Cuando uno piensa en un ermitaño se imagina a un hombre muy mayor, harapiento, con una barba que se acerca al ombligo, muy delgado, en los huesos, y completamente solo.
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Amparo, eremita. Dominio público |
—¿Llevas aquí 29 años sola? ¿Qué has ganado con ello?
—No estoy sola. Además, mírame. ¿Me quieres?
—Mujer, te acabo de conocer.
—Bueno, pues yo ya te quiero.
Eso he ganado.
Si algo ha comprobado esta ermitaña en todos estos
años es que Dios es amor y que todo es digno de ser amado. «Te hace enamorarte
de todos. Cuando emerge Dios, todo lo miras con amor», explica en conversación
con ECCLESIA
en Madrid, donde participó el pasado mes de julio en unas jornadas sobre vida
eremítica organizadas por la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada. El
joven de la conversación no entendía esta forma de vida, pero los prejuicios se
rompen cuando entran en contacto. Como su casa es vieja y se cae a pedazos, de
esta manera lo expresa, es habitual que tengan que pasar por allí los
albañiles. «Mira a Amparo, con sus cosas de Dios y qué feliz es», dicen. O los
jóvenes que se topan con la ermita durante una ruta y exclaman: «Esta monja no
tiene televisión ni sofá y qué contenta está».
«Cuando las conoces, las entiendes, pero tienes que estar con ellas, escucharlas», afirma Isabel Górriz, delegada de Vida Consagrada de Tarragona, que acompaña a los nueve eremitas que hay en su diócesis, seis mujeres con un largo recorrido y otras dos mujeres y un hombre en proceso de discernimiento. De hecho, las primeras mujeres que abrazaron la vida anacorética en la zona fueron clave para la elaboración a nivel diocesano, ya en los años 80, de unas normas y orientaciones sobre esta vocación. Algunas de las ideas que allí mostraban aparecen en unas orientaciones publicadas en 2021 por la congregación vaticana encargada de la vida consagrada.
Esta cuestión no es baladí, pues es
importante que los candidatos sigan un proceso, hagan un discernimiento y se
pidan informes para conocer bien las motivaciones y el compromiso. También que
estén insertados en la Iglesia particular que los acompañe y tengan un
monasterio de referencia. «Si no es lo tuyo, el desierto te echa fuera»,
sentencia Amparo. Górriz se ha dedicado a ellos desde 2020 y puede decir que
esta tarea le ha traído numerosos beneficios para su vida espiritual. «Son un
testimonio de hospitalidad, pues dan todo lo que tienen, y escuchan desde la
acogida, el diálogo y el silencio», reconoce.
A Amparo le encanta vivir en la ermita y su vida
sencilla, aunque los inicios no fueron fáciles. El primer año como ermitaña fue
«muy duro», le mordía la soledad, como ella mismo reconoce. Echaba de menos a
tantas personas…
Les pidió, por favor, que no la visitaran para
adaptarse lo antes posible. Se le desmontó todo, incluso lo que creía saber de
la oración. Por sus mejillas cayeron muchas lágrimas. «Pensaba que la noche del
espíritu tenía que venir en el desierto, pero no me imaginaba que tan pronto y
con tanta densidad». Le había costado once años tomar la decisión y tras 23
como religiosa en la Congregación de San José de la Montaña. Ponía todas las
excusas posibles, se afanaba por ocupar su tiempo, pero su camino estaba
marcado. Fue al abrir el Código de Derecho Canónico y encontrarse con el canon
referido a esta forma de vida cuando ya no se resistió más. Las carencias
materiales tampoco ayudaron en los inicios, aunque la providencia siempre las
resolvió. Es algo que ha aprendido a lo largo de los años. Una bolsa de pan
cuando no tenía que comer o un sobre con dinero porque habían utilizado un
dibujo suyo en un cartel cuando estaba sin blanca.
Su vida es sencilla y, a la vez, plena. Discurre entre
la oración y el trabajo, entre las 05:30-06:00 horas, cuando se levanta y toma
el café, hasta la hora de acostarse, a las 20:30. Oración ante el sagrario,
lectio divina, lectura espiritual y trabajo. La escultura en madera y cerámica
es lo que le ha permitido «ganarse el bocadillo». En este momento ya no acepta
más encargos, tiene trabajo para dos años. «Los eremitas vivimos de nuestro
trabajo. Somos fijos continuos para trabajar, pero fijos discontinuos para
cobrar. Se pasan épocas de bastante carencia material, pero eso va en el lote
de la vida eremítica», añade. También hay ratos de dispersión y de descarga: el
descanso tras la comida, el huerto, amasar el barro, cortar la leña con la
motosierra o sacar a pasear al perrito que la acompaña antes de irse a la cama.
Desde el lecho del descanso ve el reflejo del sagrario y dice con Gloria
Fuertes siempre que amanece: «Cuando desperté, volví en ti».
Y aunque ha hecho una opción de vida solitaria, no se
esconde del mundo. Su puerta siempre está abierta y su oído atento. «Hay mucha
gente que quiere hablar con alguien que no les va a juzgar, creyentes y no
creyentes. No esperan recetas. Solo hay que escuchar. Mientras lo hago, yo le
digo a Dios, al que llama jefe, el anfitrión, que, por favor, les ayude. Cuando
terminan, se van», reconoce. Insiste en que no busca compañía, pero no rechaza
al que llama a la puerta. De hecho, es acogedora. El Evangelio es lo primero,
repite: «Mi motivación no ha sido huir de nadie».
La relación con los habitantes
de Arbolí es ejemplo de ello. Los considera su familia. «Los quiero y me siento
querida por ellos», reconoce. No es para menos, en la ermita ha pasado un
cáncer, un accidente con rotura del sacro y la muñeca y la Covid-19. Siempre ha
habido personas que la han ayudado, que se han acercado a la ermita. Nunca le
ha faltado nada. «Son mis mensajeros de Dios», concluye.
Fran Otero
Fuente: Revista ECCLESIA