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| Zigres / Shutterstock |
Y tengo claro que
una vida plena no depende de lo exterior, de lo que todos ven. Una vida
aparentemente plena puede no serlo cuando escarbo suavemente levantando la
piel.
Y veo entonces lo
que de verdad habita en el alma, una profunda insatisfacción, un gran vacío.
No es oro todo lo que reluce. No está bien todo lo que parece estar en orden.
Tampoco está mal lo
que huele a fracaso. Es todo más complejo, más sutil o quizás más sencillo. Mi
vida puede ser infeliz cuando yo decido que así lo sea. Puede ser plena cuando
mi mirada la ve completa. Sé que todo sucede en lo más hondo de mi corazón.
El miedo desaparece cuando mi vida descansa en Dios y Él sostiene tranquilo el timón de mi bote. Es en Él en quien reposa la vida de los santos.
Lloro de compasión por el que
sufre y soy feliz en mis lágrimas. Lloro por el amor perdido, por la ausencia
de los seres amados, por el fracaso que no quería, y permanezco feliz, porque
me sostiene Dios.
Soy perseguido de
forma injusta y fracaso habiéndolo intentado, me difaman e insultan,
mancillando mi nombre, mi fama y soy feliz, porque de Dios dependo totalmente,
y no del juicio de los hombres.
Vivo en la incertidumbre de
esta vida sin controlar nada y soy feliz, porque no tengo miedo a perder nada
de lo que poseo, porque todo lo he puesto desde el comienzo en las manos de
Dios.
Y confío en su
amor que me sostiene en medio del camino lleno de amenazas. No
importa, sus manos me levantan antes de caer o después de haber caído.
En momentos tan duros como los
que hoy vivo mi felicidad no me la dan las noticias amenazantes que escucho con
pavor, ni los mejores augurios.
No descansa mi paz en lo que los hombres hacen, en las medidas que
adoptan para evitar los contagios. No soy más feliz si me desconfinan, ni me amargo al ser
confinado.
Vivo en la paz que
de Dios que me sostiene. Mi felicidad tiene que ver con mi forma de vivir en
Él, arraigado. Soy bienaventurado si confío, porque el Reino es mío, me
pertenece.
Estoy hecho para el
cielo, mientras dejo mi semilla en la tierra. Soy bienaventurado porque el amor
de Dios sostiene mis pasos y me regala el poder caminar confiado.
Nada temo porque todos mis miedos se los he entregado a Él y le he dicho que no se
aparte de mí.
Los santos no son
perfectos, no lo hacen todo bien, simplemente se han despojado de
muchas pretensiones.Y han aprendido a vivir pegados a Dios, anclados en su
pecho, en su costado abierto, en la herida de su alma.
