El cristianismo ha nacido con vocación de universalidad. Eso significa que la Iglesia es católica, abierta a todos los pueblos, lenguas y culturas.
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| Dominio público |
Sabemos que miembros importantes de la primitiva Iglesia querían
imponer a los paganos la circuncisión, dada la importancia en el judaísmo. Esta
tendencia «judaizante» buscaba un compromiso entre la tradición mosaica y la fe
en Cristo. Pedro y Pablo se enfrentaron a causa de las exigencias de los judaizantes,
que provocó incluso el concilio de Jerusalén para zanjar la cuestión.
En este domingo aparece el tema de la catolicidad de la Iglesia,
anunciada ya en el Antiguo Testamento. Isaías anuncia la llegada de todas las
naciones al monte santo de Jerusalén con ofrendas para Dios como un dato
esencial de la revelación. Israel, sin embargo, interpretó su vocación de
pueblo elegido de forma restrictiva, no porque se opusiera a la llamada de
gentiles a la fe, sino porque, para alcanzar la fe y la salvación prometidas,
había que someterse a la ley mosaica. Universalismo sí, pero por medio de la
Ley.
La iglesia primitiva, especialmente san Pablo (aunque no solo),
lanza el mensaje de la catolicidad sin depender de la ley mosaica. La polémica
entre Cristo y la Ley, que Jesús plantea de forma rotunda en el sermón del
monte, se dirime con la necesidad solo de Cristo para salvarse.
En este contexto se comprende la polémica que aparece en el Evangelio
de este domingo. Jesús es interrogado así por uno de sus oyentes: «Señor, ¿son
pocos los que salvan?» (Lc 13,23). Como en otras ocasiones, Jesús no responde a
la pregunta por improcedente, y propone el camino de la salvación: entrar por
la puerta estrecha. Esta invitación a llevar una vida moral exigente le da pie
para hacer una advertencia a sus oyentes, que, a juzgar por las palabras de
Jesús, pensaban que por pertenecer al pueblo judío tenían la salvación
asegurada. Les advierte de que pueden quedarse fuera del Reino de Dios, aunque
sean descendientes de Abrahán, Isaac y Jacob.
Y concluye con estas palabras: «Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la
mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que
serán últimos» (Lc 13,29-30). Estas palabras de
Jesús son un magnífico comentario a las de Isaías. Quienes no pertenecemos al
pueblo de Israel somos los que, desde oriente y occidente, hemos recibido la fe
y, con ella, la promesa de la salvación. Tampoco nosotros tenemos asegurada la
salvación si no entramos por la puerta estrecha del Evangelio, pero somos
ciudadanos del reino de Dios con el mismo derecho que lo fueron nuestros padres
en la fe del Israel histórico.
Ellos fueron los primeros y, por esta razón, los consideramos hermanos
mayores, pero, siendo nosotros los últimos, ostentamos la ciudadanía del Reino
de Dios que Cristo promete a quienes le siguen con fidelidad. Perder de vista
la perspectiva de la catolicidad conlleva el riesgo de convertirnos en gueto y
de exigir a los que vienen a la fe condiciones que no son las que Cristo y su
Iglesia han establecido como necesarias.
De ahí que un test para saber si realmente pertenezco a la iglesia de
Cristo es la vivencia de la catolicidad que, para ser auténtica, debe hacer
crecer en nuestro interior el celo apostólico por llevar a otros el evangelio
de Cristo y ofrecer gratis a los demás lo que hemos recibido gratis.
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
