La Iglesia es la que hace posible que Cristo sea todo en todas las cosas, sencillamente porque es su cuerpo
En
la Ascensión de Jesús a los cielos coincide la partida hacia su Padre
y el comienzo de la Iglesia. Ambos aspectos son inseparables. Jesús
deja de ser visible para los suyos y la Iglesia inicia su misión en el
mundo.
Dejar de ser visible no quiere decir que Jesús se convierta en
un ser pasivo o mero espectador de lo que sucede en su Iglesia. Al final
de su evangelio, Marcos dice que Jesús, sentado a la derecha del Padre,
cooperaba con los apóstoles y confirmaba con señales su acción. Cristo
sigue siendo el Señor de la historia y Cabeza de su Iglesia. Nadie puede
ocupar su puesto, pues permanece vivo para siempre.
Momentos
antes de ascender a los cielos, Jesús anuncia a los apóstoles que serán
bautizados con el Espíritu y éstos le hacen una pregunta muy significativa:
«¿Es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?». No han comprendido
nada: siguen mirando la misión de Cristo desde una perspectiva política
en la que el Reino que Jesús anuncia y establece es un reino temporal,
donde los apóstoles, como sabemos por el episodio de los hijos del Zebedeo,
solicitan ocupar los primeros puestos.
No entienden que Jesús trae un
Reino de un orden diferente y de dimensiones trascendentes. Su subida
al Padre para sentarse a su derecha como Señor manifiesta que su «autoridad»
sobre la Iglesia y el mundo sólo puede entenderse en el orden del Espíritu.
De otro modo, Jesús habría establecido la paz y la justicia entre
las naciones de modo definitivo. Sabemos que no es así.
La
tentación de la Iglesia de todos los tiempos es olvidarse de que Cristo
sigue siendo su Señor y el que dirige su destino bajo la acción del Espíritu
Santo. El Papa Francisco nos ha advertido del peligro de «mundanizar»
la Iglesia, que empieza por creernos nosotros los protagonistas indispensables
de su crecimiento. Podemos caer en este peligro de forma grosera o sutil.
Podemos groseramente tomar la espada para organizar revoluciones
y reformas políticas; o podemos sutilmente aprovecharnos del poder
espiritual para lograr éxitos o conquistas puramente temporales.
En ambos casos, pretendemos llevar nosotros las riendas de la Iglesia
buscando la «soberanía» temporal sobre los hombres, del mismo modo
que los apóstoles soñaban con la restauración del Reino de Israel.
La
Ascensión de Cristo al Padre no es sólo el triunfo de Cristo, que consuma
su obra en este mundo. En la carta a los Efesios, san Pablo desarrolla una
imagen muy atrevida, utilizada en la historia del pensamiento cristiano,
según la cual, el Padre, al resucitar a su Hijo y sentarlo a su derecha,
lo ha puesto por encima de todo lo que existe en este mundo y en el venidero,
y lo ha sometido todo bajo sus pies, constituyéndolo cabeza de la
Iglesia que es «la plenitud de quien lo llena todo en todos». Es imposible
definir mejor la relación de Cristo con su cuerpo, que es la Iglesia.
La
Iglesia es la que hace posible que Cristo sea todo en todas las cosas,
sencillamente porque es su cuerpo. Lo cual quiere decir que la Ascensión
no separa ni aleja a Cristo de su Iglesia; todo lo contrario: le une de
una forma real y misteriosa a la vez, de manera que le permite —valga
la expresión— seguir actuando en el mundo de manera que todo sea conducido,
recapitulado en él.
La única condición es que la Iglesia no se separe
jamás de Cristo, porque sin él es imposible dar fruto, como dice el evangelio
de Juan. La Iglesia, por tanto, tiene que renunciar a todo poder que no
sea la autoridad de Cristo y evitar sobre todo la sutil tentación que
pretende manipular la autoridad de Cristo para conseguir éxitos mundanos.
Es vieja la simonía, y los pecados capitales se dan en la carne y
en el espíritu.
+ César Franco
Obispo de Segovia
