombres,
lugares, comidas, traiciones, miedo, amistades y amor. Belén, Nazaret,
Jerusalén. Un pesebre. Un juicio. Una cruz. Una tumba vacía. El Credo destila
esa narrativa sin abandonarla. Incluso cuando suena conceptual, conlleva lo que
podría llamarse un horizonte histórico, uno que se abre por completo en el
momento en que Pilato pronuncia la sentencia.
El historiador
Marc Bloch lo vio claramente:
"Los
griegos y los latinos, nuestros primeros maestros, eran escritores de historia.
El cristianismo es una religión de historiadores".
Cristianismo:
testimonio y transmisión
El cristianismo
depende de la memoria, el testimonio y la transmisión. Sobrevive porque puede
ser contado de nuevo, contrastado con el tiempo y transmitido sin disolverse en
la ideología.
Esa idea
conecta naturalmente con Agustín, cuyas Confesiones suelen
leerse como espiritualidad interior, pero que, en realidad, son un acto
narrativo. Agustín cuenta su vida como una historia moldeada por la gracia a lo
largo del tiempo. La identidad surge a través de la memoria afrontada con
honestidad. El papa León XIV, agustino, comprende claramente que la fe se
debilita cuando olvida lo profundamente que depende de la narración basada en
hechos reales y lugares reales.
En la temporada
navideña, esto se vuelve urgente. La Natividad no es una imagen estacional,
sino una afirmación histórica: Dios entra en el mundo a través del nacimiento,
la vulnerabilidad y el lugar. El cristianismo no comienza con una idea, sino
con un niño, y no termina con un concepto, sino con un sepulcro vacío, en la
historia.
Daniel Esparza
Fuente: Aleteia
