Charco de barro
No sé ni cómo
ni cuándo sucedió, pero el otro día, cuando me quise dar cuenta, tenía todo el
suelo de mi celda con pegotes de barro por aquí y por allá… ¡y qué incómodo es
echar el pie al suelo y percibir esa sensación arenosa! Así que, nada, sacudí
bien las deportivas, pues ni siquiera me había dado cuenta de que las tenía
embarradas, barrí bien la celda, ¡y a seguir con el día! Ya las siguientes
veces me miraba muy bien las suelas antes de entrar…
Sin embargo,
por la noche, salimos a dar una vuelta y, qué “casualidad”, ¡se puso a llover
de nuevo! Y esta vez encima iba con zapatos…
Aquello me
llamó mucho la atención, porque me di cuenta de que, por más veces que se me
pegara el barro a los zapatos, no tardaba mucho tiempo en recogerlo y sacudir
bien el barro de los zapatos y de la celda.
¿Barro en los
zapatos? ¿A quién no le sucede? Es tan humano plantar el pie en un charco de
barro… y cuántos barros pisamos cada día. Sin embargo, en nuestro día a día no
solemos actuar tan rápido como lo que tardamos en sacudirnos los zapatos.
Muchas veces, cuando caemos, cuando nos sentimos débiles, es eso lo que ocupa
nuestra atención, y nos quedamos ahí un poco estancados. Como si dándole
vueltas lo pudiéramos solucionar…
Sin embargo, la
auténtica manera de sacudirnos el barrizal es acudir al Señor, y ante Él
quitarnos los zapatos. Él mismo dijo “Yo soy el camino” y nos llama a caminar
tras Él, por lo que no quiere que ningún barrizal nos paralice. Él mismo se
ocupará de devolvernos unos zapatos nuevos…
Hoy el reto del
amor es no dejar que tu debilidad te paralice. Esto es muy humano y siempre
estará ahí, pero todo depende de dónde pongas el centro de tu vida, si dejas
que esta ocupe tu tiempo y tu espacio, o si dejas que sea el Señor el que lleve
tu día.
VIVE DE CRISTO
¡Feliz día!
Fuente:
Dominicas de Lerma
