A
menudo olvidamos que fuimos creados para alabar a Dios y servirle, no para
poner a Dios a nuestro servicio
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| Sharomka|Shutterstock |
Rezar
no es un ocio piadoso, una meditación en busca de bienestar, o una ocupación
opcional para las vacaciones. La oración no busca en primer lugar el alivio o
el apaciguamiento.
La oración es ante todo una
virtud cardinal de la justicia. La justicia consiste en dar a cada uno lo
que le corresponde. Todo se debe a Dios.
¿Qué tenemos que no hemos
recibido de él? (1 Corintios 4:7). No podemos decir que estamos sedientos de
justicia y al mismo tiempo omitir esa primera justicia: dar gracias a nuestro
Creador.
“En
verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias
siempre y en todo lugar, Señor”, como se dice en la misa. Rezamos porque
es justo.
Alabanza, fruto del amor desinteresado
“¿Con
qué pagaré al Señor todo el bien que me hizo? Alzaré la copa de la salvación e
invocaré el nombre del Señor” (Salmo 116, 12-13). Se participa en la Eucaristía por
gratitud, porque sería sumamente injusto ignorar lo que se le debe al Señor.
Pero incluso antes
de dar gracias a Dios por sus bendiciones, debemos agradecerle por lo que es.
En el admirable himno de la
Gloria le decimos al Señor todos los domingos: “Te
damos gracias por tu inmensa gloria”. Esta es la oración de alabanza.
No nos interesa
primordialmente lo que Dios ha hecho o hará por nosotros, sino lo que es en sí
mismo: infinitamente glorioso.
La alabanza es el fruto del
amor desinteresado. Este amor que puede decir a los demás: “Te amo
no por lo que me das, sino por lo que eres”. “Te doy las gracias por existir”. Sí, es correcto amar a
Dios más que cualquier otra cosa, amarlo con todo nuestro corazón, como Jesús
nos indica.
Hemos sido creados para alabar y servir a Dios
De
este gran acto de amor gratuito, la oración, ¿no la hemos convertido en el
auxiliar de nuestras lujurias? San Ambrosio ya dijo que la mayoría de las veces
somos como un hombre de negocios que va a rezar. No
queremos rezar, queremos que nuestros pequeños negocios prosperen.
¿Qué buscamos en la oración?
¿Es, para hablar como san Francisco de Sales, “los consuelos de Dios”, o “el
Dios de los consuelos”?
¿La
oración nace de nuestra lujuria o emana de nuestra fe? “Señor, haz ahora por La
Hire lo que La Hire haría por ti si fueras La Hire y si La Hire fuera Dios”.
¿No es esta súplica de una de las compañeras de Juana de Arco a veces una
caricatura de nuestra oración?
¿Tenemos que recordar que fuimos
creados para alabar a Dios y servirle, no para poner a Dios a nuestro servicio? La salvación, como dice
santo Tomás, es lograr aquello para lo que estamos hechos.
En otras palabras, alabar a
Dios ya es entrar en la salvación. Ciertamente, “nuestras canciones no añaden
nada a su gloria”.
No es para sí mismo que Dios
quiere que lo alabemos, sino para nosotros, porque alabarlo es cumplir con
nuestra esencia, hacer aquello para lo que estamos hechos, comenzar
aquí en la tierra lo que será nuestra felicidad para la eternidad: cantar las
alabanzas del Señor.
Por el
padre Guillaume de Menthière
Fuente:
Aleteia
