No
estoy hecho para despedir a nadie, estoy hecho para un amor que dure siempre
Jesús
asciende ante los suyos y brota la tristeza cuando se quedan mirando al cielo.
“Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista.
Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres
vestidos de blanco, que les dijeron: -Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados
mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá
como le habéis visto marcharse”, relataba el Evangelio de este domingo.
El
corazón se llena de pena con la ausencia de Jesús. Nada consuela la ausencia de
la persona amada. Es así. Imagino lo que sentirían ese día sus amigos, aquellos
que lo habían querido tanto y habían dejado todo por seguir sus pasos.
Habían
compartido con Jesús esos días antes de su ascensión. Habían tocado su cuerpo
glorioso. Ya la muerte había sido vencida. No tenían miedo porque Jesús tenía
poder sobre la muerte. Y ahora, otra vez, Jesús se vuelve a ir.
La
primera partida había sido muy dura. No habían soportado el dolor de su muerte.
Pero ahora, la segunda partida, era demasiado. ¡Cuánta tristeza! ¿Qué
harían ahora si se quedan solos? Volverían al cenáculo. Volverían a esconderse. Volverían
a tener miedo.
Jesús
se va y su corazón llora. Es tan humano llorar… No estoy hecho para
despedir a nadie. Estoy hecho para un amor que dure siempre. Cuesta amar,
porque uno sufre más. Pero es verdad que me empobrezco cuando no amo por no
miedo a sufrir. Eso me seca por dentro.
Es
verdad que si no amo vivo sin miedo a la muerte. Pero no vivo con raíces,
camino por encima de la tierra. Vivo sin un hogar. Y no estoy enamorado de
la vida. Vivo tan desapegado que es fácil imaginar la partida. Pero eso no lo
es lo que yo quiero.
Los
discípulos están tristes porque aman con locura a Jesús. Porque no pueden vivir
sin Él. Y no entienden su camino sin sus huellas. Y Jesús también está triste
ese día porque deja a los suyos a los que ama. Le conmueve su dolor. Y
teme por sus vidas. La separación siempre duele.
A
veces ante la muerte busco bonitas frases que den sentido al sinsentido. Que me
expliquen la vida como es. Que me sostengan en medio de mi dolor. Trato de
endulzar la amargura del que ama y ha perdido.
Le
digo que el cielo está cerca. Y le cuento que el que se ha ido está mejor que
nosotros y nos espera. Y nos acompaña ahora que está ausente. Y hablo con
pasión de un cielo en plenitud en el que nos encontraremos de nuevo todos. Un
cielo que para mí puede esperar. No lo quiero todavía.
Y
hablo de mi vida como un paso necesariamente corto, demasiado humano. Demasiado
frágil. Demasiado tangible. Y acabo dando tanto valor a lo eterno que lo de la
tierra no cuenta demasiado. Pero no puedo engañarme ni engañar a otros. Amo. Me
ato, me vinculo. Echo raíces y me duele en lo más hondo la separación de
quienes amo.
La
tristeza forma parte de mi vida. Aunque hoy me quieran hacer ver lo
contrario: “La tristeza es una emoción prohibida en nuestra época, ya que en la
cultura del placer solo caben la alegría y el disfrute”. Es como si no
pudiera estar triste. Y no me permito este estado que está tan justificado.
Es
verdad que no me ayuda estar triste sin tener un motivo para ello. Esa tristeza
me desanima y empobrece. La tristeza sin causa es caldo de cultivo para la
desidia, la pereza, el desánimo. Pierdo las ganas de luchar. No creo en un
mundo nuevo que yo construyo con mi entrega. Esa tristeza me encadena. No la
quiero.
Pero
muchas veces tengo que aprender a vivir con la tristeza que está justificada:
“La tristeza es la puerta de entrada para visualizar la pérdida. Cuando alguien
que queremos se nos va y nos damos cuenta de ello, entonces al instante,
estamos volviéndonos tristes”.
La
pérdida y la separación de la persona a la que amo me entristece. Es justo que
así sea. No hay nada peor que la indiferencia ante la muerte y la
enfermedad. Por eso no quiero perder de vista la tristeza que sufro. No
quiero fingir que no estoy triste. No quiero ser fuerte.
Al
contrario, quiero tomar la vida como es. Llorar cuando me toca. Y coger en mis
manos la tristeza que sufro. Acariciarla con dolor. Cargarla suavemente. Sin
querer liberarme de ella demasiado pronto. Necesito vivir el luto por la
pérdida. Eso es lo sano. Eso es de Dios.
Y
no quiero buscar frases hechas para el que sufre, para mí mismo cuando sufro.
Sólo me detengo con un respeto infinito ante el dolor ajeno. Me quedo allí
callado. Sin frases que consuelen. No hay frases que consuelen en realidad. No
quiero que disminuya su pena.
Porque la
pena por el que ha partido me hace bien. Me hace sentir lo que duele amar. Y
saber que aun así quiero seguir amando, quiero seguir sufriendo. No quiero
vivir de puntillas. Quiero llorar con dolor. Sufrir la tristeza hasta dentro. Son
emociones tan humanas y tan de Dios al mismo tiempo…
Jesús
sintió el dolor. Jesús tuvo tristeza. Por la pérdida de los que amaba. Yo
también quiero amar sufriendo. Y por eso al ver a Jesús partir, siento con los
discípulos y me pongo triste. A mí también me duele que se vaya.
No
sé por qué yo no he podido compartir con Él la mesa, ser testigo de sus
milagros. Navegar con Él en la misma barca pescando. No sé por qué yo no puedo
velar con Él toda la noche. Y caminar por Galilea como un discípulo más. Y
lloro con ellos.
Me
duele no tener a Jesús hoy caminando a mi lado. Abrazando mi espalda.
Ellos lo tuvieron un tiempo y luego lo perdieron. Yo nunca lo he tenido. Y
lloro hoy con ellos esta ausencia que es carencia para mí. Mi dolor de no tener
a Jesús conmigo surge en este día en que su cuerpo asciende.
Por
eso acompaño su dolor que forma parte del mío. Muy dentro. Yo no toco su
cuerpo. No vivo su abrazo. No noto su mirada. La ascensión de Jesús me ha
dejado un poco huérfano esperando su Espíritu. Me falta su cuerpo. Lo
lloro.
Carlos Padilla
Esteban
Fuente:
Aleteia
