Si se cambian las palabras o la materia, el sacramento no existe
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| Bautismo (Nadiia Koval) |
Frente a la perpetuación de los abusos
litúrgicos, con la Nota “Gestis verbisque” el Dicasterio para la Doctrina de la
Fe reitera que las palabras y los elementos establecidos en el rito esencial de
cada sacramento no pueden ser modificados porque en tal caso el sacramento no
existe
Se titula "Gestis verbisque" la Nota del Dicasterio
para la Doctrina de la Fe publicada el sábado 3 de febrero. Un texto discutido
y aprobado por los cardenales y obispos miembros en la reciente Asamblea
Plenaria del Dicasterio y luego aprobado por el Papa Francisco, con el que se
reitera que las fórmulas y los elementos materiales establecidos en el rito
esencial del sacramento no se pueden cambiar a voluntad en nombre de la
creatividad. Haciéndolo, de hecho, el sacramento mismo no es válido, por lo
tanto no ha existido.
Presentación del cardenal Fernández
En la presentación del documento, el cardenal
Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio, explica su génesis, a saber
que "la multiplicación de situaciones en las que se había constatado la
invalidez de los sacramentos celebrados", con modificaciones que
"habían llevado después a la necesidad de localizar a las personas
implicadas para repetir el rito del bautismo o de la confirmación, y un número
significativo de fieles había expresado con razón su malestar".
Se citan como ejemplos las modificaciones en la
fórmula del bautismo, por ejemplo: "Yo te bautizo en nombre del
Creador..." y "En nombre del papá y de la mamá... nosotros te
bautizamos". Circunstancias que también han afectado a algunos sacerdotes
que "habiendo sido bautizados con fórmulas de este tipo, han descubierto
dolorosamente la invalidez de su ordenación y de los sacramentos celebrados
hasta ese momento".
El cardenal explica que "mientras en otros
ámbitos de la acción pastoral de la Iglesia hay un amplio espacio para la
creatividad", en el ámbito de la celebración de los sacramentos ésta
"se transforma más bien en una 'voluntad manipuladora'". Fernández
concluye recordando que "a los ministros se nos exige superar la tentación
de sentirnos dueños de la Iglesia" y que "los fieles tienen derecho,
a su vez, a recibirlos tal como la Iglesia lo dispone".
Prioridad a la acción de Dios
"Con eventos y palabras íntimamente
relacionados – se lee en la Nota doctrinal – Dios revela y realiza su designio
de salvación para cada hombre y mujer". Lamentablemente, "se debe
constatar que no siempre la celebración litúrgica, especialmente las de los
sacramentos, se desarrolla con plena fidelidad a los ritos prescritos por la
Iglesia".
En el documento se recuerda que "la
Iglesia, desde sus orígenes, ha cuidado especialmente las fuentes de las que
toma la linfa vital para su existencia y su testimonio: la Palabra de Dios,
atestiguada por las Sagradas Escrituras y por la Tradición, y los Sacramentos,
celebrados en la liturgia, mediante los cuales es continuamente reconducida al
misterio de la Pascua de Cristo".
Por eso, las intervenciones del Magisterio en
materia sacramental "siempre han estado motivadas por la preocupación
fundamental de la fidelidad al misterio celebrado. La Iglesia, en efecto, tiene
el deber de asegurar la prioridad de la acción de Dios y salvaguardar la unidad
del Cuerpo de Cristo en aquellas acciones que no tienen igual porque son
sagradas ‘por excelencia’ con una eficacia garantizada por la acción sacerdotal
de Cristo".
La Iglesia es también "consciente de que
administrar la gracia de Dios no significa apropiársela, sino hacerse
instrumento del Espíritu en la transmisión del don del Cristo pascual. Ella
sabe, en particular, que su potestas respecto a los sacramentos se
detiene frente a su sustancia" y que "en los gestos sacramentales
ella debe custodiar los gestos salvíficos que Jesús le ha confiado".
Materia y forma
En la Nota se explica a continuación que la
"materia del sacramento consiste en la acción humana a través de la cual
actúa Cristo. En ella hay a veces un elemento material (agua, pan, vino,
aceite), otras veces un gesto particularmente elocuente (señal de la cruz,
imposición de las manos, inmersión, infusión, consentimiento, unción)".
Una corporeidad que es "indispensable
porque enraíza el sacramento no sólo en la historia humana, sino también, más
fundamentalmente, en el orden simbólico de la Creación y lo remite al misterio
de la Encarnación del Verbo y de la Redención obrada por Él".
En cuanto a la forma del sacramento, ella
"está constituida por la palabra, que confiere un significado trascendente
a la materia, transfigurando el sentido ordinario del elemento material y el
sentido puramente humano de la acción realizada. Esa palabra se inspira
siempre, en diverso grado, en la Sagrada Escritura, hunde sus raíces en la
Tradición viva eclesial y ha sido definida con autoridad por el Magisterio de
la Iglesia". Por tanto, materia y forma "nunca han dependido ni
pueden depender de la voluntad del individuo o de la comunidad
individual".
No se puede cambiar
En el documento se reafirma que "para
todos los sacramentos, en cualquier caso, siempre se ha exigido la observancia
de la materia y de la forma para la validez de la celebración, con la
conciencia de que las modificaciones arbitrarias de una y/o de la otra – cuya
gravedad y fuerza invalidante deben comprobarse de vez en cuando – ponen en
peligro la concesión efectiva de la gracia sacramental, en evidente perjuicio
de los fieles". Lo que está escrito en los libros litúrgicos promulgados
debe ser fielmente observado sin "añadir, quitar o cambiar nada".
Porque si se cambian las palabras o la materia,
el sacramento no existe. A este respecto, en la nota 34 del documento, se hace
una distinción significativa entre licitud y validez, explicando que
"cualquier modificación a la fórmula de un sacramento es siempre un acto
gravemente ilícito", aunque se trate de algo mínimo que no altere su
significado original y no lo invalide. El cambio de los elementos esenciales
para la celebración del sacramento también introduce "la duda sobre la
real intención del ministro, anulando la validez del sacramento
celebrado".
El arte de celebrar
La liturgia permite la variedad que preserva a
la Iglesia de la "rígida uniformidad". Como se lee en la Constitución
conciliar Sacrosanctum Concilium. Pero esta variedad y creatividad, que
favorecen una mayor inteligibilidad del rito y la participación activa de los
fieles, no puede afectar a lo esencial de la celebración de los sacramentos.
"Parece cada vez más urgente – se afirma por lo tanto en la Nota – madurar
un arte de celebrar que, manteniéndose a distancia tanto de una rúbrica rígida
como de una fantasía desenfrenada, conduzca a una disciplina que hay que
respetar, precisamente para ser auténticos discípulos".
En el texto se incluye esta cita del Papa
Francisco: "No se trata de tener que seguir una etiqueta litúrgica: se
trata más bien de una ‘disciplina’ –en el sentido utilizado por Guardini – que,
si se observa con autenticidad, nos forma: son gestos y palabras que ponen
orden en nuestro mundo interior haciéndonos vivir sentimientos, actitudes,
comportamientos. No son la enunciación de un ideal al que intentamos
inspirarnos, sino que son una acción que implica al cuerpo en su totalidad, es
decir, en su ser unidad de alma y de cuerpo".
Custodiar la riqueza de los sacramentos
"Nosotros... tenemos este tesoro en vasos
de barro, para que parezca que este poder extraordinario pertenece a Dios y no
procede de nosotros" (2 Co 4, 7). En sus conclusiones, el documento
del Dicasterio para la Doctrina de la Fe cita las palabras de san Pablo, una
antítesis utilizada "para subrayar cómo la sublimidad del poder de Dios se
revela a través de la debilidad de su ministerio de anunciador, que también
describe bien lo que sucede en los sacramentos".
Toda la Iglesia está llamada a custodiar la
riqueza contenida en ellos, para que nunca se oscurezca la primacía de la
acción salvífica de Dios en la historia, ni siquiera en la frágil mediación de
signos y gestos propios de la naturaleza humana".
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