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| Dominio público |
Todo produce
la impresión de que se trata de un plan previsto. Y así fue. A Simón le cambia
el nombre y a Natanael le revela que le conoce de tiempo atrás, cuando estaba
debajo de la higuera.
Este
movimiento hacia Cristo no ha cesado desde entonces. La fe se transmite de
persona a persona, como dice el Papa Francisco. Basta que uno se atreva a
señalar a Cristo para que provoque en alguien el deseo de conocerlo, como
ocurrió con los dos primeros discípulos, que le preguntaron: «Maestro, ¿dónde
vives?».
Para que esto
suceda, es preciso que, como en el caso del Bautista, sepa bien quién es Jesús.
Dice J. Pieper que para que haya alguien que crea tiene que haber alguien que
sepa. ¿Tenemos hoy esta clase de testigos? ¿Sabemos realmente quién es Jesús
para poder encaminar hacia él a otras personas? El conocimiento de Cristo
viene, como es obvio, de la experiencia del trato con él.
El Papa
Francisco ha insistido mucho en el acompañamiento de quienes son evangelizados.
Para ello se requiere experiencia de Cristo y de la salvación que ofrece. Exige
también formación en la fe para poder dar razón de lo que se cree. Es preciso
reconocer que andamos muy escasos de cristianos capaces de realizar esta
misión. ¿Cómo voy a entender si nadie me guía?, replica el ministro de la reina
de Etiopía a Felipe cuando éste le pregunta si entiende la Escritura santa que
iba leyendo. Fue necesario que Felipe se detuviera a explicárselo.
La evangelización tiene una dinámica muy simple: señalar a Jesús, decir quién es y acompañar a los que se adhieren a él o buscan conocerlo. Es el fuego del anuncio que prende en el corazón del hombre y necesita que alguien avive la llama. Jesús mismo utilizó esta imagen cuando presentó su misión: «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!» (Lc 12,49). Desde Pentecostés, el fuego del Espíritu no cesa de expandirse por su propio dinamismo. Pero es preciso que alguien porte la llama y comunique a otros su propia experiencia de creyente.
Aunque Dios puede obrar directamente en el corazón de los hombres el milagro de la fe, el camino ordinario es la evangelización directa y personal. Cuando Pedro y Juan son llevados al tribunal del Sanedrín y reciben la prohibición de anunciar el nombre de Jesús, responden: «Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído» (Hch 4,20). Ser testigos de lo acontecido es la base de la evangelización y la clave de la expansión del cristianismo en los primeros momentos de su historia.
Hoy, en el
tercer milenio de la Iglesia, no hallaremos mejor síntesis de la misión de los
cristianos que estas palabras de dos testigos cualificados: contar lo que hemos
visto y oído con la convicción de ser testigos de la verdad.
