La inspiradora historia de María Teresa González Justo y su relación con el hombre que fusiló a su padre durante la guerra civil española
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Los hechos sucedieron el 25 de octubre de 1936, cuando ser cristiano en España se convirtió en algo muy peligroso. Las persecuciones religiosas provocaron la quema de iglesias y el asesinato de curas y monjas. La población civil no se libró de aquella terrible situación. Una de las víctimas fue Martiniano González, un hombre sencillo que vivía con su familia en la localidad toledana de Quintanar de la Orden.
El inicio de la Guerra Civil Española truncó la
vida de muchas personas inocentes y cambió para siempre el devenir de la
historia de España. Cuando Francisca supo que su padre había sido martirizado y
ejecutado sintió un profundo dolor en su corazón por la pérdida. La oración y
una enorme fe en Dios que su familia le había transmitido desde pequeña
salvaron su alma del rencor y la venganza. Lejos de odiar al asesino de
Martiniano, Francisca decidió perdonarlo. Cuando supo que había sido
encarcelado, no dudó en visitarlo diariamente durante muchos meses, llevándole
no solo alimentos, sino también, su más sincero perdón, un ejemplo claro de
caridad cristiana.
Cuando terminó la guerra, Francisca decidió seguir
haciendo el bien a los demás, como había hecho con los pobres de su pueblo y
con el asesino de su padre. Su opción de vida se resumía en estas palabras
escritas por ella misma: “Te entrego todo, Dios mío, y te ofrezco mi vida, gota
a gota”. Para ello, escogió la vida religiosa. En 1941 tomó los hábitos
de las Hermanas de la Consolación y asumió el nombre de María Teresa.
Desde entonces, y hasta el final de sus días, la
hermana María Teresa trabajó sin descanso en distintos asilos y sanatorios en
los que los enfermos de tuberculosis recibieron de ella una profunda entrega.
No le importó estar en contacto con una enfermedad altamente contagiosa. Cuidó
a decenas de tuberculosos, curando y consolando su dolor físico, curando y
consolando su dolor espiritual. Nada parecía frenar la férrea voluntad de esta
mujer que se enfrentó a una época, la de la posguerra, de falta de todo.
Un cáncer terminó con su vida muy pronto. Fallecía
el 12 de octubre de 1967, cuando tenía apenas cuarenta y seis años. Pocos años
después, en 1981, se inició la Causa de Beatificación y Canonización de sor
María Teresa González Justo y en 1992 el Papa Juan Pablo II reconoció sus
virtudes heroicas como venerable. Su proceso de beatificación continúa abierto.
Sandra
Ferrer
Vatican News
