3. El anuncio del Reino invitando a la conversión
Rey sólo Tú, infinito en
riquezas
El imperio que ejerces
es libre
Indigente sin Ti en mis
simplezas,
No las quiero y por eso
deseo
Ocultarme y que Tú
siempre venzas.
En los diferentes himnos
cristológicos que encontramos en el Nuevo Testamento (cfr. Jn 1, 1-18, Flp 2,
6-11, Col 1, 15-20, Ef 1, 3-14) se insiste en la supremacía de Cristo sobre la
creación. Rey sólo Tú, infinito en riquezas.
No es que Él sea la primera criatura,
como dice la herejía arriana, sino que siendo Dios, trascendente, creador,
previo a todo tiempo, Él es donde la creación entera encuentra su lugar, su
verdad, su sentido: todo fue creado por medio de Él y con vistas a Él. Todo
está sometido a su imperio.
Para Dios la creación no es algo grande o pequeño:
Él es tan poderoso que está totalmente alejado, es trascendente, la creación no
es parte de Él ni le aumenta ni disminuye nada... pero a la vez Dios abarca de
tal forma la creación que no existe la mota de polvo que escape de su presencia
y cuidado, no hay persona cuya interioridad escape a la mirada divina.
Pero esa atención
continua de Dios a cada criatura nos puede llevar al error de pensarlo como un
intruso en nuestros proyectos personales. Dios no es simplemente otro, no es
uno que conoce todas las cosas y que me ve y compite para someter mi voluntad
a la suya... Dios está más involucrado en mis proyectos de crecimiento personal
de lo que yo me imagino. Él es el Creador y toda criatura es querida por Él y
es llevada por Él hacia su perfección. Cuando quiero bien, Dios quiere junto
conmigo, cuando quiero mal, se produce un vacío.
Ese imperio de Dios
ejerce sobre lo creado es ejercido de acuerdo a la perfección de cada ser: en
el mundo irracional ese imperio es necesario y exacto. En el mundo racional el
imperio que Dios quiere ejercer es libre: no quiere esclavos, quiere hijos. En
el caso del hombre Dios quiere que su voluntad, que es salvación, pase por
nuestra inteligencia y nuestra voluntad: “la salvación que ofrece debe pasar
por el corazón del hombre” (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 36). El
imperio que ejerces es libre. Y ahí está la perfección y la plenitud del
hombre.
Por eso si alguno no
quiere, no es obligado, el reino de Dios llega al ser libre como invitación y
si acaso es rechazada Dios sigue reinando porque en su designio está respetar la
decisión de su criatura: Él quiere respetarla, y la respeta aunque eso acarree
mucho sufrimiento. Cuando el hombre no elige a Dios, elige a otra cosa como su
dios, se empobrece indeciblemente: indigente sin Ti en mis simplezas.
Qué gran vértigo el
saber que me puedo condenar… pero si no lo quiero y pongo los medios para
evitarlo no sucederá, ya que Tú, Señor, tampoco lo quieres. Por lo tanto
rechazo todo lo que me aparte de Ti, Dios mío, mis simplezas, no las quiero y
por eso deseo ocultarme y que Tú siempre venzas.
Con permiso del autor: Juan Pablo Lira
Fuente: 20 palabras para meditar los misterios del Rosario
