Jesús elogia a la que echa las dos monedillas en el cepillo del templo porque ha echado todo lo que tenía para vivir
En tiempos de Jesús existía en el templo de Jerusalén el
gazofilacio del templo, con tres buzones en forma de trompeta invertida,
colocado en el muro del atrio de las mujeres donde se echaban las limosnas para
el culto. El evangelio de hoy cuenta que Jesús estaba sentado frente a este
lugar y observaba lo que hacia la gente.
Dice san Marcos que «muchos
ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas. Llamando
a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en
el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de los que
les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para
vivir» (Mc 12, 42-44).
Esta conmovedora escena es algo más que un relato
edificante. Manifiesta el corazón del verdadero sentido del culto a Dios. Es
sabido que las viudas en Israel estaban condenadas a la marginación y a la
pobreza, vivían únicamente de lo que les dejaba su marido. Por eso, en la Iglesia
de Jerusalén, surgió una disputa porque algunos grupos de viudas eran
desatendidas. Y en la carta de Santiago se dice: «La religiosidad auténtica e
intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: atender a huérfanos y viudas en su
aflicción» (Sant 1,27).
Se explica así que en la liturgia
de este domingo se recoja también el caso de la viuda de Sarepta, en la región
pagana de Sidón, que se dispone, con el poco aceite y harina que tenía, a cocer
un panecillo para comer ella y su hijo, y después esperar la muerte. El profeta
Elías le pide que se lo dé a él y le promete que nunca le faltará aceite y
harina. Así sucedió: ni la orza de harina se vació ni la alcuza de aceite se
agotó.
Las dos viudas se encuentran
en extrema necesidad. Jesús elogia a la que echa las dos monedillas en el cepillo
del templo porque ha echado todo lo que tenía para vivir. Sólo queda pendiente
de la providencia divina. Y Jesús contrapone la magnanimidad de esta pobre
viuda a las grandes limosnas de los ricos, aclarando que echaban de lo que les
sobraba. Frente a quien sólo se apoya en la muerte, las riquezas de quienes
viven en abundancia no llegan al valor de las dos monedas. Mientras la viuda da
todo lo que tiene para vivir, los ricos se desprenden —aunque sea mucho, como
subraya el texto— de lo que les sobra.
Decía que esta escena no
puede reducirse a un relato edificante. Refleja el corazón del evangelio: amar
a Dios con todo nuestro ser, amarlo con la radicalidad de la entrega total, sin
reservarnos nada. Este amor supone un total abandono en la confianza de que
Dios vela por sus hijos. La viuda de Sarepta recogió el fruto de su limosna al
borde de la muerte. Me complace imaginar que también la del templo de Jerusalén
encontró su recompensa. Y me atrevo a sugerir una hipótesis, sin pretender
completar el relato evangélico.
Como Jesús tenía una bolsa
de dinero para atender a los pobres —cosa que sabemos por el evangelio—, es
legítimo pensar que bien por sí mismo o por el limosnero, que era Judas
Iscariote, haría llegar a la viuda alguna limosna muy superior a la que ella
había echado en el cepillo. No me imagino a Cristo dejándola partir sin
subsistencia. La miraría con una compasión propia de Dios y le haría sentir, en
caso de que fuera el mismo el dador de la limosna, que Dios le devolvía con
creces lo único que tenía para vivir.
En los ojos de aquella mujer brillaría la
alegría sorprendente de saber que su vida valía mucha más que dos céntimos,
muchísimo más que las riquezas de quienes daban de lo sobrante. No hay que
olvidar que Jesús preguntó en cierta ocasión: ¿No se venden dos gorriones por
un céntimo? Y nos dejó la respuesta: «No
tengáis miedo, valéis más vosotros que muchos gorriones» (Mt 10,31).
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia
