Asumir la soledad es
tener coraje para mirarse a sí mismo, de reconocerse
La soledad es para muchos un drama, un
problema que resolver, algo de lo que se desea escapar, y no pocas veces va
acompañado de sentimientos de abandono y desesperanza. Pero no es una
experiencia reservada a la vejez. En cualquier momento de la vida queremos
escapar de la soledad, porque puede hacer evidente un vacío interior, poner
delante de nosotros la verdad de nuestro ser.
No son pocas las veces que cuando
llegamos al hogar buscamos encender la TV, la Radio, o conectarnos a una red
social, como una forma de “no estar solos”. La mayoría de nosotros no la
elegimos, solo acontece delante de nosotros, cuando menos lo esperamos y nos
vemos enfrentados a ella.
Sin embargo, son muchos los que buscan la
soledad encontrando en ella un descanso y una oportunidad para el crecimiento
interior. Incontables son los testimonios de la soledad creativa de filósofos,
escritores, artistas y místicos de todos los tiempos. Por eso algunos hablan de
una soledad negativa,
la que se padece, y de una soledad
positiva, que nos ayuda a crecer.
Hechos para relacionarnos
El ser humano es un ser social, hecho
“para la relación”, pero la experiencia demuestra que únicamente quien sabe
vivir solo, sabe también vivir plenamente sus relaciones. “Solo quien no teme
descender a la interioridad sabe también afrontar el encuentro con los otros.
Es significativo que muchos de los desajustes y enfermedades actuales referidas
a la subjetividad, afectan notablemente la calidad de las relaciones humanas.
La incapacidad para la interioridad se convierte en incapacidad para crear
relaciones sólidas, profundas y duraderas con los demás” (Enzo Bianchi).
Actualmente el abuso de las redes
sociales y juegos virtuales está aislándonos en lugar de comunicarnos, está
generando nuevas soledades y nuevas esclavitudes. Muchos jóvenes hoy tienen
grandes dificultades para vincularse sin la mediación de las pantallas, y los
vínculos se hacen y deshacen al tiempo de un simple “click”.
Claramente no cualquier soledad es
positiva; hay formas de aislamiento y fuga de los demás que son enfermizas.
Pero la soledad bien vivida es equilibrio entre el aislamiento y el activismo,
la soledad bien vivida es fuente de fuerza interior y solidez.
Asumir la soledad es tener coraje para
mirarse a sí mismo, para reconocer y asumir la tarea personal de llegar a ser
quienes somos. La
soledad vivida positivamente no es encierro, sino apertura, donde el conocimiento
de uno mismo nos hace más compasivos y empáticos con los demás. Las grandes
realizaciones humanas y espirituales han atravesado la soledad, porque es
fuente de creatividad.
“La soledad es fatigosa solo para los que
no tienen sed de su intimidad y que, por consiguiente, la ignoran; pero
constituye la felicidad suprema para los que han gustado su sabor” (M.
Madeleine Davy).
La soledad como un regalo
La soledad es a veces temible, porque nos
recuerda la soledad radical de la muerte, pero es por ello mismo el espacio de
unificación del corazón, de purificación de las relaciones, de encuentro con
Dios. Jesús mismo buscaba retirarse en soledad para orar, para una mayor
intimidad con el Padre. Como él, abrazar la soledad positivamente, nos prepara
también para vivir la soledad impuesta y padecida como abandono.
Para quién ha descubierto la relación con
Dios como fuente de vida y sentido, la soledad es el espacio del encuentro, la
fuente que hace posible relaciones nuevas, sanas y duraderas, porque no uso a
los otros para huir de mi soledad, sino como posibilidad de compartir los
tesoros que cada uno lleva en su interior.
¿Qué hacer con la soledad?
El jesuita holandés Piet Van Breemen
escribe al respecto: “Aun cuando sea duro y duela, estar solo puede ser fecundo
y beneficioso, pero sólo cuando se acepta. Puede ser una invitación a mirar más
allá de nuestros límites y a descubrir tesoros todavía desconocidos”. Al tiempo
que nos revela un vacío interior que nos puede destruir si le rechazamos, puede
conducirnos a una gran hondura espiritual, en la cual podemos crecer en unidad
interior, en unión con los demás y con Dios. Solo quien la acepta y la vive
como oportunidad, puede encontrar paz.
Un sano equilibrio
Se necesita lograr un equilibrio entre
soledad y compañía, y el primer paso es aprender a estar solo en su sentido más
positivo, para poder disfrutar de la propia interioridad y de la contemplación
de todo lo que nos rodea. El segundo paso es abrirse a los demás, en todos los
ámbitos que nos sea posible.
Quien puede estar bien a solas consigo
mismo, es capaz de establecer relaciones nuevas y crear amistades sanas. No hay
que depender de los amigos para apagar la soledad, ni servirse de ellos para no
sentirse solo. La amistad es siempre un regalo, que solo
es auténtica en la gratuidad. La amistad que surge de la libertad interior nos
vuelve más agradecidos y más felices, experimentando a los amigos como una
verdadera bendición en la vida.
Fuente: Aleteia
