Vivir con alegría la
debilidad de los que me rodean lo cambia todo, pero ¿cómo lograrlo?
Me
cuesta a veces entender que desde mi carencia y desde mi pecado pueda construir
una obra de arte. No lo hago yo solo. Él lo hace conmigo. Él en mí.
Y
mi herida es el espacio abierto, la gruta en la que yace mi cuerpo muerto, y de
donde brota la vida. No niego mi herida. No la oculto. También me cuesta
creer que las carencias y debilidades de los que tengo más cerca me
complementen y enriquezcan.
¿Cómo
puede ser eso posible? Si vivo clamando al cielo por los defectos ajenos.
Criticando, juzgando. Y reclamando a Dios por las injusticias que sufro a causa
de la debilidad de los hombres… Cuando experimento con dolor la carencia del
que me ama, de aquel a quien yo amo, sufro.
Y
no sólo experimento el dolor, también me entristece la carencia de lo que no
recibo. Me duele esa fragilidad humana que entorpece mis pasos y no me deja ser
mejor. ¿Cómo se puede hacer para que la debilidad de los demás sea un bien
en mi vida? Es un milagro.
Pero vivir
con alegría la debilidad de los que me rodean me hace cambiar. Amarlos débiles,
quererlos frágiles. Abajarme a esa lucha que ellos sostienen contra su propio
pecado. En ese gesto hondo de amor yo aprendo tolerancia, paciencia y alegría.
Al final me enriquezco, cambio yo y aprendo a amar. Y al amarlos, cambian
ellos.
¡Qué
difícil me parece vivir con paz las heridas de los otros! Tal vez necesito
cambiar mi mirada que brota de mi corazón herido, duro, rígido. Una nueva
visión del mundo, del corazón humano. Necesito un corazón más paciente,
más transigente, más libre, más blando.
Sé
que una cosa es mi firme propósito de amar bien, de liberar a quien amo de su
culpa, de sostenerlo cuando se reconoce frágil ante mí. Pero muchas veces
compruebo mi propia herida. Veo que de mi interior brotan sombras oscuras. No
acabo de conocerme. Y me confronto con sentimientos que no quiero.
Leía
el otro día: “Todo hombre se lleva a sí mismo adondequiera que vaya. En
todo momento llevamos nuestros aspectos sombríos con nosotros. Participan de
todos nuestros actos y a menudo los determinan aun en contra de nuestros
propósitos. Deseamos amar a todos los seres humanos. Pese a la firme
voluntad de querer bien a todos los hombres, nos comportamos con impaciencia,
rechazo o agresividad. A menudo nos sorprenden nuestras reacciones, pues nos
negamos a reconocer el origen de nuestro comportamiento. Así es que muchas
veces no vemos en nosotros lo que otros sí perciben a través de nuestros actos,
y es que estamos marcados por nuestros aspectos sombríos”[1].
Quiero
hacer el bien, quiero amar bien, acoger con alegría al que cae, perdonar al que
me hiere, ser paciente con el que no actúa como yo espero.
Quiero
entender que en los defectos de los que me rodean se encuentra el amor de Dios,
oculto, escondido. Ese amor que viene a mí a desinstalarme de mis
pretensiones. A confrontarme con los pecados de los demás, para que vea en
ellos mi propio pecado. A desvelarme mi fragilidad.
Y
mostrarme el camino que he de recorrer para que, al querer al que no me
sabe querer, aprenda yo a querer como Jesús me quiere. Me hace ver mi debilidad
para entregarme sin freno al que no es como yo quiero que sea. Me siento muy
frágil. Tropiezo con mi indigencia. Me cuesta ver en las carencias de los
demás mi camino de santidad.
¿Qué
hago yo por acoger y ayudar al que no se comporta como yo creo que se debería
comportar? Surgen mis propias sombras, mi pecado, juzgo y exijo. Me cuesta
aceptar la lentitud del que me ama, su torpeza, su incapacidad para demostrarme
su amor.
Exijo
otras actitudes. Le pido que cambie. Surgen en mí la impaciencia, el rechazo,
la agresividad. Sus olvidos y negligencias me duelen. Sus torpezas para vivir
la vida a mi lado. No quiero ser un educador que corrige siempre. Pero
acabo resaltando con violencia lo que los demás no hacen bien.
Quiero
aprender a vivir las carencias de los demás sin juzgarlas. Quiero dejarme
educar por sus debilidades. Y así reconocer mi propio pecado.
Decía
Damián Karo: “Es momento de plantearnos: dejar la lupa y tomar el
espejo. Nos molestan muchas cosas de los demás. Dejemos la lupa que examina a
los otros constantemente y tomemos el espejo para ocuparnos de nosotros. Esto,
a su vez, nos ayudará a que veamos de mejor modo a los demás. Podríamos
pensar que de esa manera nada va a cambiar en el mundo; sin embargo va a
cambiar todo en nosotros. Cuando algo de otro nos molesta y afecta tanto, es
porque lo que estamos viendo es la devolución de nuestra imagen reflejada”.
El
espejo me permite mirarme como soy. Y ver mi pecado, mi lado sombrío, mi
fragilidad, mi propia muerte. No me entristezco. Me da ánimo para luchar. Dios
me quiere como soy.
Decía
el padre José Kentenich: “Hoy en día es muchísimo lo que se juega para el
hombre, en el hecho de que aprendamos nuevamente a presentarnos ante Dios
tal como somos. ¡Fuera con el velo! ¡Fuera con la máscara! Mostrarnos ante el
rostro de Dios en total desnudez. En la imagen de Pablo: cuando soy débil,
entonces soy fuerte”[2].
Me
miro en mi desnudez. En mi fragilidad. Entonces la fragilidad del otro me
afecta menos. Porque yo mismo en el espejo veo mi desnudez imperfecta. Y me
siento pequeño al lado de lo que sueño y anhelo.
Me
desnudo a los ojos de Dios, sin miedo, sin pudor. Dios me quiere así. Débil,
inmaduro, torpe, incapaz, voluble, inconstante. Claro que desea que crezca, que
ame mejor, que sea más feliz. Pero constatar su amor incondicional por mí,
me da fuerzas.
Carlos Padilla
Esteban
Fuente:
Aleteia
