Los Joudeh conservan la llave, los Nuseibeh abren el templo
El musulmán errante
Cada día que Dios, Alá o Yahvé (es -casi- lo mismo) manda a la
tierra, a las seis de la
mañana tiene lugar Jerusalén, Al-Quds o
Jerushalaym (es - casi- lo mismo) una curiosa ceremonia. Para ser exactos, delante de una de las dos puertas de la
Basílica del Santo Sepulcro.
Las llaves y los porteros
Después de que, en 1292, la última avanzadilla cruzada, San Juan de Acre,
cayese, a la cristiandad
le quedó claro que Jerusalén estaba perdida para siempre; o que que no
habría sido reconquistada en tiempos cercanos. Por esto, en el 1300, el papa Bonifacio VIII convocó el
Jubileo: las indulgencias plenarias vinculadas a la peregrinación a Jerusalén
se concederían, a partir de entonces, a todos los que visitaran las tumbas de los Apóstoles fundadores
de la Iglesia romana, Pedro y Pablo. Siguió el modelo del antiguo Jubileo
judío, que se celebraba cada cincuenta años (Jesucristo empezó su misión precisamente en uno de
ellos), para después cambiarlo a cada veinticinco porque los medievales no
vivían tanto.
Es decir, visto que el apego de los franji (los
musulmanes llamaban "francos" a todos los occidentales desde los
tiempos de Godofredo de
Bouillón) por la tumba vacía de Cristo era más fuerte que el miedo, Saladino no se sentía seguro.
Así que, a fin de ralentizar y, por ende, controlar el flujo de peregrinos,
Saladino, tras hacer la vista gorda respecto a los peregrinos cristianos (que
traían dinero), por seguridad cerró las dos puertas.
Naturalmente, como buen seguidor del Profeta, no creía que Issa
(Jesús), predecesor de Muhammad (Mahoma),
hubiera muerto realmente en la cruz. Los paganos romanos habían crucificado
solo una apariencia hecha de aire (como afirmaban también algunos pensadores
agnósticos con los que Mahoma estaba totalmente de acuerdo). Pero esto, a los
ojos de los musulmanes, no disminuía la responsabilidad de los judíos que lo
habían entregado. Por tanto, Saladino
confió las llaves de la Basílica a una familia musulmana, los Al-Ghudaya o
Houdaya o Joudeh. Y la tarea de abrir manualmente la puerta a la familia
musulmana de los Nuseibeh.
Esta responsabilidad, confiada a ambas familias, fue confirmada en
los siglos siguientes por los sucesivos dominadores de Tierra Santa, desde los sultanes turcos hasta los
israelíes del general Narkis en
1967, pasando por el general inglés Allenby, en la Primera Guerra Mundial. En 1967, los soldados
conquistadores incluso izaron la bandera con la estrella de David en la Cúpula
de la Roca, uno de los lugares más sagrados del islam, y algunos rabinos
llegaron a tocar el shofar (el cuerno de
carnero ritual) en el recinto de las mezquitas. Fue otro general, Moshe Dayan, ministro de
Defensa, el que los hizo parar y arriar la bandera. Sin embargo, al cabo de un
tiempo, las excavadoras derribaron todo un barrio musulmán para crear ese
espacio gigante delante del Muro de las Lamentaciones que existe todavía hoy.
Cada mañana, en Jerusalén
La ceremonia de la que hablábamos antes y que tiene lugar en la
Basílica es esta: por la mañana temprano, un miembro de la familia Joudeh entrega la llave de la única
puerta a un miembro de la familia Nuseibeh, y este después llama a dicha
puerta con el gran tirador. Se abre una mirilla y se asoma el sacristán de turno -que
puede ser un cristiano armenio, un griego ortodoxo o un franciscano-, y que
tras haber constatado la identidad del que llama hace pasar, a través de una
trampilla, una vieja escalera de madera. El miembro de la familia Nuseibeh
apoya la escalera en la puerta y se sube hasta llegar a los pestillos.
En realidad es justo en este momento cuando el miembro de la
familia Joudeh le tiende las llaves que tiene en custodia. Introduce la llave
en la cerradura y la gira. El miembro de la familia Nuseibeh se baja y devuelve
la escalera a través de la trampilla. Desde el interior se procede a tirar de
los picaportes y las barras, tras lo cual se abren las dos puertas. Solo entonces los monasterios armenio,
latino y ortodoxo tañen las campanas para avisar a los fieles de que
se puede acceder al santuario.
Hay un libro de Franco
Cardini y Simonetta
Della Seta, El guardián del
Santo Sepulcro, que narra toda la historia de la familia
Nuseibeh, entrelazada con la historia de la ambicionada ciudad, el Ombligo del
Mundo para los judíos, La Santa (desde la que Mahoma ascendió al cielo) para
los musulmanes, el lugar de la Pasión y Resurrección de Cristo para los
cristianos. Así, a lo largo de los siglos, el destino ha elegido a una especie
de "musulmán errante", a un Nuseibeh, al que ha confiado una tarea religiosa delicada y
difícil (las distintas confesiones cristianas que custodian el Santo
Sepulcro aún discuten sobre espacios, derechos y precedencias: por esto las llaves las tiene un
tercero, alguien que es neutral por ser musulmán).
Un miembro de la familia Nuseibeh estaba presente cuando Saladino
decapitó con sus manos al franco Renato de Antioquía e hizo masacrar a los Templarios, bien sabiendo que
estos, por sus votos, no podían rendirse ni ser rescatados: si se les perdonaba
la vida, habrían vuelto enseguida al combate y los sarracenos sabían lo temibles que eran como
guerreros gracias a su entrenamiento y disciplina.
Un miembro de la familia Nuseibeh estaba presente cuando Federico II de Suabia entró
en una Jerusalén que no había sido tomada, sino cedida por vía diplomática (el
sultán aceptó porque sabía que, dada la distancia, los cruzados no habrían
podido conservarla durante mucho tiempo). Tampoco al Suabo le caían bien los
Templarios debido a la fidelidad que estos tenían al Papa. Prefería a los
Teutónicos de Hermann von
Salza, su brazo derecho. Como es bien sabido, el güelfismo llevó a los
primeros a la destrucción y el gibelinismo condujo a los segundos al
luteranismo. Pero esto, a lo mejor, este Nuseibeh no lo supo nunca.
Artículo
tomado del portal de la Fundación Tierra Santa.
Traducción
de Elena Faccia Serrano.
Fuente: ReL
