«Repíteme la dirección de tu iglesia porque quiero verte
allí sin mi uniforme naranja de preso»
![]() |
Grevil Antonio, en el
centro, con su mujer y su niña,
y el misionero José
Luis Garayoa a la derecha. Foto: José Luis Garayoa
|
Grevil
Antonio, preso en el Processing Center, siempre acude al cuarto de entrevistas
para verse con el agustino recoleto José Luis Garayoa. Una vez libre, y
desasido del uniforme naranja, Grevil acude a visitar al misionero en su
parroquia el domingo.
«Que no hagan callo las
cosas ni en el alma ni en el cuerpo», recomendaba León Felipe en su poema Romero,
solo Romero. Recuerdo los tiempos en los que, aprendiendo a tocar la
bandurria, dolían tanto las yemas de los dedos que uno dejaba de apretar las
cuerdas de acero. «Sigue hasta que haga callo –oías al profesor–; entonces
perderás sensibilidad y ya no te dolerá».
Uno quisiera que, en el
alma, como en los dedos, el callo te hiciese perder sensibilidad. Pero no es
así. Cada historia que compartes te deja el alma en carne viva. Y, dan ganas,
como insiste el poeta, de «pasar ligero, siempre ligero…».
Hoy me toca subir al
Processing Center de la calle Montana a confesar. Digo confesar, aunque la
verdad es que lo que buscan los detenidos es tener alguien con quien charlar un
rato y desahogar sus penas. Si son varios no puedo extenderme mucho, porque
solo me permiten usar el cuarto de entrevistas de 13:00 a 15:00 horas, aunque
los de Seguridad son buena gente y me conocen desde hace tiempo y, si me
extiendo un rato, hacen la vista gorda. Grevil Antonio nunca falta a la cita.
Le gusta platicar y disfruta de la conversación. Yo también.
Le digo que casi no nos queda tiempo y se ríe: «Solo quería darte un abrazo y
una buena noticia».
– «¿Qué
pasa?», le pregunto intrigado.
– «Salgo mañana y me dejan
quedarme con mi niña y con mi esposa. Sabes que las historias que contamos ante
un juez las dictaminan creíbles o no creíbles. Mi historia, que tú conoces muy
bien, la sienten creíble».
Se nos humedecen los ojos a
los dos. Todos y cada uno de los detenidos sueñan con que el juez les permita
intentar vivir su sueño. He oído tantas veces: «Gracias por todo padrecito, me
deportan el próximo martes…» que, cuando sucede el milagro, la alegría te
paraliza y no sabes qué decir. Solo lloras y sonríes.
– «Repíteme la dirección de
tu iglesia para memorizarla –me pide Grevil–, porque quiero verte allí sin mi
uniforme naranja».
Los detenidos son
acomodados en barracas vistiendo diferentes colores de uniforme. El azul lo
visten los que son considerados de baja peligrosidad. El color naranja indica
que has cometido una felonía no muy grave. Intentar ingresar en el país para
pedir asilo político por el desierto y no entregándose en la frontera se
considera felonía. Los del uniforme rojo son los que consideran más peligrosos.
El sábado a mediodía suena
mi teléfono móvil. Es Grevil, está libre y quiere que le dé el horario de Misas
del domingo para venir a dar su testimonio a mi gente. Quedamos en la Misa de
12:00 horas y le pido permiso para contaros su historia. Acepta con la
condición de que el nombre del protagonista sea el nombre de su hermano, al que
tirotearon y mataron en su país hace nueve meses.
La muerte de su hermano y
la insistencia de su padre enfermo convencieron a Grevil de buscar nuevos
horizontes. Dejo que sea él quien os lo cuente: «Estuve escondido en un
pueblecito de Guatemala durante días. Allí me contactó el coyote que, por 4.000
dólares, se comprometió a llevarme hasta la frontera de Ciudad Juárez con EE.
UU.. Nos dieron una clave: «Azael». Si algún policía nos paraba, con solo
decirla nos dejarían en paz. Fueron 27 días durmiendo en camiones y taxis. Escondido
sin saber de mi familia».
Le pregunto si decir la
clave no compromete a nadie. Me contesta que la cambian cada día, que no hay
problema. Le pido que siga.
«En Ciudad Juárez nos
contactaron con otro coyote que, por 600 dólares, nos iba a adentrar a Sierra
Blanca. Después de dormir tres días en una nave nos cruzaron. Cuatro días en el
desierto derrotan a cualquiera. Un compañero se sentó en una piedra sin poder
dar un paso. Los demás, seguimos hasta que el servicio de inmigración nos rodeó
y nos detuvo. De allí al Processing Center. Las noches se me hacían
interminables pensando en mi esposa y en mi niña.
También en mi padre
enfermo, ajeno a mi mala suerte. Lo demás lo hemos platicado muchas veces. Cómo
un día, por casualidad, me encontré un papelito tirado en el suelo explicando
el rezo del rosario. Sabes que me abracé a él como a un salvavidas, y que
invitaba a rezarlo todos juntos en la barraca. Cómo el rezar fue calmando mi
angustia y llenando de Dios mi soledad. Y cómo, de la nada, resurgió la esperanza».
Le digo que el próximo
viernes lo voy a extrañar, que él estará en Carolina del Norte y yo de vuelta
en el Processing Center para celebrar la Eucaristía.
– «¿Qué les digo, qué hago,
Grevil Antonio?».
– «Haz lo que haces
siempre: danos esperanza».
Y nos damos un abrazo
interminable. Suspiro profundo tocando el muro con la yema de los dedos al
volver a casa. La vida sigue, pero hoy la vida me sonrió y duermo rezando
agradecido.
José Luis Garayoa
Agustino recoleto. Misionero en Texas (EE. UU.)
Agustino recoleto. Misionero en Texas (EE. UU.)
Fuente: Alfa y Omega
