“¿Por qué orar?”. “¿Para qué tanto esfuerzo si en mi vida luego experimento tantas caídas e incluso dudas de fe?”
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A esta pregunta
ha respondido un auténtico maestro de oración, el anterior abad general de la
Orden Trapense, el padre Bernardo Olivera
«¿Vale la pena tanto esfuerzo en la oración por tan poco fruto?».
El padre Bernardo Olivera nos permite responder a esta pregunta desde un punto
de vista diferente.
Nacido en 1943 en Buenos Aires, en 1962 entró en el monasterio
trapense de Nuestra Señora de los Ángeles en Azul. De 1990 a 2008 fue Abad
General de los Cistercienses de la Estricta Observancia (Trapenses). Al dejar
ese cargo volvió a su monasterio de Azul, en Argentina.
«Ora como puedas»
En su respuesta a
quien desfallece en la oración, el padre Bernardo comienza explicando que uno
de los primeros frutos de una vida orante es que se comprende el misterio de la
vida, la relación con Dios, de una nueva forma.
Por eso se pueden decir, «sin vacilación alguna», aclara el
trapense, estas afirmaciones:
- «Nuestra
falta de tiempo para la oración suele ser falta de amor: siempre hay
tiempo para lo que se ama».
- «No
poder orar y querer orar es orar: amar es querer y no tanto sentir amor».
- «Ora
como puedas, y si no puedes, ríete de ti mismo y verás que puedes».
- «En
vano habla con Dios quien no escucha al hermano».
- «Las
apariencias engañan: la presencia sentida es sólo superficial presencia,
mientras que la ausencia sufrida es honda presencia».
- «En
la vida de oración, perseverancia y éxito se identifican».
Descubrir la verdadera libertad
«Pero hay mucho más», sigue explicando el monje trapense. «Siendo
la oración un peculiar tipo de relación dialogal, hace salir de nosotros
mismos, a fin de centrarnos en el Otro. De este modo, nos
hace pasar de lo propio a lo común, de lo finito a lo ilimitado. Siendo más
concreto, la oración libera nuestra libertad de la tiranía del propio yo, y nos
regala la libertad del Espíritu».
«El orante se vuelve consciente de ser imagen de Dios en Cristo:
ya no es él quien vive, sino que Cristo vive en él. La unión y la mutua
presencia son permanentes. De aquí mana un servicio continuo, en y con Cristo,
para gloria del Padre y salvación de todos».
Hay también frutos de la oración que no son permanentes, sino
puntuales, aclara el abad, «como las consolaciones. Ellas nos sacan de nuestra
soledad para estar a solas con Dios».
Una nueva relación con los demás
Pero hay otro fruto de la oración que ha sido poco estudiado: su
capacidad para crear nuevas relaciones con los demás, pues en la oración todos
somos hijos de Dios, hermanos.
Se trata del regalo de una «consciencia integradora», sigue
explicando el padre Bernardo, «la cual acepta las diferencias, ve las
relaciones y se goza con las conveniencias, tanto a escala grupal cuanto
universal».
«Si esto lo aplicamos a la comunidad concreta en la que uno
convive, surge decir: estamos justamente quienes el Señor ha llamado y hemos
respondido a dicho llamado, gran diversidad de personas, que se complementan y
producen un ‘todo’ armónico abierto a nuevas inclusiones…».
De este modo, gracias a la oración, «todo tiene sentido y valor:
los diferentes temperamentos, capacidades y carismas. A todo lo cual podemos
hasta sumar las ‘taras personales’, las cuales también encuentran un equilibrio
maravilloso en la comunión con la ‘normalidad’ de los otros. ¿No será así como
Cristo-Dios nos ve?», se pregunta el padre Bernardo.
La verdadera diferencia de la
oración
El sacerdote concluye su reflexión sobre los frutos de la oración
citando el diálogo que tuvo lugar entre un curioso turista y un devoto anciano
judío, que pasó muchos años rezando ante el Muro de los Lamentos en la ciudad
de Jerusalén.
Pregunta del curioso: «¿cuántos años hace que viene a rezar
aquí?».
Respuesta del devoto: «cincuenta años».
Nueva pregunta: «¿y qué ha sentido y visto, siente y ve luego de
tantos años?».
Respuesta del lacónico anciano: «es como si estuviera hablando a
una pared».
Y el curioso turista se retiró sonriendo y un tanto confuso, pero
sin percibir que el parco, devoto y creyente anciano había elevado la voz
cuando dijo: «COMO SI…».
«Y en eso estaba el secreto de su perseverancia – concluye el
trapense –, había buscado y había encontrado. Yo puedo decir algo semejante,
pero no ante un muro, sino ante un pedazo de pan y una copa de vino puestos
sobre un altar».
Matilde Latorre
Fuente: Aleteia
