¡QUEREMOS QUE CRISTO REINE!
II. El rechazo de Jesús.
III. Extender el reinado de
Cristo.
“En aquel tiempo, dijo
Jesús una parábola; el motivo era que estaba cerca de Jerusalén, y se pensaban
que el reino de Dios iba a despuntar de un momento a otro. Dijo, pues: -«Un
hombre noble se marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey, y volver
después. Llamó a diez empleados suyos y les repartió diez onzas de oro,
diciéndoles: "Negociad mientras vuelvo."
Sus conciudadanos, que lo
aborrecían, enviaron tras él una embajada para informar: "No queremos que
él sea nuestro rey." Cuando volvió con el título real, mandó llamar a los
empleados a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado
cada uno. El primero se presentó y dijo: "Señor, tu onza ha producido
diez." Él le contestó: "Muy bien, eres un empleado cumplidor; como has
sido fiel en una minucia, tendrás autoridad sobre diez ciudades." El
segundo llegó y dijo: "Tu onza, señor, ha producido cinco." A ése le
dijo también: "Pues toma tú el mando de cinco ciudades." El otro
llegó y dijo: "Señor, aquí está tu onza; la he tenido guardada en el
pañuelo; te tenía miedo, porque eres hombre exigente, que reclamas lo que no
prestas y siegas lo que no siembras." Él le contestó: "Por tu boca te
condeno, empleado holgazán. ¿Conque sabías que soy exigente, que reclamo lo que
no presto y siego lo que no siembro? Pues, ¿por qué no pusiste mi dinero en el
banco? Al volver yo, lo habría cobrado con los intereses." Entonces dijo a
los presentes: "Quitadle a éste la onza y dádsela al que tiene diez."
Le replicaron: "Señor, si ya tiene diez onzas." "Os digo: 'Al
que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.' Y
a esos enemigos míos, que no me querían por rey, traedlos acá y degolladlos en
mi presencia."» Dicho esto, echó a andar delante de ellos, subiendo hacia
Jerusalén” (Lucas 19,11-28).
I. Muchos esperaban que
Jesús instaurara un reino de carácter temporal después de vencer el poder
romano, y ellos tendrían un puesto privilegiado cuando llegara el momento. En
el Evangelio de la Misa de hoy (Lucas 19, 11-28), Jesús corrige ese error con
una parábola: Un personaje ilustre marcha a un país lejano y deja la
administración de su territorio a diez hombres, y les da diez minas, -unos 35
gramos de oro cada una-, con la orden: Negociad hasta mi vuelta.
Y
esto es lo que sigue haciendo la Iglesia desde Pentecostés, donde recibió el
inmenso Don del Espíritu Santo y, con Él, enviado por Cristo, la infalible
palabra de Dios, la fuerza de los sacramentos, las indulgencias… Nos toca a
cada cristiano hacer rendir el tesoro de gracias que el Señor deposita en
nuestras manos: procurar con empeño que Él esté en todas las realidades
humanas. Sólo en Él encuentra sentido nuestro quehacer aquí en la tierra.
La
Iglesia entera, y cada cristiano, es depositaria del tesoro de Cristo: crece la
santidad de Dios en el mundo cuando cada uno luchamos por ser fieles a nuestros
deberes, a los compromisos que, como ciudadanos, como cristianos, hemos
contraído.
II. Jesús veía en los ojos
de muchos fariseos un odio creciente y el rechazo mas completo. Que duro debió
ser para el Maestro aquel rechazo tan frontal, que alcanzará u punto culminante
en la Pasión, poco tiempo mas tarde! En la actualidad sucede lo mismo. En la
literatura, en el arte, en la ciencia…, en las familias…, parece oírse el
griterío: No queremos que éste reine sobre nosotros!
En
el mundo hay millones de hombres que se encaran con Jesucristo o, mejor dicho,
con Su sombra, porque no lo conocen, ni han visto la belleza de su rostro, ni
saben la maravilla de su doctrina. Nosotros serviremos a Nuestro Señor como a nuestro
Rey, como el Salvador de la Humanidad entera y de cada uno de nosotros.
Serviam! Te serviré, Señor!, le decimos en la intimidad de nuestro corazón.
III. Al cabo de un tiempo
volvió aquel personaje ilustre: entonces recompensó espléndidamente a aquellos
siervos que se afanaron por hacer rendir lo que recibieron, y castigó duramente
a quienes en su ausencia lo rechazaron, y al administrador que malgastó el
tiempo y no hizo rendir la mina que había recibido. “Nunca os pesará haberle
amado” solía repetir San Agustín (Sermón 51,2). El Señor es buen pagador ya en
esta vida cuando somos fieles.
Que
será en el Cielo! Ahora nos toca extender este reino de Cristo en el medio en
el que nos movemos, especialmente con aquellos que tenemos encomendados. Ahora
nos preparamos para la solemnidad de Cristo Rey repitiendo : Regnare Christum
volumus.!, queremos que reine Cristo! Y nos encomendamos a Su Madre Santísima,
que es también Madre nuestra.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org