El
testimonio de un sacerdote: el padre Aupí acompaña a los pacientes de covid-19
con toda la proximidad y consuelo posibles
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| Obispado de Girona |
En España las cifras de fallecidos por el
coronavirus superan las 21.000 personas. La mayoría de ellas mueren en
hospitales o residencias de ancianos.
El sacerdote
Sebastià Aupí Escarrà (43 años) es rector de varias
parroquias en la diócesis de Girona, y su ocupación principal es atender
espiritualmente al Hospital Trueta Girona y al de Santa Caterina de Salt. Ahora
estos hospitales atienden a pacientes del covid-19 y las medidas de seguridad
han aumentado. Y también las necesidades de acompañamiento espiritual.
En una
conversación telefónica hemos podido escuchar su testimonio. Niega que la gente
muera sola: “No es verdad: con los pacientes que se marchan estamos
nosotros, y en esos momentos somos una presencia familiar”.
Soledad y culpa entre los pacientes
En un período crítico como el actual
“emergen dos cuestiones en los hospitales con enfermos de coronavirus: una, la
soledad, sentirse extraño y abandonado”, confirma este sacerdote.
“Y la
segunda, la culpa”. Este joven cura diocesano especializado en Pastoral
Sanitaria, formado en el Camillianum de
Roma, resalta como para él es sumamente importante “saber escuchar, no juzgar,
acoger y dar esperanza”.
“Más que el miedo o pánico, existe esta
soledad y culpa que les acecha por lo que han hecho, o no, en su vida”.
“Nosotros (todo el personal sanitario) estamos educando nuestra mirada: no podemos tocar al paciente pero estamos educando otros sentidos, y ellos saben leer todo el cariño que les transmitimos mirando desde un equipo de protección individual que es aparatoso”, nos cuenta.
Cuando nos
vestimos con estos equipos de prevención “tenemos que tener siempre en cuenta
que esta prevención nos tiene que ayudar a no olvidar que tenemos delante una
persona que necesita más que nunca nuestra mirada de confianza”.
Llamamos al
cura Aupí al caer la tarde: sigue intensamente el ritmo todos los días y por la
noche intenta reponer fuerzas.
En los
hospitales, el padre Aupí se acerca a las habitaciones con pacientes que han
solicitado su presencia. Son personas que ya los médicos o enfermeros han
detectado que necesitan este servicio pastoral de acompañamiento. No es
espontáneo, se entra con una intención terapéutica y se ha preparado anteriormente.
No todo es el coronavirus
“Desde el 11 de marzo nos hemos aislado de
todo, de nuestras familias, del mundo: estamos en una situación de emergencia,
en primera línea. Evitamos la toxicidad de algunos medios de comunicación, nos
centramos en los pacientes”, confiesa.
En su día a
día acompañan a enfermos por el COVID pero también a personas que fallecen por
otras patologías, porque siguen existiendo las otras enfermedades.
Aupí, a sus
43 años es un cura que trabaja codo a codo con el equipo de sanitarios que no
sólo se ocupan de atender a los enfermos sino que ofrecen apoyo en salud
mental, junto a psicólogos y psiquiatras. Él y otro cura tienen a su cargo dos
hospitales grandes. “Hay más demanda en estos días, y aquí estamos”, dice al
teléfono con un tono esperanzador.
“Vivimos esta
época extraña acompañando el miedo sin que este llegue al pánico en las
personas, ni mucho menos al terror”, asevera.
“Hemos
habilitado la comunicación con las familias por teléfono, no son sólo los
pacientes los que sufren, están también ellos”.
Es duro decir
a la familia que no pueden venir a despedirse de sus familiares. Les
decimos que nuestra medicina es cuidar a su familia, la gente no muere sola,
fallecen acompañados por todos nosotros.
Los que somos hijos, somos sus hijos, los
padres, sus padres, la pareja, la pareja, todos vivimos roles vitales con la
persona, no dejamos a nadie sin apoyo emocional ni compañía espiritual, es muy
importante que cale esta idea porque es la realidad que vivimos.
“Valoramos
mucho la oración, por supuesto. Mire, yo siempre digo por el hospital, mientras
comemos o estamos en un momento de conversación entre nosotros, que se nota
aquí que todo el mundo reza: algunos para bendecir al Señor, otros enfadados.
¡Pero se le dirigen, y se nota!”, asegura.
La gente es buena
El sacerdote Aupí confiesa que “a mí este
momento me enseña y descubro que la humanidad es más buena de lo que pensamos.
Todos juntos estamos haciendo renuncias a nivel individual y apuestas a nivel
comunitario. Veo el sacrificio de los compañeros sanitarios y toda la sociedad
implicada para mitigar la emergencia”.
También
admite el mal: “Sí, lo sé, también hay gente tóxica, pero te das cuenta que no
está todo tan perdido como quisieran hacernos creer. Quedémonos en la parte buena, que
emerge, que ayuda, que acompaña y consuela”.
Miriam Díez Bosch
Fuente:
Aleteia
