Vivimos tiempos que huelen a Apocalipsis. Pero ¿lo son? ¿Y si no estamos al borde del fin… sino al umbral de una promesa?
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| AFP PHOTO / ARAKAN ARMY (AA) |
Guerras que
estallan por el mundo. Terremotos y otras catástrofes climáticas. Economías
rotas. Niños y familias enteras con hambre, iglesias atacadas, cristianos
desplazados. Voces que gritan “esto ya no tiene remedio” y otras que apenas
susurran “¿hasta cuándo, Señor?”.
Ante las
realidades mundiales, las personas, especialmente en los cristianos, puede
surgir la duda o la inquietud de sí estamos ante el final de los tiempos, pero…
¿qué significa el final? ¿Qué connotación le damos, cuál es su significado para
nosotros?
En el Monte de
los Olivos Jesús habló ante sus discípulos sobre el final de los tiempos: “Se
levantará nación contra nación, y reino contra reino. Habrá hambres y
terremotos por todas partes…” (Mt 24,7). Jesús también advierte sobre falsos profetas y
persecuciones a todos aquellos que le sigan.
El escenario
mundial parece sacado de los titulares del Apocalipsis —guerras, hambre,
persecución y odio—; en verdad que, muchas manifestaciones del fin del mundo
profetizado se hacen ver en nuestros días pero, con todo esto, hay una verdad
que los cristianos no podemos olvidar: los signos de los tiempos no son
anuncios de derrota, sino oportunidades de despertar.
El Papa
Francisco advirtió claramente sobre la "policrisis” que, para él, es “el
entrelazamiento de estos temas críticos, que actualmente tocan varias
dimensiones de la vida y nos lleva a preguntarnos sobre el destino del mundo y
nuestra comprensión del mismo”. Para el Santo Padre, este momento histórico,
más que un evento catastrófico, debe ser relacionado como una llamada a la
conversión y a vivir en comunión con Dios y con mayor solidaridad con los
hermanos.
El mundo ha
vivido en convulsión
En la historia,
la humanidad ha vivido pestes, imperios que se derrumbaron, persecuciones
feroces, cristianos en catacumbas, ciudades devastadas por conquistas
imperialistas o por bombas atómicas; genocidios silenciosos y otros muy
visibles y, en medio del caos, de la incertidumbre, del miedo, han surgido
grandes santos, innumerables mártires; madres heróicas, jóvenes valientes,
comunidades enteras que han abrazado la cruz sin soltar la esperanza.
Hoy, como ayer,
las señales están ahí. Pero la clave no está en temerlas, sino en leerlas con
ojos de fe. Porque si hay “signos”, es porque Dios aún habla.
Jesús usa el
lenguaje apocalíptico, muy utilizado en el Antiguo Testamento, lleno de
imágenes fuertes no para dar una “fecha del fin”, sino para recordarnos que la
historia no es un ciclo de destrucción sin sentido, sino un camino con
dirección, con sentido… y con una promesa final:
“Cuando vean
todas estas cosas, sabrán que el Hijo del Hombre está cerca” (Mt 24,33). Lo
cual tampoco es una mala noticia, es decir, los cristianos esperamos a Jesús
quien, finalmente, redimirá a toda la creación. Lo decimos en cada Misa: “Ven
Señor Jesús” (Ap 22,20).
Y es que Jesús
no habla del final del mundo en el sentido de miedo o escándalo, sino como un
llamado a permanecer firmes y fieles cuando llegue la tormenta pues, el Señor,
insiste: “Pero el que persevere hasta el final, ese se salvará” (Mt 24,13).
¿A qué nos
llama el final de los tiempos o los signos actuales?
El final del
mundo no implica, necesariamente, una destrucción de parte de Dios de la
humanidad y el planeta, como muchas películas muestran o nos hacen creer. No es
destrucción, es renovación, un cambio radical en el mundo, cuando el mal será
definitivamente vencido… ¡es un motivo para alegrarnos y llenarnos de
esperanza!
Para el Papa Benedicto XVI, la escatología ha de leerse
como “lámpara y espejo” —es decir, ilumina la vida cristiana y exige una
lectura que oriente la esperanza, no la histeria. Por lo tanto, para la
Iglesia, hablar del final de los tiempos es consuelo teológico, no panfleto
apocalíptico.
Los signos de
los tiempos, son, entonces, un llamado a la conversión individual y colectiva;
a vivir con mayor vigilancia, compasión y fe pues, Jesús no dice: “calculen”,
dice “velen y hagan oración”. En lugar de adivinar fechas o llenarnos de temor,
Cristo nos invita a reconocer su presencia en medio del caos del mundo. A no
desesperar. A no ceder al miedo. A ver el dolor como preámbulo de algo nuevo,
como dolores de parto, no de muerte (cf. Mt 24,8).
Mónica Alcalá
Fuente: Aleteia
