Recién ordenado como
diácono permanente, el «principal campo de pastoral ahora mismo» de Alberto
Villalba es la empresa de electrónica donde trabaja como técnico electricista
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Ceremonia de la ordenación diaconal de Alberto
Villalba,
en la
catedral de Valencia, el pasado 19 de enero. Foto: J Peiró/AVAN
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Hoy preside bautizos,
entierros, predica con el alba y la estola cruzada y se define entre risas como
«la oveja negra» de una familia de creyentes no practicantes, pero hace años la
Primera Comunión de Alberto Villalba (Barcelona, 1966) fue la primera y la
última en mucho, mucho tiempo. Un parón en su vida de fe que anticipa el parón
al que se tuvo que enfrentar, posteriormente, en su proceso vocacional.
«Desde
que inicié oficialmente en Valencia el proceso para ser diácono permanente
hasta que pude ser ordenado pasaron cerca de 14 años. Sentí la llamada y
comencé a formarme, pero desde la diócesis se decidió paralizar todo y no nos
volvieron a llamar hasta una década después», explica Villalba, que está casado
y tiene dos hijos.
Este electricista en
ejercicio, aunque trabajador de la madera durante muchos años –«hacía muebles
en una fábrica»–, finalmente fue ordenado el 19 de enero, junto a otros ocho
seglares valencianos todos casados, en una ceremonia presidida por el arzobispo
de Valencia y celebrada en la catedral de la capital del Turia. «Fue el cuarto
día más feliz de mi vida después del día de mi matrimonio, del nacimiento de
mis hijos y el de la admisión al diaconado». Entonces, el cardenal Antonio
Cañizares explicó que «estamos en un tiempo favorable y oportuno para reanudar
estas ordenaciones».
El diaconado permanente «es una conveniencia grande y un
bien para la diócesis, no es una mera asistencia a sacerdotes». Son ministros
ordenados «para ser, con el auxilio de la gracia, transparencia del rostro
misericordioso de Jesús, el único que salva. Tendrán que reflejar los mismos
sentimientos de Jesús dando siempre testimonio de una inmensa y sincera caridad
pastoral».
Estas palabras del
arzobispo se hacen realidad en la vida de Alberto Villalba cuando está con su
familia, en la parroquia, pero también cuando se encuentra en su puesto de
trabajo, donde «las faenas más pesadas, las más ingratas, las mas duras las
suelo coger yo. Por ejemplo, me encargo de los cables más gruesos, que son los
más difíciles de manejar y cuando algún compañero me pregunta por qué hago
estas cosas, le contesto: “Porque, si las hago yo, no las haces tú”». Así, la
forma de trabajar del diácono permanente, junto con los momentos que saca en
los descansos para rezar laudes, vísperas o completas, han conseguido despertar
la curiosidad de sus compañeros. «Muchas veces me hacen una pregunta o me piden
consejo y, a partir de ahí, hago la catequesis. Les hablo del servicio, del
saber perdonar, de la paciencia... Es mi principal campo de pastoral ahora
mismo», asegura.
El puente hacia la fe
Pero a esta historia
todavía le falta el conector, el puente por el que transitó de una vida de
pasotismo espiritual a pedir la admisión al diaconado permanente. El Señor se
sirvió del Movimiento Diocesano Juniors. «Lo conocí cuando mi familia se
trasladó desde Barcelona hasta Valencia. Vivíamos en un barrio en el que muchos
de los chavales participaban del movimiento. Me invitaron» y así Villalba dio
su primer paso de vuelta a casa.
Una vez dentro, al joven
Alberto le marcaron especialmente los educadores y las religiosas, hijas de la
Caridad, vinculadas a la parroquia. «Veía cómo trabajaban con los más pobres,
con los más desheredados o cómo gastaban su tiempo atendiendo a los chicos. Eso
me hizo entender que había algo más y, poco a poco, fui conociendo que el
Evangelio es servicio. Eso me marcó muchísimo».
Así, fue entrando en la
parroquia, implicándose y creciendo dentro del movimiento. «Pasé por todas las
etapas y llegué a ser educador, jefe de centro e incluso me involucré en el
movimiento a nivel diocesano». En todo este proceso, además, conoció a su
mujer, con la que «compartí equipo como educador. Unos años después nos
casamos».
La vocación al diaconado
permanente surgió de casualidad en el año 2.000 mientras el técnico
electricista leía el periódico diocesano Paraula. «Las hermanas me
lo pasaban después de que ellas lo hubieran leído. En uno de esos periódicos
atrasados leí que un grupo de jóvenes casados se estaban preparando para el
diaconado permanente. En ese momento me saltó la chispa de la vocación». Lo que
vino después –el parón– ya es conocido, «pero yo no pude, ni quise, adormilar
algo que el Señor había sembrado en mi corazón, y durante todos esos años
estuve formándome por mi cuenta», concluye Villalba.
José Calderero de Aldecoa
Fuente: Alfa y Omega