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| Foto: OSV News / Simone Risoluti. Vatican Media. Dominio público |
Si durante sus ocho primeros meses de pontificado ha estado escuchando a sus colaboradores de la Curia, el Papa ha tenido un consistorio para consultar a los cardenales de lejos de Roma, antes de rematar las líneas maestras para los próximos años. Lo que más ha sorprendido a quienes participaron es que León XIV llegó con un cuaderno y un bolígrafo y estuvo casi todo el tiempo tomando notas.
«Siento la necesidad de poder contar con vosotros:
¡sois quienes habéis llamado a este servidor a esta misión! Por eso, creo que
es importante que trabajemos juntos, que discernamos juntos, que busquemos lo
que Dios nos pide», les explicó el primer día. Salió tan satisfecho que decidió
reunir a los cardenales al menos una vez al año, aunque no tanto como «grupo de
expertos, sino como comunidad de fe».
Ante un
mundo marcado por divisiones y el fin del multilateralismo, León XIV quiere que el colegio
de cardenales sea un «modelo de unidad», ejemplo de cómo es posible escuchar y proponer
ideas sin considerar enemigos a quienes piensan de otro modo. Ha mostrado que
este va a ser el método de su pontificado y que el consistorio ha sido el
ensayo general. Es una novedad. Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco
convocaron muy pocos consistorios porque el método de trabajo no funcionaba. En
general, un cardenal exponía un tema extensamente y luego los casi 200
participantes intervenían para comentarlo; pero eso no ayudaba a razonar. Por
eso, Bergoglio formó un selecto Consejo de Cardenales, con solo nueve miembros que informaban al Papa
con agilidad y ofrecían opiniones menos dispersas.
León XIV
ha cambiado el método para centrar los temas y que los cardenales le transmitan
sus prioridades. Repartió a los 170 asistentes en grupos de
siete u ocho, por idiomas. Así pudieron mantener conversaciones en el
Espíritu, en las que se participa preguntándose qué es lo que Dios desea
transmitirme y no tanto si estoy de acuerdo con lo que se dice. Además les
pidió que el punto de partida no fueran sus ideas sino la situación de sus
diócesis, «una humanidad hambrienta de bien y de paz, en un mundo en el que la
saciedad y el hambre, la abundancia y la miseria, la lucha por la supervivencia
y el desesperado vacío existencial siguen dividiendo e hiriendo a las personas,
a las naciones y a las comunidades». Con esa perspectiva, los cardenales
seleccionaron dos temas de trabajo: la sinodalidad y la misión de la Iglesia.
A la
salida, los cardenales se mostraron muy satisfechos. «Hemos experimentado la
fraternidad y se veía que el Papa quería escucharnos, estar con nosotros, con
sencillez, con informalidad», describe a Alfa y Omega Claudio Gugerotti, prefecto del dicasterio para las Iglesias
orientales. También para el arzobispo de Johannesburgo (Sudáfrica), Stephen
Brislin, ha sido importante «la oportunidad de conocernos y escucharnos, pues
venimos de diferentes partes del mundo». «Cada uno tiene su punto de vista y
aporta elementos que pueden ayudar al Santo Padre a llevar a cabo su misión y
que también nos sirven a nosotros para comprender mejor sus decisiones», resume
Fernando Filoni, gran maestre de la Orden del Santo Sepulcro. «La idea era
expresar inquietudes para que el Papa conduzca a la Iglesia a través de los
órganos de gobierno», subraya Cristóbal López Romero, arzobispo de Rabat (Marruecos). «Hemos visto que
hay continuidad, no tanto con Francisco, sino con el Evangelio, con el Vaticano
II».
También
el Papa estaba feliz. Ya está preparando el próximo consistorio, en junio, y
con sencillez pidió a quienes tengan dificultades económicas para viajar a Roma
que le avisen para ayudarlos. «Les reitero mi compromiso de hacer mi parte y
ofrecerles a ustedes y a toda la Iglesia una estructura de relaciones y de
servicio, capaz de apoyarlos y respaldarlos, para afrontar juntos con mayor
pertinencia y eficacia los retos actuales de la misión». Un estilo de liderazgo
diferente en el panorama actual.
Javier Martínez-Brocal
Fuente: Alfa y Omega
