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| Dominio público |
Pero volviendo la pregunta sobre las
palabras de León XIV, creo que para entenderlas adecuadamente no podemos
separar los dos aspectos, el religioso y el geopolítico, sino que debemos
reconocer que ambos aspectos se iluminan mutuamente. Un pasaje del Evangelio
que se lee hoy en nuestras iglesias y que el Papa comentó en uno de sus
primeros encuentros, en el jubileo de las Iglesias orientales, el pasado 14 de
mayo, nos ayudará a entenderlo.
Al hablar de las Iglesias orientales
el Papa nos recuerda que son Iglesias martiriales, conocedoras del horror de la
guerra en sus propias carnes y, por lo tanto, testigos en primera línea de la
necesidad de paz. A estas Iglesias, el Papa les vuelve a dirigir el saludo de
Cristo resucitado: ¡Paz a vosotros! Pero este anuncio de una paz final y
definitiva, que solo puede ser escatológica, sonaría falso si no buscara
cumplirse para ellas en una paz actual, que frenara el uso de la violencia y de
las armas. Así, estas palabras se convierten en un llamada y un don que Cristo
mismo hace hoy a todos los hombres: «La paz os dejo, mi paz os doy. No os la
doy como la da el mundo. La paz de Cristo —comenta León XIV—, no es el
silencio sepulcral después del conflicto, no es el resultado de la opresión,
sino un don que mira a las personas y reactiva su vida. Recemos por esta paz,
que es reconciliación, perdón, valentía para pasar página y volver a comenzar».
La paz que Cristo nos ofrece es una paz que busca el corazón del hombre. No puede haber paz en el mundo mientras no haya paz en el corazón de cada uno. La guerra tiene su origen en el conflicto por apropiarnos de un espacio o por alcanzar mayores cotas de poder. Paradójicamente, el motivo de la guerra es siempre la búsqueda de la vida, de una vida mejor, de un espacio en el que vivir en paz, de unos bienes y riquezas con los que sostener y asegurar la vida de la propia familia y nación.
Cuando
esta búsqueda, que en sí misma es lícita, se topa con otro que ocupa este lugar
o posee estos bienes, se origina el conflicto. ¿Por qué no alcanzamos lo que
buscamos a través del diálogo? En el fondo, porque el hombre tiene miedo a la
muerte, que le aparece representada como fracaso, como frustración, como lo más
contradictorio con el deseo de una vida plena que anida en nuestro corazón. La
paz que Cristo nos da, precisamente por ser la paz del resucitado, del que ha
vencido a la muerte en su propia carne, es principio de paz en los conflictos.
Para que lo sea de forma duradera, hay que acoger esta paz y dejar que genere
nuevas relaciones. La reconciliación y el perdón sólo son posibles desde el don
de la paz del resucitado que nos perdona y nos reconcilia con Dios y con
nosotros mismos.
Creo que aciertan los medios de
comunicación al dar un carácter social a las palabras del resucitado que el
Papa pronunció desde el balcón de la basílica de San Pedro el día de su
elección. No hay nada que este llamado a producir un cambio social más profundo
que la acción de Jesucristo resucitado en el corazón de cada uno de nosotros.
