En la oración
Hola,
buenos días, hoy Matilde nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.
Todas
las tardes, después de cantar las Vísperas, la Comunidad goza de una hora de
oración personal todas juntas en la capilla. Es un momento privilegiado al día,
que nos permite disfrutar de un gran silencio... para así poder escuchar al
Señor.
El
silencio exterior nos lo da la Comunidad, pero el interior hemos de buscarlo
cada una en su corazón, acallando y dejando aparcadas inquietudes,
preocupaciones, recuerdos e imaginaciones. Pero todo hemos de hacerlo con gran
suavidad, porque se consigue más con la dulzura, hasta para consigo mismo, que
con los puños y los esfuerzos desacompasados.
Nuestro
interior se parece mucho a un niño caprichoso, que va de acá para allá, sin
querer “hacer asiento” en una sola cosa. Por ello, la dulzura y la paciencia,
con perseverancia, es receta infalible…
Cuando
todas las fuerzas internas se han acallado y puesto en su sitio, estoy en
condiciones de recibir la Palabra de Dios que desea hablarme al corazón. No es
lo primero el diálogo con Dios, sino la escucha atenta: “Habla, Señor, que tú
siervo escucha…”
Yo
leo con atención un Evangelio. Lo leo despacio, dejando que resuene en mi
interior, como un eco en las montañas… y entonces, en el tiempo del Señor,
comienzan a formarse ideas de esta Palabra, sin que previamente haya precedido
reflexión alguna.
Mis
ideas no son importantes, lo que importa es lo que me suena en lo más profundo
y me sorprende, me dice en un momento dado: ¡qué bello es este Evangelio!
Y
una palabra o una frase me trae y me sugiere algo que me obliga a fijarlo y
escribir. Y a partir de aquí, es como si una mano poderosa me guiara
diciéndome: “Camina por aquí”. Y una palabra surge detrás de otra, y fijo en un
papel una corta reflexión… Así han salido, y siguen saliendo, los comentarios
del “Rincón para Orar” de nuestra página web.
En
este tiempo de Adviento-Navidad, los Evangelios son tan sugerentes, que me
hundo en el misterio de la Encarnación, y los rodeo, y doy vueltas concéntricas
al anuncio del ángel a María, o a José, o el nacimiento de Jesús, o la
adoración de los pastores... como si yo hubiera estado presente en todos estos
acontecimientos; y me doy cuenta de que, de tanto “manosearlos”, se me impregna
el alma del “buen olor de Cristo”.
No
puedo dejar de ver que tengo un “poso evangélico” que me acompaña todo el día.
Pondré un ejemplo un poco burdo, pero muy expresivo: es como una vaquera, que,
a fuerza de estar con sus vacas, toda su piel se impregna de olor a vacas. Y,
por más que se lave, siempre huele a sus vacas. Pues a mí me sucede lo mismo.
Pero, como esto es un don de Dios, lo llevo con cuidado, y le pido ser fiel a
este regalo…
Hoy
el reto del amor es que leas un Evangelio de estos días de Navidad y que
escuches en él a Jesús. Siéntate en silencio y lee, dejando que el Señor hable
a tu corazón. La Palabra es viva y eficaz... ¡y quedarás empapado de estos
misterios!
VIVE
DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
