No va en función de la
dignidad de la persona sino del ministerio que ésta ejerce en la Iglesia
Litúrgicamente
hablando la sede, junto el ambón y al altar, es uno de los elementos que hacen
parte del presbiterio de una iglesia.
La
sede, también denominada más específicamente como sede presidencial y cuánto
más la cátedra del Obispo, es un lugar más que simbólico; es el signo del mismo
Cristo –cabeza, maestro y pastor- que preside, el signo de Cristo cabeza de su
Iglesia.
La
sede es el ícono visible de Cristo Rey, de Cristo Maestro y Señor de todo,
quien, desde ella, enseña con palabras verdaderas a su Iglesia y se visibiliza
por medio del ministro ordenado.
La
consideración de Cristo Maestro y Rey, sentado, se plasmó muy pronto en una
sede para quien debía hacer el oficio sacerdotal en la liturgia, principalmente
el Obispo. Ver al Obispo en la sede –cátedra– era contemplar a Cristo mismo
presidiendo y enseñando a su Iglesia.
Es
por esto que la Iglesia siempre ha valorado y venerado la sede. Prueba de esto
son las antiguas basílicas en las que descubrimos el lugar de la sede (en el
ábside) de manera sobresaliente.
Una
de las representaciones más antiguas de Cristo, junto a la del Buen Pastor, es
la de Cristo sentado enseñando como verdadero y único Maestro y Doctor. Un
ejemplo de esto es el mosaico del ábside de la basílica de Santa Pudenciana de
Roma.
La
sede por tanto no va en función de la dignidad de la persona sino del
ministerio que ésta ejerce en la Iglesia, por esto la sede es única. La Sede
tiene una función que va más allá de una simple funcionalidad (de dar asiento
al presidente de la asamblea litúrgica).
En
la misma sede es donde el sacerdote- ¡y por supuesto el Obispo en su cátedra! -
realiza varios ritos y, por supuesto, predica. Pero, según la liturgia, el
Obispo debe predicar sentado en la sede o cátedra y el sacerdote predicará
desde el ambón o, más apropiadamente, desde la sede pero de pie (IGMR 136).
Henry Vargas Holguín
Fuente:
Aleteia
