![]() |
| La familia Abia, en el hospital con Pedro, que murió a los cinco años y medio |
Carlos
y Cristina han relatado su impresionante testimonio de fe ante el sufrimiento propio y de entrega y
generosidad ante el dolor ajeno a Juan Manuel Cotelo en su serie Contagiosos.
Esta
historia comienza con Pedrito, el octavo hijo de este matrimonio del Camino Neocatecumenal de la parroquia
de Santiago y San Juan Bautista de Madrid. “Cuando llegó al mundo lo hizo con
muchos problemas. Tenía
malformados los pulmones, tenía malformado el corazón, tenía también malformado
el cerebro, no tenía ojos…”, explica Cristina.
En
la sociedad de hoy, Pedro era a todas luces un bebé destinado a no nacer sino a
ser abortado. Pero fue puesto en una familia
consciente de la dignidad de toda vida humana. Les dijeron que su esperanza de
vida sería mínima, y acabó
viviendo cinco años y medio dando vida a todo aquel que conoció a este niño.
Por
ello, su madre afirma que “cada
día de vida era un regalo, y así lo vivimos”. Durante dos meses y medio
estuvieron en la UCI y otras temporadas en el hospital. En ese tiempo afirman
que pudieron comprobar que “el amor cura”.
Estos
padres decidieron apostar decididamente por su hijo y no le dejaron solo ni un
momento. Las noches las
pasaba ella en el hospital y durante el día permanecía Carlos, hasta que
les dijeron que podrían llevarlo a casa.
“Pudimos
comprobar que la mejor época de Pedro, con mucha diferencia, fue el poder estar con su familia en casa y
rodeado de los besos de todos sus hermanos, que le adoraban. Esto para
Pedro fue impresionante”, señala Cristina.
La mejor forma
de vivir fue hacerlo en familia. De hecho, Carlos asegura que “hicimos montones de cosas con él,
todas las semanas le llevábamos a natación a pesar de que tenía traqueotomía,
oxígeno, ventilación… Él disfrutaba en la piscina, le llevábamos al mar en
verano, incluso a Eurodisney”.
Un
ejército de personas, entre ellos muchísimos niños de su parroquia y de muchos
otros lugares, rezaron cada día por Pedrito y su familia. Finalmente murió
cuando tenía cinco años y medio. Sus padres reconocen que tuvo una vida feliz y
que aunque “era un niño
muy enfermo rara vez estaba triste. Casi siempre estaba contento y
riéndose”.
En
las temporadas de idas y venidas al hospital este matrimonio empezó a percibir
esta segunda vocación al ver la cantidad de niños que estaban solos. “Cuando Pedro estaba en la UCI y
sólo podía estar uno el otro aprovechaba para ir y estar con algunos de estos
otros niños”, cuenta Cristina.
Así
fue –admite- cómo “vimos
que nos había nacido la vocación de cuidar niños que tuvieran
enfermedades que les obligaban a estar hospitalizados y que estuvieran solos,
que no tuvieran el amor de sus padres”.
Al sentir esta
inquietud acabarían descubriendo la Casa Belén, el lugar donde llevan a los
niños que están más enfermos y que están bajo la tutela de la Comunidad de
Madrid. Tras hacer el curso de acogida, les entregaron su hijo Javier.
Este
niño había nacido muy prematuro, había tenido un derrame cerebral y distintas
operaciones cardiacas. Pero desde el primer día que le acogimos –reconoce
Carlos- “Javi empezó a cambiar. Acaba de cumplir cinco años y lo fundamental es que es un niño
muy feliz”.
La
familia Abia Merino no se quedó ahí sino que solicitó otra nueva acogida, una niña llamada Claudia que tenía
microcefalía. Durante semanas estuvieron con ella, aunque no vivía aún
en el domicilio familiar.
Al
poco tiempo de estar ya viviendo con ellos, Claudia enfermó y dos días después murió en su casa. “Pudimos
disfrutar de Claudia escasos tres días. Estuvo feliz con nuestros hijos y
nosotros. Y la noche que se puso tan malita lo único que pudimos hacer fue
acompañarla, tenerla en brazos, cantarle sus canciones, rezar con ella y
mimarla. Se fue tranquilamente como el angelito que era”, recuerda Carlos.
Que muriera en
su casa no les frena para el futuro. Este padre de familia numerosa asegura que “estamos abiertos a que vengan
otros. No nos da miedo la muerte. Nos da miedo el dolor que se nos
queda, especialmente el dolor que esto provoca a nuestros hijos, pero sabemos
que el sufrimiento de nuestros hijos y el nuestro es porque les hemos amado. Y
ser amado cada niño lo nota”.
Tras
su propia experiencia con Pedro, y luego como padres de acogida afirman que “es
una maravilla poder ponerte a los pies de estos niños y servirles. Son la imagen más clara de Jesús
recién nacido y de Jesús en la cruz. Son los inocentes que sin haber
hecho ningún mal están sufriendo”.
Por
ello, consideran que ponerse a sus pies es hacer como la Virgen a los pies de
la cruz, “poder aliviarles un
poco su dolor, poderle dar lo mejor para ellos, la certeza de que los
quieres, calmarles en ese momento de su muerte...”.
Cristina
explica que uno de los problemas que se dan cuando hay niños enfermos es que
hay “un nivel de angustia a su alrededor que quita la posibilidad de normalizar
la situación”. Esto les pasó a ellos mismos con Pedro los primeros días cuando pudieron
llegar a casa. No dejaban al resto de hermanos acercarse ni tocarle.
“¿Para qué le
hemos traído a casa si no va a poder estar con su familia?", se
preguntaron. Y desde ese momento dejaron a los niños estar con él y que le
tratasen como uno más. “Ellos veían a su hermano y su hermano era como era y
eso es lo mejor. Una vez una niña paró una Teresa (una de las hijas) cuando
íbamos de paseo y le preguntó sobre qué le pasaba a su hermanito. Le dijo que
tenía problemas de corazón, pulmones, que no tiene ojos… como una retahíla… Y
la otra le dijo: ‘pobrecito’ .Y le contestó Teresa: ‘¿por qué?’. Para ella su hermano era
como era. Y esa falta de angustia para los niños es maravillosa”.
“Quien
vive la enfermedad de un hijo con una angustia terrible es horroroso. No
le puedes transmitir a tu hijo más que angustia y dolor. Si eres capaz de
trascender y saber que la vida no se termina aquí, ¿qué vas a temer, que se muera? Si se muere va a un sitio mejor. Y
vas a tener un santo en el cielo que interceda por ti”, asegura el padre de
Pedro.
No
olvidan lo que un cura le dijo a él cuando en una de las ocasiones parecía que
Pedro iba a morir. Este sacerdote le dijo: “Pero Carlos, ¿de qué te preocupas? Preocúpate de tus otros
hijos que tienes que llevar al cielo, que esa es tu misión. Éste va ir, esta
misión está hecha”.
“Hoy en día toda la cultura, todo absolutamente todo, nos dice que tenemos que triunfar y que el triunfo es tener el mejor trabajo posible, con el mejor sueldo posible y que eso es triunfar. Yo estoy seguro de que el dinero te puede dar comodidades pero que no es esa comodidad ni el dinero ni ese triunfo lo que te hace sentir bien. Para mí lo que he experimentado es que lo que me hace sentir bien es sentirme útil ser útil para los demás.
Cuando veo a mis hijos que son tiernos o que son
caritativos y misericordiosos con otras personas, con otros niños, cuando veo
que son capaces de donarse, prescindiendo de padres para que podamos adoptar
otros niños sabiendo que van a sufrir cuando se mueran, que ellos tengan esa
generosidad eso a mí me hace más feliz que cualquier ascenso y que cualquier
dinero”, concluye Carlos Abia.
Javier Lozano
Fuente: ReL
